Fondo y forma y disgustos

Últimamente he leído muchos libros que he apreciado más por su forma, estilo, narrativa, que por lo que me están contando. Historias sin un final específico, personajes que me repelen, cosas que no me importan. También le metí un par de lecturas con trama interesante y mala forma.

He de confesar que me estoy gozando leer a buenos escritores, aunque las historias no me fascinen. Forma sobre fondo. Y es que muchas veces es imposible apreciar el mensaje si está mal empaquetado. Como cantar una canción con letra estúpida, pero tan buen ritmo y melodía que no mucho importa.

Por eso es tan frustrante ver cómo se nos pierden las cosas que necesitamos decir, porque no sabemos presentarlas. El amor más grande del mundo puede diluirse si no pueden enseñar. Tragedia.

Supongo que hay que aprender a hacer ambas cosas bien.

Hablar para no contar nada

Me encanta hablar. De el libro que leo, la serie que vi o veo, de relaciones, de nadar, del karate, de escribir, de la luna, de lo que sea. Con tal de no contar nada de lo que me pasa verdaderamente. Creo que me siento más cómoda cuando estoy escuchando a alguien y no tengo que decir nada.

Antes de escribir y poder dejar en forma más permanente las cosas que nos imaginábamos del pasado, nos contábamos cosas. De la creación del mundo, de dónde veníamos, hacia dónde íbamos. Hay magia en la palabra hablada. El refrán “las palabras se las lleva el viento” no es una sentencia negativa. Es el reconocimiento de la vida que poseen las cosas que decimos. Cada palabra que escapa de nuestras bocas cobra una autonomía. Ni siquiera las podemos recoger. Una vez dichas, existen y no hay forma de ignorarlas.

Por eso las cosas que compartimos de nosotros mismos se vuelven más reales una vez contadas. Y la persona que las recibe es para siempre dueña de un pedazo nuestro. Aunque no lo quiera.

Darnos en nuestras palabras es un acto permanente, delicado, íntimo. Por eso platicamos de muchas cosas y rara vez contamos lo que llevamos dentro. Y está bien. Nuestra esencia se gasta y no siempre la podemos recuperar.

Regresemos a la base

Me encantan los libros y las películas de ciencia ficción. A parte que de para mucho en cuanto a vuelos de imaginación, una buena pieza de sci-fi se cuestiona dilemas filosóficos profundos en un vacío que rara vez logramos considerar en nuestra existencia real.

Acabo de ver BladeRunner, un clásico de «¿qué es ser humano»? y no me decepcionó. No da respuestas facilonas y queda todo a merced de la valoración considerada de uno mismo. Y tiene una belleza visual especial. Ser humano, eso que nos determina como únicos, depende tanto de lo que hemos vivido, como de lo que decidimos hacer con todo ese equipaje. A veces, el problema, es que no sabemos que arrastramos valijas tan pesadas en las que no sólo nosotros hemos empacado cosas. Y vamos por la vida con pesos sobre los hombros que, como siempre los hemos llevado, ya no nos sorprenden.

Pero salirse del ciclo de dejarse detener por cosas del pasado requiere mucho más que sólo sentirse retrasado en el avance. Necesita que nos fijemos y escarbemos y nos hurguemos hasta que no quede nada oculto. Y eso duele. Porque quitar el material extra implica usar el bisturí.

Claro que resultamos más livianos, más «nosotros». Al costo de habernos cincelado, moldeado, manipulado. Ser humano implica hacerse un poco. Decidir qué conservar de lo que traemos.

Sí, definitivamente me encanta la ciencia ficción. Y me parece igual de marciano el sólo hecho de pensar que yo logre afianzarme en mí misma. Supongo que es pura cuestión de imaginación.

La mejor de las malas cualidades

Yo creo que soy directa y clara. Digo algo que creo que se entiende a la perfección, que no va con sentido oculto, que debería entenderse a la primera… pero no. Ni se me entiende rápido, ni soy tan clara como creo.

Porque todos creemos que nos estamos expresando de manera que nos entiendan. Y se nos pasa que no somos nuestros propios receptores. El mensaje lo capta otra persona que puede tener un lenguaje muy diferente al nuestro, por mucho que hablemos el mismo idioma.

Sí. Somos complicados. Más cuando hablamos sobre una relación que ya está codificada y en la que pareciera que la conversación se lleva en varios niveles. Hablar de forma “clara”, si la otra persona no lo entiende, es tan útil como un mensaje perfectamente escrito, metido en una botella que vaga en el mar.

Los humanos tenemos un lenguaje complejo, no para transmitirnos hechos. Para eso basta señalar con un dedo. No, nosotros necesitamos las palabras para compartir nuestro mundo interior, ese que existe entre nuestras orejas y del que sólo nosotros somos sus habitantes.

Hay que tomar en cuenta que ese compartirnos tiene el mismo nivel de dificultad que describirle se sensaciones percibidas a través de sentidos propios, a alguien que no los tiene igual. Traten de hablarle de colores a alguien que no puede ver…

Yo soy muy clara. Para mí. Pero no vivo sólo conmigo. Me toca ser clara para los otros. O quedarme hablando sola.

Los hechos sin lados

Comerse un helado es un hecho. De hecho, tengo ganas de comerme uno de pistacho forrado de chocolate desde hace varias semanas y no lo he hecho. Porque la realidad del helado me va a dejar con ganas de no habérmelo comido. Los hechos no tienen discusión. Las realidades sí.

Cada uno de nosotros teñimos lo que nos pasa de acuerdo al prisma personal con que los vemos. Porque un helado es un postre para mí, pero es un recuerdo de una última salida para alguien más y un premio por buenas notas para otra persona. Hasta los recuerdos de los hechos los guardamos distorsionados y los manoseamos cada vez que los revivimos.

El enfoque de la realidad que nos rodea depende, tanto del equipaje que traemos, como de nuestra propia voluntad. Escogemos qué tipo de hechos guardar, cómo evaluarlos, qué emoción asignarles. Y eso hace que podamos hasta reescribir nuestro pasado. Porque casi siempre tenemos más información ahora, que antes y podemos considerar las cosas que nos han pasado desde otra perspectiva. Ayudarnos a reescribir nuestra propia historia nos prepara para mejores futuros. Porque podemos considerar que un hecho tiene varias interpretaciones y que en una al menos podemos encontrar una realidad mejor.

Los hechos suceden. Pero nosotros los convertimos en realidad. Y yo sigo queriendo mi helado.

Los límites que nos resguardan

De pequeña me encantaba dormir hecha un taquito entre las sábanas. Hacía muy estirada mi cama y me metía sin abrirla, para que apenas se moviera cuando estuviera acostada. Era delicioso sentir ese peso de algo como dándome un abrazo. Me hacía sentir segura.

Las líneas en una calle nos indican por dónde podemos pasar. Las reglas de un juego nos ayudan a ganar. Las palabras que nombran las cosas les dan forma a las relaciones. Tener un espacio delimitado por la convención, las costumbres, los marcos que nos hacemos, nos da un espacio seguro hasta cierta forma. Porque sabemos que allí adentro, las cosas están claras y se van a desarrollar de cierta forma.

Pero eso tiene dos problemas. Uno, nada permanece estático para siempre y, algún día, ese mundito tan lindamente definido se va a ir al trasto. Dos, quedarnos para siempre en el mismo lugarcito nos mata. Todo cambia. Siempre. No estamos seguros en ninguna parte, porque nada está garantizado y nada nos merecemos. Hay que ampliar los límites que nos imponemos, salirse de la raya de vez en cuando, asomar la cabeza a ver qué hay más allá de la cueva. Vivir.

Aunque también cae bien un abrazo apretado de vez en cuando y alguien que nos mienta con voz dulce y que nos diga que todo va a estar bien. Hasta está bien creérnoslo.

Así me atormento

No conozco un día de la semana que no esté ocupado con “algo”. Desde el recordatorio de las madrugadas que llama a despertar niños y a hacer loncheras y a llenar la casa entre semana, hasta actividades sociales (de los niños) los sábados y demás en los domingos. El resultado es que siento que mi tiempo está aún más estirado y escaso que lo normal. Pero, me digo, así es la vida y hay que seguir.

Nos tomamos la existencia como un trago que hay que apurar rápido y hasta el fondo porque se kos evapora en las manos. Lleno de cosas que nos dejan más vacíos por no poder apreciarlas cuando suceden, porque estamos pensando en lo que sigue. Vemos una temporada entera de nuestro programa favorito en una noche maratónica, llorando porque tenemos que esperarnos un año para la otra. Desayunamos pensando en la cena.

Y no es que no haya que planificar lo que queremos para ese espejismo que llamamos futuro. Lo debemos hacer para no quedarnos a la deriva. Pero no a costa de no vivir lo que planeamos. De no apreciar lo que hemos logrado.

Los domingos hacemos actividades en familia que nos sacan de la cama temprano y apurados. Los niños igual se despiertan, así que también ese día hay que aprovechar. Pero hoy, la niña se me vino a meter entre las sábanas y se durmió mucho. Al trasto los planes. Por un momento me estresé. Pero logré dominar ese impulso y la abracé. También eso es parte del plan.

La paz está en el gato

«Mi» cama, le digo ilusa al mueble que me comparten amablemente los gatos. Porque ese lugar, si por el uso se mide, es más de ellos que mío. Y, por supuesto que lo digo con la envidia saliéndose verde de mis ojos. Los veo allí, a los tres, aplastados como si hubieran perdido los huesos entre las sábanas. Ninguna otra criatura se mira tan en paz como un gato durmiendo.

¿Será que hay que perder la parte rígida para estar completamente relajado? ¿Dejar que la mente se hunda y pierda su forma para estar en paz? Seguro que no ayuda darle vueltas al mismo pensamiento, una y otra vez. El hámster también necesita descanso. Supongo que no se trata tanto de poner el cerebro en off, porque ése nunca descansa. Sino guiarlo a que se ocupe en la «nada» que estamos haciendo cuando tratamos de relajarnos.

Lograr esa paz es cuestión de toda la vida. Al final del día, llevamos a nuestro propio reloj con alarma de «urgente» entre las dos orejas y pelearse contra uno mismo es tan complicado como pegarle a la propia sombra sin salir lastimados por una pared.

Tal vez confundimos la paz con debilidad. Eso seguro me pasa a mí. Luego veo a uno de estos invasores llegar de un salto al filo de una ventana varias veces más alta que ellos y dejo de pensarlo.

Los casis fatales

Casi juego squash. Casi. De vez en cuando le pego a la pelota con la raqueta y hago un punto. Otras veces, no. Y, de casi en casi, trato y trato pero no me termina de salir la cosa.

Nos debatimos entre lanzarnos a hacer las cosas, aunque no nos salgan bien y perfeccionar la técnica para poder hacer algo que quede nítido. Y, como siempre, ambas opciones tienen sus ventajas. Por una parte, dejamos las cosas «como salgan», pero las hacemos. Por la otra, no nos conformamos con algo mal hecho y lo volvemos a hacer.

Hay ocasiones para todo. Supongo que no se puede ser «casi» honesto. Como también admito que quedarse paralizado sin hacer nada porque no queda perfecto, es la clave para no vivir.

Entramos tal vez a tener qué medir hasta dónde nos llevan nuestras habilidades y cuánto es nuestro interés por lograr algo para dedicarle toda nuestra atención. Lo cierto es que sólo nosotros conocemos la taza con la que nos estamos midiendo y con cuánto quedamls satisfechos.

Confieso que jugar squash me traía más frustraciones que veces conectando la pelota, así que lo dejé. Correr no se me da mucho tampoco, pero sigo intentándolo, aunque nunca espero correr ni la mitad de una media maratón. Cada quien con su gusto.

Comprender no es aceptar

A mí, que crecí en la época de los «mixed tapes» y pasé a compartir playlists en Spotify, hay cosas de la modernidad que me atropellan un poco. Lo rápido que perdí la costumbre de hablar por teléfono, por ejemplo. La facilidad con que hablo con extraños, porque es «por las redes» y entonces no es «¿real?» Cómo he caído en compartir información a los cuatro vientos.

Hay una grada de disfuncionalidad que me ha hecho tropezar más de una vez. Porque se necesitan nuevas habilidades sociales. Pero también hay que conservar las anteriores. Como el no decir cosas de más. No intimar fácil con gente sin rostro. No transparentarme.

Siento que he perdido la capacidad de interactuar con la gente cara a cara. Y que el mundo a mi alrededor acepta cosas como invitar a piñatas un domingo por la tarde, pero sólo a un niño y un adulto. Yo lo entiendo. Entiendo que hay menos recursos y que hay más pragmatismo y que hay más inmediatez, pero menos intimidad.

Comprendo, pero no siempre lo acepto. En mí misma, sobre todo. Porque, los medios podrán ser diferentes, pero mi propia conducta debería ser la misma. Hablar con la gente en tuits como si la tuviera enfrente. Tener conversaciones privadas en las que me conserve. Aprender de nuevo a entablar relaciones con personas reales.

Espero que mis hijos tengan otras herramientas sociales que les permitan protegerse y establecer relaciones duraderas. Quiero no sentirme atropellada por mi falta de comprensión. Y espero poder aceptar las cosas inevitables.