Me encanta planificar. Es parte de la anticipación: gozarme las cosas antes que sucedan. Me las imagino y visualizo y casi saboreo. Es lindo. Hasta que no salen como yo quería. La comida no sabe como me la imaginaba. La gente no reacciona como yo esperaba.
Las relaciones dependen en gran medida de las cosas que esperamos. Todos tenemos deseos y expectativas, aunque no lo sepamos de forma consciente. Eso se nos vuelve un gran problema si no las podemos discernir. Porque lo que no se dice, es imposible que se sepa. Y, aunque ya vamos actualizados en tecnología, aún no somos telepáticos. ¿Cómo podemos pretender que las personas que nos rodean sepan qué queremos de ellas, si ni nosotros lo podemos formular?
Además, nadie tiene obligación de cumplirnos los deseos. Uno tiene que adaptarse y decidir si lo que le dan a uno, es satisfactorio o no. Creo que la clave para estar satisfecho es querer sin esperar. O, por lo menos, saber hasta dónde está la frontera de lo deseado.
Aprender a querer así, sin límites, es una meta fantástica. Y querer que lo quieran así, sin expectativas… eso quiero.
