Estaba haciendo buñuelos con recetas de familias diferentes a la mía, porque la de mi mamá no la encuentro. Siempre es una aventura hacerlos, porque son de ocasión (una o dos veces al año) y la masa tiene esa exactitud de las recetas de antes (hasta que se haga una bola, ¿cuál bola? ¿qué tan espesa? ¿la dejo en el fuego o no?), que se les adquiere el punto haciéndolas seguido. En casa no se hacen seguido, pero cuando se hacen, es como para un batallón. Tres recetas de una sola vez, para que valga la pena la meneada de la harina sobre la estufa y la batida de los huevos y la calentada del aceite (desde que me enseñaron a usar el sartén eléctrico para mantener la temperatura del aceite pareja todo el tiempo, es una adivinanza menos en la ecuación). Así que me paso un par de horas friendo buñuelos que me recuerdan al antojo severo que tenía yo de esas cosas cuando estuve embarazada del primero de los niños y que no logré que nadie me hiciera, porque mi mamá ya no estaba y mi suegra no sabía cómo. Aprendí a hacerme muchas cosas a mí misma, como los buñuelos, o algunos de mis pasteles favoritos, a coserle vestidos a la niña y a seguir las recetas. Tengo el sabor del recuerdo en mi boca con mucha comida y prefiero hacerla a mi manera para no competir con fantasmas. Tan parecido cocinar a amar. Sobre todo en recetas tediosas con resultados medio comunes. Los buñuelos son un perfecto ejemplo: requieren fuerza para batir la masa caliente sobre la estufa, paciencia para agregar los huevos uno a uno, después de esperar un rato a que enfríe, hacer una miel con sabor a algo más que sólo agua con azúcar y, luego, freírlos sin amontonarlos, esperando a que se den vuelta solos como por arte de magia cuando ya están dorados de un lado, siempre manteniendo el aceite a una temperatura adecuada. Todo esto, que lleva su tiempo, se consume en menos de tres minutos si se parecen a mis hijos que los aspiran como máquinas de tragar bolas de ferias olvidadas. El momento de disfrutar del amor es efímero, como la comida, y, si uno no lo sabe, cree que los platos aparecen por generación espontánea para nuestro consumo. Saber apreciar todo el trabajo que tomó el llegar hasta allí, aumenta el placer. Así como acordarse de los nuestros que ya no están, pero que nos siguen acompañando porque los invitamos a nuestras vidas cada vez que los pensamos. Así como hacemos de nuestros hijos parte de ese entramado de sabores con los que unimos recuerdos. El fiambre podrá no gustarme mucho, pero sí me gusta comerlo con los míos, como me gusta ver la forma en que desaparecen los buñuelos, como me gusta saber que saben que los amo, aunque las ocasiones especiales sean especiales y no comunes. Amar lleva mucho esfuerzo, del bueno, del productivo, del que se disfruta al final. Y del que hay que hacer muchas veces.
