Cada vez que tengo interacción con personas he llegado a entender que estoy dando algo de mí. Bueno o malo, se llevan una pequeña parte que conforma esa imagen mía que pueden guardar o no. Podría parecer cansado, irse dando así por la vida, en pedazos y alguna vez así me lo pareció. Pero creo que lo he enfocado mal.
Las relaciones, cualesquiera que sean, demandan de los seres humanos un contacto. Esa exteriorización del mundo que sólo sucede dentro de nuestros cerebros y que es nuestra realidad más verdadera, más íntima y que tenemos que ofrecer para ser compartida con lo que está afuera. Hasta al pedir un café, hacemos patente nuestro deseo (interior) que nos den algo (exterior). Cuando esas demandas sociales se vuelven demasiado pesadas, hay un cortocircuito en nuestro funcionamiento y necesitamos recuperarnos. Volver a estar completos para poder volver a darnos.
Los seres humanos no sobrevivimos fuera de nuestra tribu. Por supuesto que existen esas sonadas excepciones de ermitaños viviendo en soledad en una cueva, pero ya fueron criados por una villa antes de irse a perder.
Tal vez no nos damos a pedazos que tenemos que recuperar. A lo mejor lo nuestro es fluir, sin menoscabar nuestra esencia, hasta llegar al mar y diluirnos. Lo mejor que podemos pedir es que, en nuestro paso, dejemos todo mejor.
