Cualquier estado nuevo es uno alterado. Si hace más frío que ayer lo sentimos. O si nos duele algo por primera vez. Todo lo que modifique nuestra realidad constante es una piedra que desvía la corriente por la que vamos navegando. Generalmente nos fijamos aún más si la variante es desagradable.
Al contrario, la familiaridad le quita el filo a las experiencias, hasta las más placenteras. Comer nuestra comida favorita por quinta vez deja de ser igual de agradable que la primera. Y, aunque pasa lo mismo con lo que duele, no creo que sea el estado en el que debemos pasar la existencia.
Una de las cosas que más quiero aprender es a vivir todo como si fuera nuevo. A ver las caras de mis hijos como por primera vez. A comerme ese pedazo de carne como si nunca lo hubiera probado. A palpar el dolor con toda su intensidad. Porque la vida está para fijarse, no para pasar hipnotizada (iba a decir idiotizada) no queriendo darme cuenta de lo que hay a mi alrededor. Así que, hasta esto, que es ponerle el sensor de glucosa a la niña, algo que en sí me causa dolor emocional y a ella físico, vale la pena experimentarlo.
