Medir las cosas

Resulta que no sabía qué tan poco estaba comiendo, hasta que comencé a medir la comida (ooootra vez). Tiendo a bajarle imperceptiblemente a mis porciones, hasta que termino con una nada en el plato y eso – porque la vida es cruel e injusta – me engorda.

Los humanos no conocíamos el valor del tiempo hasta que comenzamos a llevar relojes. Ahora, en vez de ser amos del tiempo, somos sus verdaderos esclavos. Pero llegamos tarde a todas partes. Antes llegábamos. Me paso desde las 4 de la mañana corriendo a cumplir con cierta hora a la que tengo que estar en algún lugar en especial, midiendo los minutos que necesito para avanzar de una tarea a la otra. Puedo contar mis noches por la cantidad de horas que dormí.

Tal vez la comida y el tiempo como medidas de vida sean las que más rigen la mía. Y, tal vez, me gustaría cambiarlas por compañía y actividades. Hay cosas que no se pueden medir, porque hacerlo las desvirtúa. La amistad, el cariño, el disgusto, el placer. Todo lo importante es tan relativo que sólo tiene valor en el momento en que se siente. Luego no hay una forma objetivamente cuantitativa de compararlo. Está o no. Lindo eso. Lo binario siempre me llama como fuego en una noche de frío.

Lo cierto es que, midiendo mis porciones, como más y estoy más satisfecha. O no, porque me da mucha hambre.

Me voy a contar una historia que ya sé

El elemento de la sorpresa es, sin duda, el cimiento de toda buena historia. Nada más frustrante para lectores que ya llevan leído varias veces su peso en papel, que saber hacia dónde va una narrativa. Pero, para los que escribimos como ocupación (remunerada con éxito o no), sabemos que no hay cosa más difícil que encontrar cuentos nuevos qué contar. Todo, todo ya está dicho. Desde antes que lo pudiéramos escribir, ya lo sabíamos. Todos los desenlaces posibles.

Nuestras propias vidas tienen finales con que nos marcaron desde que nacimos. Creer que uno se va a escapar es vivir en otra dimensión. Y ni así es suficiente.

Pero, (palabra fea para comenzar una frase, pero a veces sirve), lo que sí podemos hacer es contarnos las cosas de una forma diferente. Avisar que son cosas que ya sabemos y hacerlas interesantes de todas formas. Porque a veces lo importante no es el final, si no cómo llegamos a él. Todos los caminos, por muy recorridos que estén, ofrecen oportunidades para fijarnos. En algo, lo que sea, una piedra, la temperatura del viento, la nada.

Yo quiero contar historias. No puedo inventar nuevas. Pero sí puedo ofrecer una perspectiva diferente a las que ya existen. Es la mía, nadie más la tiene. También por eso me encanta escuchar a los demás.

Recoger los pedazos

Cada vez que tengo interacción con personas he llegado a entender que estoy dando algo de mí. Bueno o malo, se llevan una pequeña parte que conforma esa imagen mía que pueden guardar o no. Podría parecer cansado, irse dando así por la vida, en pedazos y alguna vez así me lo pareció. Pero creo que lo he enfocado mal.

Las relaciones, cualesquiera que sean, demandan de los seres humanos un contacto. Esa exteriorización del mundo que sólo sucede dentro de nuestros cerebros y que es nuestra realidad más verdadera, más íntima y que tenemos que ofrecer para ser compartida con lo que está afuera. Hasta al pedir un café, hacemos patente nuestro deseo (interior) que nos den algo (exterior). Cuando esas demandas sociales se vuelven demasiado pesadas, hay un cortocircuito en nuestro funcionamiento y necesitamos recuperarnos. Volver a estar completos para poder volver a darnos.

Los seres humanos no sobrevivimos fuera de nuestra tribu. Por supuesto que existen esas sonadas excepciones de ermitaños viviendo en soledad en una cueva, pero ya fueron criados por una villa antes de irse a perder.

Tal vez no nos damos a pedazos que tenemos que recuperar. A lo mejor lo nuestro es fluir, sin menoscabar nuestra esencia, hasta llegar al mar y diluirnos. Lo mejor que podemos pedir es que, en nuestro paso, dejemos todo mejor.

Sobrecarga de presencia

Viajar nos permite dejar atrás las cosas que nos alejan de nosotros mismos. Esas distracciones del día a día que nos tienen todo el tiempo enfocándonos hacia afuera, sin sentir, sin fijarnos, sólo haciendo. Es lo que hay, debemos trabajar, comprar comida, atender gente, hacer ejercicios, comer. No sé. A mí los días a veces me pasan y termino dormida a las ocho de la noche cual gallina con la puesta del sol, sólo para despertarme y repetirlo todo al día siguiente.

No me estoy quejando realmente, me gusta mi rutina, mis horarios me dan estructura, puedo saber qué hacer en cada hora del día. Pero es bueno darse una pausa.

Estuvimos de viaje en un lugar en donde se aleja uno por completo del mundo real y está inmerso por todas partes entre detalles diseñados para sentir. Desde el olor a algodón de azúcar, hasta el último pedazo de moho artificial, todo le grita a uno que está en otro lugar que el que dejó atrás y que está bien sentirse diferente. Fueron ocho días de sobrecargarme los sentidos de cosas no planeadas por mí misma y, aunque estoy con ganas de quedarme en un cuarto en blanco, vacío, sin ruidos y sin personas durante un par de días, siento que experiencias así son necesarias.

Estar presente en la vida de uno es tan importante como poder observarla desde fuera. Ese flotar entre un estado y el otro, tal vez es lo que nos permite trascender. O simplemente puede ser que necesitaba una pausa.

Vamos a darnos un tiempo

No eres tú. Soy yo. Necesito un espacio de soledad en el que se me acumulen todas las palabras y salgan explotadas, impactantes. Me quiero presionar. Hacer estallar. Forzarme a que se me junte todo y la alquimia saque algo diferente que hasta ahora.

No eres tú. Soy yo. A veces un tiempo separados hace bien, nos recuerda lo que nos gusta del otro y nos fuerza a volver. Porque volver siempre es una de las aventuras más viejas y más importantes. Todos queremos irnos para regresar, esperar para recibir. Todos somos Ulises y Penélope y Calypso.

No eres tú. Soy yo. No me voy por mucho tiempo. Dos semanas a penas. Prometo regresar como si fuera nueva.

 

 

El amor como la comida

Estaba haciendo buñuelos con recetas de familias diferentes a la mía, porque la de mi mamá no la encuentro. Siempre es una aventura hacerlos, porque son de ocasión (una o dos veces al año) y la masa tiene esa exactitud de las recetas de antes (hasta que se haga una bola, ¿cuál bola? ¿qué tan espesa? ¿la dejo en el fuego o no?), que se les adquiere el punto haciéndolas seguido. En casa no se hacen seguido, pero cuando se hacen, es como para un batallón. Tres recetas de una sola vez, para que valga la pena la meneada de la harina sobre la estufa y la batida de los huevos y la calentada del aceite (desde que me enseñaron a usar el sartén eléctrico para mantener la temperatura del aceite pareja todo el tiempo, es una adivinanza menos en la ecuación). Así que me paso un par de horas friendo buñuelos que me recuerdan al antojo severo que tenía yo de esas cosas cuando estuve embarazada del primero de los niños y que no logré que nadie me hiciera, porque mi mamá ya no estaba y mi suegra no sabía cómo. Aprendí a hacerme muchas cosas a mí misma, como los buñuelos, o algunos de mis pasteles favoritos, a coserle vestidos a la niña y a seguir las recetas. Tengo el sabor del recuerdo en mi boca con mucha comida y prefiero hacerla a mi manera para no competir con fantasmas. Tan parecido cocinar a amar. Sobre todo en recetas tediosas con resultados medio comunes. Los buñuelos son un perfecto ejemplo: requieren fuerza para batir la masa caliente sobre la estufa, paciencia para agregar los huevos uno a uno, después de esperar un rato a que enfríe, hacer una miel con sabor a algo más que sólo agua con azúcar y, luego, freírlos sin amontonarlos, esperando a que se den vuelta solos como por arte de magia cuando ya están dorados de un lado, siempre manteniendo el aceite a una temperatura adecuada. Todo esto, que lleva su tiempo, se consume en menos de tres minutos si se parecen a mis hijos que los aspiran como máquinas de tragar bolas de ferias olvidadas. El momento de disfrutar del amor es efímero, como la comida, y, si uno no lo sabe, cree que los platos aparecen por generación espontánea para nuestro consumo. Saber apreciar todo el trabajo que tomó el llegar hasta allí, aumenta el placer. Así como acordarse de los nuestros que ya no están, pero que nos siguen acompañando porque los invitamos a nuestras vidas cada vez que los pensamos. Así como hacemos de nuestros hijos parte de ese entramado de sabores con los que unimos recuerdos. El fiambre podrá no gustarme mucho, pero sí me gusta comerlo con los míos, como me gusta ver la forma en que desaparecen los buñuelos, como me gusta saber que saben que los amo, aunque las ocasiones especiales sean especiales y no comunes. Amar lleva mucho esfuerzo, del bueno, del productivo, del que se disfruta al final. Y del que hay que hacer muchas veces.

Corregir errores

En el colegio hacíamos matemáticas con pluma fuente. Con ese sentido del orden germánico que nos metieron entre números y letras, no dejaban que borráramos; teníamos que tachar nuestras faltas con una línea recta hecha con regla y volverlas a hacer. El error permanecía visible, pero anulado, por decirlo así. Limpio, radical. Tratar de borrar un trazo en lápiz siempre deja huella. Y ni me hablen del abominable «liquid» que deja una masa infesta que le grita al mundo que hay algo que nunca debió existir debajo.

Nada de lo que uno hace puede dejar de existir. Deja una huella a su alrededor que se puede rastrear hasta por la energía gastada en su lugar. Cada palabra, gesto, pensamiento, llevan una existencia en sí mismos que se acumula. Los errores que cometemos existen, por mucho que los tratemos de enmendar. Las consecuencias que van dejando se apilan, sobre todo las que están fuera de nuestro alcance corregir. Tratar de ignorar es apagar la luz en un cuarto que debemos saber navegar. Las cosas existen, por mucho que queramos ocultarlas. Es más ordenado y práctico, aceptar que fueron, que tuvieron un impacto que probablemente cambió el curso de nuestra historia y continuar.

Los errores en la vida no son tan fáciles de corregir como una suma mal hecha, pero tampoco significan algo insuperable. Sólo hay que estar dispuesto a volver a comenzar la ecuación y hacerla bien la siguiente vez.

Pensar lo peor

Tanto leer de cómo ha evolucionado el cerebro del humano y aún no me sirve para cambiar el cableado con el que venimos «de fábrica». Ése que nos hacía sospechar de cualquier sombra porque podía saltarnos un depredador, el que nos ayuda a distinguir infinidad de tonos de verde (no entiendo cómo sobrevivieron los daltónicos) y que nos lleva a las peores conclusiones.

Porque, invariablemente, mi mente va a pensar lo peor. Si alguien no me contesta es que me dejó de hablar para siempre. Si alguien está tarde es porque se murió caminando en la calle y le cayó un piano encima. Si tengo una bolita en la pierna comienzo a repartir mis bienes. Todo lo llevo al extremo. Y yo sé que podría perfectamente utilizar toda esa energía para exactamente lo contrario: pensar lo mejor. No se trata de ir por la vida sin fijarnos en los barrancos, creyendo que podemos volar. Pero sólo utilizar la imaginación para armar películas de terror pareciera un desperdicio de masa gris.

Yo quiero pensar en bonito, sobre todo de cosas que no sé. Si no hay certeza de nada, ¿por qué no mejor imaginarme que todo está bien? Claro, para mientras, yo ya dejé de comer de la angustia. Lo cual tampoco me cae tan mal.

La cara de la verdad

Conocemos las cosas tan a medias, que decir que sabemos la verdad es una mentira parcial. En una conversación, hay una diferencia enorme entre lo que se dice y lo que se entiende, luego, aún está el componente de lo que se recuerda. Entre las cosas que yo solía hacer cuando trataba con clientes era seguir una conversación telefónica con un correo que rezaba como ensalmo: «de acuerdo a lo platicado con usted hoy…», porque sufrí las consecuencias de los malentendidos, sobre todo en cuestiones de tiempos y cobros. Los clientes siempre entienden que las cosas salen antes y cuestan menos.

Lo cierto es que hay cosas fácticas que no tienen dos versiones: el fuego quema, el agua moja, el hielo es frío. Y, aún así, puedo asegurar que hay gente para la que una llama no es tan caliente como para otra y el frío no lo es tanto y el agua, pues tendrán impermeables y no la sienten. La verdad, eso que proceso nuestro cerebro para darle forma a nuestra realidad, es plástica.

Adaptarse a lo que percibimos, estar abiertos a que el otro no necesariamente lo tiene igual de claro, o tal vez sí, pero lo entiende diferente y navegar en un mar cambiante, pero con un faro al final del camino, es lo más que nos podemos acercar a tener una verdad propia. Para todo lo demás, están los textos a los cuales uno puede regresar para enseñar que, efectivamente, dijo que en esa fecha era la fiesta a la que había que ir.

Un día normal

Hoy bajé a la cocina dos veces. El resto del día se pasó entre vegetar viendo tele, vegetar leyendo y vegetar comiendo. Nada del otro mundo. Pero fue un día normal, de esos que deberían conformar la vida entera, en los que la normalidad es un río que baja feliz entre pequeñas piedras que lo hacen saltar.

Nos imaginamos la existencia entre grandes acontecimientos: nacimiento, graduación, primer trabajo, casamiento, hijos, muerte. ¿Y todo lo demás? Ese camino inclinado que llamamos la cotidianidad, y al que le atribuimos sólo cosas aburridas como la rutina, el tedio, la repetición, es todo menos poco importante. Es la tela de nuestra vida, el aire que respiramos, la comida que nos sustenta. La «normalidad» es lo que nos sostiene para los peores momentos, son los brazos que nos protegen cuando ya desfallecemos, la mano en la noche que nos encuentra para consolarnos.

Un día normal se repite para siempre y deberíamos cuidar que fueran los mejores, los más íntimos, los que nos llenen. La felicidad, cuando la recordemos, va a ser una tarde de reírse a carcajadas de cosas que ya no son importantes, sólo el sentimiento.

Este día fue uno normal y sólo pido que sean la mayoría.