Regresar al papel

Durante mucho tiempo destruí todos mis libros. No en una pira apoteósica de censura ni nada tan dramático. Es más, no fuero con fuego, fue el agua lo que deshizo mis libros de la infancia/adolescencia. En casa y en esas épocas, los libros eran un lujo no esencial y comprábamos las ediciones que podíamos. O leía lo que me prestaban. Tal vez por eso tengo un gusto tan raro, porque crecí leyendo lo que tuviera a mano. Y siempre tenía uno en la mano, hasta para bañarme. Así terminaron todos mis libros hinchados de la humedad, vueltos a leerse una y otra vez.

Hay cosas anacrónicas, que trascienden la modernidad: el vino, la comida, el papel. Por mucho que parezca magia poder leer a oscuras en un dispositivo electrónico, el peso de una página que lo acerca a uno al final no tiene comparación. O tal vez es que estoy regresando a sentirme dichosa por poder tener un libro en la mano. Regresamos a lo que nos hace sentir bien, con la comida, con las personas, los lugares. Regresamos a cantar las canciones que nos dormían, leer los cuentos que nos transportaban, ver las películas que nos hicieron sentir algo. Tal vez por eso cuesta tanto salir de las cosas que conocemos, aunque nos hagan mal, porque allí sabemos qué pasa.

No teniendo nada seguro, saber cómo se mueve lo que tenemos alrededor calma. Por eso son tan importantes los ritos. Se repiten siempre igual. Pero los ritos para quedarse en el mismo lugar no sirven, debemos crear nuestras propias plataformas seguras para lanzarnos al vacío. Como los libros. Regresar al papel como una vuelta a casa, pero no volver a leer lo mismo. Y no meterme a bañar con ellos.

La integridad en los pedazos

He estado leyendo un par de libros de sociología, evolución genética/cultural y ahora uno de análisis psicológico de los diferentes mitos a través de la historia. Me están haciendo un revoltijo en la cabeza, porque se aproximan al hecho de ser humano de diferentes ángulos, uno igual de válido que el otro, pero distintos. Es interesante ver cómo agarran diferentes pedazos y vuelven a armar la existencia, pero desde su perspectiva.

La «humanidad» como tal es tan compleja porque no se puede partir y observar como se hace con un hormiguero (aunque hay algunos socio-biólogos que dicen que eso es exactamente lo que se puede hacer). Cada uno tenemos un sentir tan distinto de los demás, aunque en conjunto nuestra conducta sea predecible, que no hay una explicación global que satisfaga todas las posibilidades.

Tal vez la clave está en meterse adentro de uno mismo, destruir lo que no nos permite estar completos y navegar hacia afuera con un barco mejor equiparado. Para mí, esto implica terapia con alguien que me ayuda a entenderme, un círculo de personas cercanas que me halan las orejas de vez en cuando y el tratar de enriquecer mi vida con conocimiento y sentimientos. Difícil eso de reducirse al núcleo para no desarmarse por allí.

Calificación para opinar

No hay forma de dar una opinión totalmente objetiva, simplemente porque no existe tal cosa. Percibimos el mundo a través de lo que interpretamos con nuestro cerebro que nos dan nuestros sentidos y, allí adentro, aún no hay nadie más que nosotros. Hasta que la humanidad deje de ser lo que concebimos ahora y podamos compartir y mezclar nuestros inconscientes con otras personas, borrando lo que consideramos nuestro «yo», no hay forma de traspasar la barrera de la subjetividad.

El mundo está para ser decodificado. Impulsos eléctricos, ondas auditivas y de luz, químicos aspersos en el aire y ya armamos lo que denominamos la realidad física. Ni los átomos existen de verdad, así como he interpretado esa marcianada física que están y luego desaparecen. ¿A dónde? Así es que cada uno se queda con una realidad desde la que opina, por mucho que abra la mente para entender a alguien más, sólo lo puede hacer desde sí mismo. No hay una multitud. Está uno. Y es ese uno quien cuenta qué le pasa y pasa por el filtro de lo personal todo.

Descalificar la realidad de alguien más porque no corresponde con la nuestra es ignorar que no hay otras que las propias y que desechar la experiencia de alguien más sólo es admitir nuestra propia limitación.

Quiero hacer de todo

Siempre me entusiasman los planes de salir. En teoría, escuchar música, bailar, ver gente, arreglarme, platicar, me parece de lo mejor. Paso la mayor parte de mis días sin hablar con adultos de cosas interesantes y, pues, oportunidades para socializar son bienvenidas. Hasta que llega el día y no quiero.

Puede ser que me queden las ganas de salir porque no fui muy parrandera de joven y tengo amigas que sí lo fueron y me dan ganas de compartir esas experiencias. Pero me estoy dando cuenta que mi naturaleza no es de mucha juerga y estoy llegando a aceptar con más tranquilidad que no la necesito, porque lo mío no es eso. Prefiero otro entretenimiento.

Es una revelación eso de conocerse a uno mismo y aceptarse con lo que le gusta y lo que no, sin tener vergüenza que no sea necesariamente lo que hace y disfruta el resto de la gente. Lo nerda no se me ha quitado desde que nací y dudo que los años lo borren. No es una cualidad que se preste para salir y desvelarse.

Lo bueno es que tengo amistades que sí me sacan de vez en cuando a que me dé el aire de la noche y me aceptan que tome una mineral y regrese temprano a mi casa.

Tal vez la próxima fiesta sí salga.

En los espejos

Es más moderno el vernos al espejo que en los ojos de los demás.

Tal vez por eso la imagen que nos devuelve no concuerda con la de nuestras mentes.

Al final del día, el reflejo en alguien que nos mira es mejor medida.

Expectativa/Realidad

Ayer pusimos (uso esa persona del verbo con más fantasía que realidad) el árbol de Navidad en casa. Primer año que compro adornos nuevos desde que me casé y estaba muh ilusionada, con visiones de obras decorativas tipo Martha Stewart. La realidad es que el pobre está inclinado, parece lisiado de guerra con vendas por los listones y la proporcionalidad de las bolas es sólo una aproximación.

Hay una trampa en las expectativas: se parecen a los planes, pero nos decepcionan. Creo que queda en la rigidez del resultado, la imagen fija que tenemos de algo en específico que nunca, o muy pocas veces es lo que obtenemos porque siempre salen las cosas distintas.

Lo peor de todo ese proceso es que no nos quedamos contentos con lo que logramos, comparándolo siempre contra el ideal fantasioso que sólo existe en nuestra mente. Los planes están bien. Creo que no podemos pasar la vida a la deriva. Pero también nos sirve un poco de flexibilidad y de cariño hacia nosotros mismos.

El árbol no puede salir en una revista de decoración. Pero sí puede estar en mi casa y, ya encendido, a mis hijos les gusta. Tal vez me salga mejor el otro año.

La pérdida de memoria

Mi madre me decía no dejaba la cabeza tirada porque la tengo pegada al cuello. Después de tres años de ir a nadar con alguna constancia y dejar la calzoneta en más de una ocasión, esa sentencia sigue siendo vigente, lamentablemente. Soy distraída, tengo memoria de caballero y pocas caras recuerdo, menos nombres.

Lo peor que me ha pasado últimamente fue llevar a mis hijos a ver una obra de teatro un lunes que no era el lunes del cartel. Cómo decidí que era ayer y no el 10 de diciembre, aún no lo sé, pero sí tengo aún roja la cara de la vergüenza de llegar al lugar a la hora indicada sólo para reiterar que no era el día. Llevo un mes viendo el cartelito varias veces a la semana, ni siquiera tengo la excusa de que sea reciente. Todavía no lo entiendo.

Pero cenaron los niños y nos reímos mucho y nadie salió lesionado por mi falta de atención a los detalles. Tal vez eso compensa, ponerle amor a las cosas grandes aunque las pequeñas se me escapen. También por eso me organizo hasta el extremo de aplicarme los productos de higiene en el mismo orden para no olvidarme de echarme desodorante, por ejemplo.

Y por eso dejo un traje de baño extra en el lócker. Para días como hoy en los que llegué a nadar sin calzoneta.

Seguimos

Hay tantas formas de vivir como personas.  Y el nivel de felicidad parece que viene de la genética. Todos tenemos diferentes referentes de satisfacción y no se le puede pedir a una persona con disposición más “triste” que sea eufórico y feliz como los que saltan de la cama por las mañanas.

Es complicado para uno que cría niños entenderlo, porque han pasado de depender totalmente de uno, a tener sus propias ideas y ese distanciamiento a veces desconcierta. Sobre todo porque a veces uno les hace cosas con todo el entusiasmo del mundo esperando una reacción y salen con otra.

Especialmente difícil me resulta que lo que me sirve con uno no con el otro. No hay mejor seña de que la naturaleza hala tanto como la crianza. Pero seguimos haciendo (todos, ellos y yo), un esfuerzo por adaptarnos a lo que necesitan cada vez, para lograr alcanzar lo que creemos que es bueno.

Yo quisiera el instructivo para el método infalible. Un conjuro que cambie con ellos. Aunque sea un dibujito.

Pero no. No hay. Así que no me queda otra que continuar.

Las cosas que no me gustan

He aprendido a comer muchas cosas «extrañas», aunque aún no se me antoja un hígado, por ejemplo. Con los años, la tolerancia a otros sabores me ha crecido. Recuerdo muy bien que en mi papá, esto era completamente lo contrario y cada vez le iban gustando menos cosas. Llegamos al colmo un día que, al verme preparar un huevo duro con vinagre y sal, tal y como él me enseñó a comerlos, me dijo que le parecía lo más desagradable que había visto.

Cambiamos. Es una constante. Cosas que antes tolerábamos nos parecen insoportables. Sin darnos cuenta que no es lo externo lo que es diferente, somos nosotros los que ya no somos iguales. Por eso los libros no significan lo mismo. Las personas se nos antojan lejanas. La comida nos sabe distinta. Algunas personas crecen cuando cambian. Se vuelven más tolerantes, abiertas, inquisitivas. El paso del tiempo les enseña que no lo saben todo y que les queda poco para conocer lo más que puedan. Algunas otras se cierran, enfocándose cada vez más en lo poco que les resulta familiar y se atrincheran detrás de las cosas que les son familiares.

No quiero probar jamás una cucaracha frita, por ejemplo. Tengo mis límites para nuevas experiencias. Me he subido a más montañas rusas en los últimos años que en el pasado. Hago más ejercicio ahora. Escucho música nueva. La vida es mucho más vasta de lo que puedo abarcar en una vida y qué desperdicio quedarme sólo con lo que sé. Hasta estoy dispuesta a probar hígado.

Entendemos

Entendemos tan poco las cosas importantes,

que medimos la eternidad con el tiempo mismo del que carece,

el infinito en términos de espacios a los que les quita el borde,

el amor en cantidades.