Nombre de banda

Si después de la pandemia formo una banda de indie rock, le voy a poner Laundry Day. O There’s Always a Sock Missing. En casa ya saben que las sábanas se lavan los martes y la ropa los miércoles. Que no lavo nada que no esté en la lavandería y que cada uno es responsable de doblar y guardar lo propio. Almorzamos a la 1. Cenamos a las 6. Hasta los gatos tienen rutinas y me buscan para cumplirlas.

Sigo pensando que una rutina es simplemente un riel que le permite al tren de lo importante deslizarse a alta velocidad sin perder tiempo en cosas pequeñas. Además, para gente extremadamente desordenada como yo, el ser metódica hace que no olvide hacer cosas como usar desodorante.

Así que, si tuviera una banda, le pondría nombre de tarea. Y que salga lo que se pueda.

Opiniones críticas

¿Así vas a salir? Era la forma que mi mamá expresaba su desaprobación cuando yo ya no necesité que me escogiera la ropa. “Haz lo que quieras”, era otra joya de pasivo-agresividad de mi casa. Me incordian las implicaciones de ambas, sobre todo por ser ambiguas. Prefiero un “te ves fatal”, o “eso va a ser un desastre” claro y sin dobleces. El problema es que, cuando me toca guiar a mis hijos en cosas como no ir en short y t-shirt a una primera comunión, por ejemplo, debo usar tacto. Y se me han escapado las fatídicas palabras de la boca. Tontamente espero que se les alumbre un foco de sentido de la propiedad y se vayan a adecentar. No sucede. Obvio. Recurro a mi nitidez verbal y me gano un adolescente ofendido. No hay forma de ganar.

Generalmente, las opiniones críticas de terceros se guardan con todas las demás cosas que sirven de abono. ¿Qué peso pueden tener? Y llegará el día en que las mías les sean menos importantes a mis hijos. Espero, entre tanto, que hayan adquirido ya un ápice de sentido común.

La amistad

Escuché la amistad definida como la relación en donde uno es testigo del otro. Hemos estado tratando de enseñarles a los niños a escuchar antes de hablar de sí mismos. El viernes estuve con una amiga a quien me encanta escuchar porque siempre es la persona más interesante que conozco. La niña me busca para estar cerca, siempre.

Para una persona que en el fondo es solitaria como yo, ese acompañamiento a veces me es extraño. Podría estar conmigo misma perfectamente bien. Hasta que necesito compañía y entonces la quiero total. Supongo que eso de ser testigo es la clase de amistad que más me gusta, porque quita cualquier valoración del asunto.

En una amistad se perdona todo, porque uno ve a la persona de forma integral, al menos eso decían en el ensayo. Tengo que terminar de procesar eso, porque hay cosas que me parecen intolerables. Y, luego recuerdo que no perdonar sólo hace daño al que se queda con el sentimiento ácido y pienso que es preferible aprender a dejar ir. Para alguien que conserva hasta las piedras que le regalaron sus papás, soltar es una tarea titánica.

Quiero ser testigo de la vida de las personas a las que quiero, que se sientan vistas sin juicios. Sentirse así es liberador. Y me gustaría hacer lo mismo para la persona que veo en el espejo.

Dejar ir

No todo tiene explicaciones esotéricas. O tal vez sí, y no las hemos descubierto. Las enfermedades se pueden atar a las emociones. A mí siempre me ha dolido el estómago cuando estoy estresada, desde muy pequeña. Pero se me olvida muy seguido. Hasta ayer, que me dobló el dolor y tuve que tomar algo.

Qué difícil estar sano, porque hasta el momento en el que uno no cuenta las cosas se convierte en la oportunidad para tragarse las emociones. Y ésas duelen. Se anidan en lugares que luego se atoran. Como cualquier cañería tapada.

Este fin de semana, aparentemente, regresé a mi infancia. Todo me dolió. Pero igual tomé vino. Porque el chiste es celebrar lo bueno, no quedarme en lo complicado.

Dejar que todo se escriba

Cuando se podía, escribía nadando. Las vueltas repetitivas que exigen una concentración física tremenda liberan la mente para pensar en cosas no esenciales. Me ha costado muchísimo escribir cosas interesantes desde que no me meto a la piscina, todo gracias a La Peste, porque no puedo dejar a los engendros solos en el homeschooling, si pretendo que no se vaya todo al caño.

Mi escritura debe ser cada vez más intencional y trabajosa, ya mi subconsciente no me hace el trabajo pesado. Ni con los rompecabezas, porque allí necesito utilizar el cerebro. Resulta que no es para nada un método que yo haya descubierto, sino que es el preferido de muchas personas bastante más creativas que yo. Tal vez es sólo la confianza en uno mismo, como el dejar estar el nombre que no se recuerda y saber que, aunque sea a media noche, lo vamos a encontrar entre las gavetas mentales.

Ahora doblo garzas de origami. Debo llegar a mil. Tal vez, si tengo suerte, me ayuden a escribir un cuento.

Una ausencia bienvenida

Prefiero no contar las cosas que me preocupan. Principalmente porque me preocupan cosas que aun no están sucediendo, sólo su posibilidad. Entonces pienso que no vale la pena compartirlas, si no sé bien qué contar. Así paso a veces el mes que tardan los resultados en estar listos, respuestas que uno espera que sean negativas, faltas de cosas desagradables.

La incertidumbre es mi peor castigo. Cuando ya sé qué tengo enfrente, no me molesta tomar hasta las peores decisiones, ya lo he hecho. Pero el no saber me carcome por dentro, porque me hace sentir impotente. Tal vez por eso prefiero el enojo a la tristeza, porque con el primero me muevo y la segunda me tumba.

Así pasé el último mes, esperando que me dijeran que no había algo. Apenas hace unos días lo conté. Supongo que necesitaba un poco de desahogo. Todo bien, todo bien. Buena ausencia. Y buena compañía.

Intraducciones

Hago, desde hace diez años, la traducción de un boletín. Es semanal, me siento los domingos al final del día, generalmente con un tequila y paso por lo menos media hora entretenida con el ejercicio. El flujo de palabras que salen transformadas me lleva a terminar una semana con algo qué mostrar. Casi siempre tengo el camino fácil, pero a veces me topo con piedras sobre las cuales no puedo pasar con satisfacción.

En todos los idiomas existen palabras que no pueden traducirse a otros de forma completamente certera. Más que una equivalencia de palabras, terminamos usando pobres analogías que no conllevan todo el peso de la emoción original. Y es que, al final del día, las palabras son simplemente un frasco para transportar significados, que se van llenando de las vivencias personales y culturales. Sólo pregúntenle a un extranjero que está tratando de aprender el español si se le hace sencillo navegar los distintos argots de cada país. Ni uno que es de aquí entiende bien y termina pidiendo explicaciones a sus amigos, sobre todo si son argentinos.

Luego están las simples expresiones que conllevan tanto. En inglés, se dice que uno se «cae en el amor» o que «abraza un resentimiento». Son acciones complejas que ya cuentan de por sí una historia. En español uno se enamora y está resentido. Son menos abiertas.

Tal vez lo que más me gusta del ejercicio es encontrar la idea original y traspasarla a mi idioma, no con precisión de palabras equivalente, pero sí con fidelidad a la intención primaria. Y eso es a lo más que puedo aspirar, incluso cuando escucho a otra persona. Porque todo va a pasar por el filtro de mi mente y sólo voy a poder quedarme con mi versión de las cosas. Como con todo. La verdad es una, pero hay infinitas realidades y algunas no tienen equivalente.

¿Qué tan difícil puede ser?

Creo que la mayor parte de comida extraña que he hecho comienza con esa pregunta. Si muchas personas lo hacen, si lo pasan en un restaurante, ¿qué tan difícil puede ser? Hay ciertas cosas que llevan un aura de misterio, como una pócima de la felicidad que sólo se comparte de generación en generación.

Supongo que todo tiene una forma de hacerse y que, como tal, de todas maneras cambia según quién la haga. Nunca saben igual los frijoles de otra casa.

Para mí, la verdadera felicidad ha estado en encontrar lo mío. En soltar el sabor del recuerdo de las cosas que comía y hacer algo que sepa a lo que a mí verdaderamente me gusta. Lleva mucho tiempo llegar a eso, no porque no sepa rico el plato a la primera, sino que lo pongo a pelear una lucha desigual. Nunca, nada, sabe igual que lo que nos recordamos. Y ya. Dejemos esa añoranza en su lugar adecuado y hagamos algo nuestro.

Además, no hay nada tan difícil que no se pueda poner en una receta y replicarse.

¿Y si?

Hablando con el niño, le dije que tenía que probar pedir algo. Es complicado imbuir de valor a alguien pequeño que cree que las consecuencias de todo son absolutas. Guiarlo a que dimensione que un “no”, simplemente lo deja igual que como está, cuesta paciencia con las emociones desbordadas de adolescente. Cosa que no siempre tengo.

Todos tenemos miedo de pedir. Porque no nos gusta que nos digan que no. Que nos rechacen. Es muy feo. También es porque no hemos aprendido que uno puede tomarse las cosas como no personales, aún las que sí lo son. Nada malo hay en nosotros si otra persona simplemente no quiere nuestro afecto. Es cuestión que está fuera de nuestro control. Lo más que pasa es que nos quedamos igual. Porque de todas formas no teníamos lo que pedimos. Hasta ganamos el conocimiento de nuestra situación.

Yo prefiero preguntar y no quedarme con la duda. Lo mejor que me puede pasar es que me digan que sí.

Un tiempo aparte

Ha pasado casi un año desde que cambiamos radicalmente de forma de vivir. Se nos hizo más pequeño el mundo y más amplio el alcance. Las casas se convirtieron en escuela, oficina, gimnasio, cine… Muchos no aguantaron la presión. Todo ha tenido cosas buenas y malas.

Si he de ser sincera, lo que más me hace falta es un momento en soledad. Sin tareas pendientes, comidas qué preparar, ropa qué doblar, clases qué supervisar. Días que pueda planear tiempo sin fijarme en alguien más. Un tiempo aparte.

También sé que en el momento en que no tenga a los míos todo el día a mi alcance, me van a hacer falta. Tal vez por eso estoy apreciando tanto las comidas juntos, las tardes tranquilas y levantarlos más tarde. Entiendo que tendremos de recuerdo el año (o más), que estuvimos todos juntos. Espero poder apreciarlo pronto.