Si lo tengo qué pedir

Hay un lugar en donde la gente sabe intuitivamente qué quiere uno y se lo da. En que la pareja conoce a la perfección cuáles son nuestras necesidades y está dispuesto a otorgarnos nuestros gustos. En que no tenemos qué decir nada para obtener lo que queremos. Generalmente ese lugar existe cuando estamos dormidos y se llama «sueño», porque en la vida real, esto no funciona así.

Lo primero que le dice a uno la terapista de parejas es que se aprenda a expresar: los sentimientos, los deseos, los disgustos. Comunicar qué quiere uno y aprender a escuchar al otro para encontrar el punto medio. Porque lo cierto es que cada uno de nosotros estamos hechos para agarrar un camino específico. Por allí van nuestras preferencias y nos dirigimos con naturalidad. Y la pareja es igual, sólo que para otro lado.

Si no podemos articular cuáles son las cosas que queremos, tendremos que esperar mucho tiempo para obtenerlas. Porque nadie es adivino, salvo en las películas de Marvel, ni nosotros. Estoy segura que si no pregunto, no sé qué le gusta a quien tengo enfrente, aunque pueda aventurar una suposición más o menos acertada.

Si lo tengo qué pedir, y no me lo dan, entonces, tal vez, lo quiero otro día.

Un barco en la tempestad

Hay muchas formas de tener relaciones a largo plazo. Desde pésimas a buenas. Y en todas la constante es que siempre cambian. No soy la misma persona que hace veinte años, definitivamente para peor en el lado físico, pero espero que para mejor en lo de adentro. ¿Por qué habría de suponer que las personas a mi alrededor no pueden cambiar, peor aún, que no deben hacerlo?

Lo cierto es que las relaciones son como un barco que va perdiendo piezas en cada tempestad. Al salir de ellas no se está indemne, hay que cambiarle piezas. Y esperar que éstas cacen para poder seguir avanzando. El problema es que uno no siempre encuentra el repuesto. O no le gusta el resultado de la reparación. O no reconoce lo que va formándose. Y así perdemos el interés en seguir una travesía en conjunto.

Quisiera decir que el resultado de muchas tormentas es siempre un fortalecimiento. No es cierto. Pero sí sé que para lograrlo, hay que estar preparados para cambiar. Transformarse. Y aprovechar los mares calmos.

Puedo no usarla

A los 18 decía que no cocinaba, limpiaba y que tenía mal carácter. Varios años después, cocino rico, tengo ordenada la casa y dos de tres no me han parecido mal. Más tarde he dicho que sólo sé hacer arroz en arrocera y que no plancho ni un pañuelo.

Creo que hay algo infantil en encasillarse en todo lo que uno no hace. Es parte algo de haraganería, seguro. Pero tiene un gran componente de miedo. El no querer darse uno cuenta que no puede aunque trate. Pareciera que adquirimos cierta cantidad de habilidades a temprana edad, nos sentimos cómodos allí y luego no queremos probar otras cosas porque sabemos que al principio las vamos a hacer mal.

Le tengo cero miedo al ridículo. A meterme a algo nuevo cuando quiero. A hacerlo mal, mediocre. No todo lo tengo que hacer bien. Hace poco planché 15 camisas. Seguro no pasarían revista en un cuartel, pero están usables. También sé hacer arroz en olla. Pero me sigue gustando más el de arrocera.

Conocer la profundidad

Tengo un pozo de emociones. Todos lo tenemos. Se llena y se vacía y los únicos encargados de lo que haya (o no) somos nosotros. Conforme pasamos los años, el pozo se vuelve más profundo, da oportunidad de meterle más cosas. Eso, sólo si dejamos que la vida cave en nosotros. No es un proceso sin dolor. Pero no he conocido a ningún ser humano que verdaderamente valga la pena, que su pozo no sea hondo.

Los mejores son los que tienen agua clara, que deja ver el fondo, sin esconder los defectos de las paredes. Siempre he desconfiado de lo turbio que quiere hacerse pasar por más de lo que es. Lo más triste es que muchas veces, lo que se oculta es un charco superficial con poco qué sacar.

Tengo años sintiendo el azadón y la pala abrir la tierra de mi corazón para dejar entrar más agua. Ha sido un proceso que me ha dejado muchas veces exhausta. Pero estoy conociendo la profundidad de una corriente tranquila y cristalina. Puedo seguir cavando.

Turnarme

No hay manera de sustituir una bolsa de agua caliente cuando se necesita ser reconfortado. Tampoco hay muchas otras cosas que anuncien una incomodidad. Por algo son rojas. No han cambiado mucho desde que mi mamá me ponía una para el dolor de panza. Misma textura, misma sensación de peligro si se abriera, mismo olor.

Los enfermos de mi casa gravitan hacia mí y mi cama. Justo ahora tengo a la niña dormida sin visos de despertarse en el futuro predecible. El cuarto huele a hule caliente. Es una belleza poder darle a los míos un lugar que los consuele.

Pasamos tantos días haciendo lo que nos piden, que poder hacer lo que debo me hace sentir mejor. Y, tal vez, también me consuelo a mí misma con el agua caliente.

Aprender a ser

Hay muchas cosas que se conjugan para ser una persona. Pero uno llega a una montaña rusa y se deja ir. Allí arriba se deja todo. Los miedos, los anhelos, las expectativas.

Así he aprendido a ser yo. A dejarme ir hacia abajo. Nada vale cuando uno se desliza. Y ya.

Cuando sea grande, cuando aprenda, me soltaré entera.

Se vale regresar

Hoy probé una receta distinta para el almuerzo. Ayer también. Me gusta variar, porque me aburre hacer siempre lo mismo. El problema es que luego no siempre logro regresar a una cosa que me haya gustado más que lo nuevo.
Creo que lo mejor es experimentar, escuchar música reciente, ver películas en estreno, leer autores que no conocemos, hasta encontrar personas nuevas con quiénes hablar. Da una perspectiva distinta, amplía el mundo y ayuda a apreciar lo bueno que ya conocemos. Porque es muy posible que la primera receta de pollo que hice sea mejor que la última.

Se vale regresar. A todo. A todos. Mientras hayamos sido amables y abiertos. Y, también se vale llevar a los nuestros a probar cosas nuevas.

Rebotar la pelota

Tengo una cabeza que parece cancha de tenis cuando uno está entrenando. Llena de pelotas rebotando por todas partes. Algunas las conecto y hacen buenos puntos. Otras se quedan en la línea, desinfladas. Siempre necesito ese movimiento de la idea, para verle todos los lados posibles. Y, cuando sé que no estoy captando la imagen completa, se las voleo a mis amigas.

Sinceramente, yo no tuve amigas hasta hace poco. Tal vez necesitaba yo ser mejor persona para que se acercaran las mujeres correctas. Lo cierto es que ahora están allí y son las perfectas compañeras de juego en quienes me apoyo muchas veces para entender temas complejos que yo, definitivamente, no tengo totalmente claros. Tienen mentes ágiles, comentarios certeros y una capacidad de empatía que aún debo aprender.

Agradezco todo lo que me acompañan, estas mujeres que me permiten llamarlas amigas. Las quiero cada día más y es un privilegio compartir vida con ellas.

Porque yo lo digo

Hay reglas en todas las sociedades, grandes y pequeñas. Cada núcleo se rige con distintos parámetros y se cambia de necesidades con el tiempo. Por ejemplo, mi casa es una dictadura ilustrada, hay foros para discusiones más o menos civilizadas y la que toma las decisiones soy yo. Toca, sobre todo porque estamos entrando en la adolescencia con el niño y en estos tiempos de pandemia se han borrado muchas de las normas usuales.

Trato, en serio que trato de explicar las motivaciones detrás de un «no, no puedes hablar con tus amigos toda la tarde viendo cómo juegan Fortnite porque es una pérdida de tu tiempo, desperdicio de mente, no has practicado batería, no has leído, no has salido a que te dé el sol en semanas y sería bueno que te bañaras, otra vez». Mis razones no le son suficiente al engendro, obvio, y terminamos con un perentorio: porque esa es la regla que quisiera evitar.

Así pasa. Yo trato de sacarlos de su comodidad y ellos se pertrechan aún más profundo. Hasta que sean ellos mismos quienes pongan las reglas en sus casas y, cuando les salgan mis palabras de sus bocas, tendrán que reírse del sabor agridulce que les dejan.

Te espero, Corazón

Los domingos se pasan entre gelatina. Una mañana soleada que se difumina hasta anochecer. Saben a comida de ningún día, cerveza, galletas. Nado entre la espera de algo más. No es malo, esto de la expectativa, porque no es de nada en concreto. Es sólo el sentimiento de no avanzar por un pequeño instante.

Hablamos por horas con un café, los niños en su plática banal que es lo más importante del mundo. Regresamos a ver películas por tercera o cuarta vez refugiado en la seguridad de lo conocido. La cama se vuelve cine, comedor, nave, silla de estadio. Y, entre todo, sigo esperando.

Te espero, Corazón, porque es lo que hago todos los días, va más allá de la rutina, tal vez allí me lleva. Te encuentro en los raros instantes de satisfacción frente al espejo. En la práctica constante de una meditación que me enseña a estar sentada y nada más. En la pérdida de mí misma ante un texto extraordinario escrito por personas con más talento que yo, que son muchas.

Te espero, Corazón, te escucho latir, agradezco que regreses y vuelvo a llegar a los domingos.