Me encantan los perfumes. Los ácidos para mí. Los que sean ricos en cualquiera. Mi papá siempre me traía de viaje y yo les regalo a mis hijos. Mantengo una ramita de lavanda en la refri. Y ya no me pongo perfume. Porque cocino todo el día y las flores con ajo y aceite no mezclan bien.
Los olores son puertas directas a recuerdos. Pareciera que etiquetamos los momentos de acuerdo al aroma. Así, la lavanda me recuerda a mi papá y el collar de perlas de mi mamá huele a ella y me siento abrazada cuando lo uso. Es algo tan etéreo que apenas puede describirse. Y necesitamos usar referencias de otras cosas para hacerlo.
La gente que huele bien me tiene ganado la mitad del camino a caerme bien. Y los que me dejan su aroma cuando me abrazan, me hacen que los recuerde con una sonrisa.
