No hay tribu

En tiempos en que no existían los espejos, nos mirábamos en el rostro de los demás. El sentido de pertenencia era mucho mayor y por lo mismo cualquier defecto segregaba a la pobre persona afectada. También eso hacía que la expulsión del grupo fuera hasta despersonalizadora: ya no se tenía alguien en quién reflejarse.

¿Qué nos están haciendo las mascarillas? ¿Nos estaremos deshumanizando? Seguro nos bajan dos grados o más de empatía. No se puede uno proyectar en la situación del otro si no tiene ni idea de cómo se ve.

La humanidad va a tener que decidir si usar algo que cubra nuestros rostros nos acerca por el hecho de hacernos ver más parecidos, o nos aleja porque no podemos identificarnos. De mi experiencia en los últimos días, lamentablemente he visto más lo segundo.

Estás

Niña de mi vida. Casi te pierdo. ¿Qué haría sin ti? No te vayas, por favor. Eres la felicidad de mi vida. La alegría de mi corazón.

Gracias por quedarte. Estos dos años han sido duros, tienes una madre difícil. Pero estoy aprendiendo.

Te amo, mi Princesa. Gracias por quedarte.

Los lugares poco comunes

Se habla mucho de no usar “lugares comunes” para crear arte. Como si fuera un pecado capital usar la experiencia colectiva de la humanidad para evocar emociones. Tal vez lo que no debe hacerse es usar atajos haraganes. Comparar bocas con vino, ojos con estrellas, cabellos con mares, es más viejo que la escritura y sólo una niña adolescente que no ha leído ni las instrucciones del shampoo puede sorprenderse.

Por otra parte, encontrar metáforas que nunca se hayan utilizado es prácticamente imposible. O uno se corre el riesgo de hacer algo tan original que nadie lo entienda. Pocas formas de comunicación tan exigentes como el arte y, aún así, seguimos haciéndolo. Tal vez la Historia simplemente se escribe varias veces en cada ser humano que la vive.

A mí me gustan los lugares conocidos, porque siempre encuentro un punto de vista distinto: el mío.

La vida se parece más a una montaña rusa de lo que uno cree

Y no lo digo por las vueltas, bajadas súbitas, subidas trabajosas y el sentimiento general de aceleración. Si no a las colas para entrar, las múltiples paradas, el avance lento pero encaminado que se hace mucho antes de subirse al carrito.

No nos pasamos, menos mal, toda la vida queriendo vomitar y con la adrenalina hasta el tope. Los minutos que hacen el bulto de nuestro tiempo son, más bien, una sucesión ordenada de tics que nos marcan el ritmo de los días. Los seguimos, como se siguen las reglas en un parque de diversiones. A veces hay más emociones juntas y a veces estamos demasiado cansados para darnos cuenta de lo que hay a nuestro alrededor.

Tal vez en lo que definitivamente no se parece la vida a las montañas rusas es que siempre sabes en dónde terminas. Y tampoco puedes estar seguro que la emoción que sigues te vaya a gustar. Pero… la alternativa es hacer cola para siempre y eso suena un desperdicio muy grande del precio de la entrada.

Te preparas y no pasa nada

Puedo competir y ganar en las olimpiadas de preocuparme antes de tiempo. Puede ser deformación profesional que me hace considerar todo lo malo que pueda pasar y tratar de crear contingencias. Pero… lo primero que uno debe aprender es que no existen los contratos perfectos. Nadie puede imaginarse todo lo que va a suceder.

Así que también trato de planificar para lo imprevisible. Y eso sólo es no atormentarme por lo que no ha pasado aún. Que es mucho más fácil decirlo que hacerlo.

Tengo un tatuaje en el dedo que resume la filosofía de la entrega: todo lo que está sucediendo ahorita no estuvo contemplado. Y, viendo a mi alrededor, no ha estado tan mal.

No saber dónde buscar

El niño perdió algo. Trato de ayudarlo a buscar y a cada “¿ya viste en x lugar?”, me responde que allí no puede estar… ¿Cómo sabe que no? Si el problema es que no encuentra algo, por definición no sabe ni dónde está, ni dónde no está.

Es tan difícil ver lo que está en nuestro punto ciego, porque ni siquiera sabemos que lo tenemos. Como tampoco sabemos qué no sabemos. El universo de nuestra ignorancia es infinito. Qué bueno porque siempre podemos salirnos de nuestra pequeña isla conocida y explorar. Pero eso requiere que veamos hacia el horizonte. Da miedo contemplar un océano por el que no hemos navegado. Pero allí, las posibilidades son inmensas. Si sólo nos quedamos viendo lo que ya hemos visto, ¿de verdad estamos viviendo?

No sé si vayamos a encontrar lo que perdió el niño. Le servirá para ser más ordenado, espero. Y a buscar en todas partes.

Quiero romper un plato

Estoy en un lugar donde suena música para romper platos. Debe ser alegre ese tipo de abandono, tirar las copas en la chimenea, quemar los barcos.

La Torre en el Tarot representa la destrucción de lo viejo. Al menos así lo he leído. La necesidad de arrasarlo todo, dejar la tierra plana. ¡Qué angustia! Pero también es una felicidad empezar a construir de nuevo, procurando no copiar los defectos de lo que vino antes. Requiere una vista sin encariñamientos románticos hacia el pasado y mucha esperanza sensata del futuro. Pero sobre todo requiere la felicidad de saberse uno capaz de hacerlo. Es mejor reírse mientras uno rescata las piezas que sirven que llorar entre los escombros hasta que éstos y uno mismo, ya no sirva para nada.

Así que se vale romper los platos, tirar los puentes, bailar sobre el fuego. Y seguir.

Las fresas se pasan demasiado rápido

Ir al súper en día de ayuno es un poco tortura y un poco ejercicio de templanza. Todo se me antoja y tengo que procurar llevar lo que necesito, no lo que quiero. Estos rubros a veces son líneas paralelas que nunca llegan a juntarse. Pero hoy tenía ganas de fresas y compré la caja con las más grandes y rojas del estante.

Se puede vivir como si uno nunca fuera a morir o como si uno fuera a morirse mañana y cometer errores de cálculo similares. Hay una tercera forma de apreciar la vida y es cuidarla como si sólo se tuviera una (que de hecho es cierto, igual que el cuerpo) y disfrutarla como si sólo se tuviera una. El pasar diario de las rutinas de salud es como el color de fondo de una pintura que se hace con puntos de colores sin saturar el cuadro. Un balance entre lo plano y lo llamativo.

El amor tiene destellos grandiosos entre un cielo sin nubes. La comida sabe bien siempre (o debe hacerlo) y decadente los domingos. El antojo de fresas era hoy. Las fresas se pasan demasiado rápido y ya me comí tres o más.

El café compartido

Hay cosas que se intensifican en el momento de compartirse. Sobre todo las buenas. Nunca se ríe tan fuerte como cuando se está en una sala llena de personas escuchando el mismo chiste. Las buenas noticias parecen multiplicarse con cada recuento. La comida tiene mejor sabor en dos platos. No hay besos que valgan sin otra piel.

Saberse compartir de forma genuina, por el simple placer de estar con otra persona y de recibirla es una maravilla. Ser testigo de la vida de alguien más y dejarse ver sin mayores expectativas puede ser mágico. Tal vez la verdadera felicidad se esconde en esos momentos de reconocer al otro.

Me encanta mi soledad. El estado comprimido de sujetarme entre mis libros, mi música, mis ideas. Es cómodo, manejable, seguro. Hasta que abro los brazos para aceptar otra presencia y dejo escaparlo todo. Nada pierdo, nada, sólo lo veo crecer. Es maravilloso poder tener ambos estados.

Te acompaño

Llega el domingo en la tarde sin hacer nada y está bien. El gato me acompaña, los engendros no pelean, comí rico y tomé cerveza. ¿Puedo pedir más?

Como todo en la vida, siempre se puede pedir más y tener menos. Pero no se trata de eso. Si no de saber qué se quiere y obtenerlo. A veces es sólo cuestión de pedir. Otras de agarrar.

Hoy me acompaño y es bueno saber que no necesito más. Hasta lo que quiero no me es indispensable.