Cortadas

Encontré una cortada en mi dedo

por el ardor en la piel cuando toqué sal

había olvidado hacérmela, hasta que dolió,

regresó el recuerdo del metal.

Pensé que el filo no había pasado

no vi sangre

sólo sentí el aviso de un dolor futuro

indeterminado pero inevitable.

Razones para leer

Si tuviera que enumerar razones para leer, tratando de convencer a alguien (hijo mío), comenzaría diciendo que mejor no lo hagas. La Historia que se escribe y nos ha dejado de recuerdo en palabras necesita que alguien la lea para no olvidar pirámides, elefantes en montañas, conquistas y amores. Tal vez si ya nadie lee, podemos comenzar de nuevo.

O diría que mejor no lo hagas y pienses que sólo lo que ves existe. Que no hay mundos enteros que te piden el uso de tu mente para vivir. Prestarle tu imaginación a un grupo de personas que no existe es de locos. No hacerlo es de seres racionales. Sólo racionales.

Te explicaría que la poesía es el lenguaje de lo oculto pero sentido. Que allí se revela cómo sabe el dolor, cuántas veces se ama, en dónde nada la tristeza. Tal vez si no lo nombras, no lo sientes.

“No leas”, aconsejaría. “Serás más, o menos, pero serás distinto.”

La dualidad

Una de mis definiciones favoritas de inteligencia es la capacidad de sostener en la mente dos verdades opuestas al mismo tiempo. ¿Quieren divertirse en una reunión? Pregunten qué es más importante, si la verdad o la gentileza. Poner extremos siempre es simpático, porque ambas partes pueden tener argumentos válidos, que se contradicen entre sí.

La existencia en general se puede entender en opuestos y no estar errado. Pero tampoco está completo. Hay un mundo entero que envuelve los extremos y que abarca mucho más que sólo el blanco y el negro. Lamentablemente, perdemos esas tonalidades en nuestro afán de entender, o de justificarnos.

Me gusta lo binario. Las respuestas definidas, los colores claros, las palabras con un sólo significado. Me cuesta navegar en el mar de la ambigüedad. Pero sé que me pierdo de todo un espectro maravilloso de colores. Estoy aprendiendo a no quedarme sólo en el sí o en el no.

Emergencias

Tuvimos una emergencia con la niña. Ya está solucionado. Todo bien. Pero mientras lo arreglamos, dejé parte de lo poco que me queda de juventud. Es inevitable preocuparse. Hasta que me centro y pienso en las posibilidades. Siempre prefiero imaginar lo peor que puedo pasar para darme cuenta que puedo con ello. Y puedo, claro que sí.

Mañana no habrá nada por qué sufrir. Y si lo hay, trataré que no me afecte.

La falta de límites

Qué belleza los domingos. Amanezco desayunando croissants con jalea y paso en esa misma línea el día entero. Simplemente un día libre. Pago el exceso en creces y los lunes hago ayuno. Pero sigo haciendo lo mismo.

Vale la pena tener espacios sueltos, en donde nos salgamos de la rutina. Pero con la intención de regresar. Porque es igual de malo no tener descanso como no tener rutina.

Para mientras, que vengan los relámpagos.

No recuerdo

Si supiera que pierdo la memoria
me tatuaría el recorrido de tus dedos
los caminos de tu boca sobre mi cuerpo
les pondría nombres a los surcos
dejaría espacios en blanco
para que siguieras recordándote en mi piel.

No me gusta compartir

Tengo que pedir audiencia para usar mi computadora. Mía. La que yo uso para trabajar, escribir… Pero que ahora también es salón de clase, cuaderno de trabajo, lugar de reuniones de niñas y, cuando me descuido, hasta tele. Porque se necesita compartirla en estos tiempos. No me agrada. Yo soy hija única, no me gusta compartir mis juguetes. Esto del desorden de propiedades me saca de mi centro.

Aprender a turnarse para tener acceso a las cosas es algo básico que se debe aprender desde pequeños. Tenerlo todo, todo el tiempo, sólo da una idea distorsionada de lo que hay disponible en el mundo. Eso lo entiendo perfectamente y no me pasa nada con esperar a que me toque. Pero…

Lo cierto es que no se puede hacer mucho en estos días de apuñuscamiento obligatorio. Hasta el espacio auditivo está invadido por el niño creyéndose batería humana y la niña gritando con sus muñecas. Y se sigue. Porque es lo que hay. Ahora escribo justo antes de la cena, lo poco que puedo y que se va. Es mi turno.

Poner la energía donde no se disperse

Cocinar es un acto de magia, al menos de alquimia. Las cosas que preparamos para que los de uno se las coman y les gusten, sirven de enlace, de lenguaje, de pegamento para las relaciones. Compartir las preferencias de sabores son la primera marca de pertenencia de una tribu, la íntima. Invitar amigos de mis hijos a casa siempre implica un «¿Y qué le gusta comer?» que abarca el no querer simplemente comprarles una pizza, sino hacer al invitado parte temporal de la familia.

Allí pongo mi energía. En transformar los momentos juntos en algo que les llene el paladar de cosas agradables. La música también me sirve de puente, pero esa no la hago yo, sólo la pongo. Y las historias.

Lamentablemente, también se me va energía en pastorear tareas, vigilar consumo de internet, regañar y preocuparme. Allí no hay aumento de cosas buenas, sólo se me escurre la esencia y la puedo ver correr hasta dejarme.

Es casi imposible no tener de ambas actividades. Pero sí se debería poder no acabarse agotando siempre. Quisiera poder encontrar la fuente dónde recargarme. Al menos, por ahora, puedo entrar a la cocina a hacer algo rico.

La distorsión del tiempo

El niño me acaba de preguntar por qué el tiempo pasa más rápido cuando estás contento. La mera percepción de lo que sucede. La respuesta está en la misma pregunta pero no se le puede decir sólo eso al niño. Pasa rápido porque no le estás poniendo atención. Se escabulle.

Te duele un diente y el tiempo se vuelve melaza. Avanza al paso de una tortuga. O al menos así lo percibimos. Nada nuevo en todo esto, pero sí es nuevo para él, que está comenzando a caminar su propio recorrido por el tiempo y darse cuenta que lo hace.

Las distorsiones son profundamente personales, porque uno sólo puede sentir lo de uno. Y también son indudablemente universales, todos las experimentamos. Compartimos el proceso, allí nos podemos entender.

Poco a poco, el tiempo se les va a pasar entre las manos a estos hijos míos. Tal vez recuerden su pregunta cuando se las hagan a ellos. Compartir el mismo momento de nuevo a la distancia de años.

Días de fin

Termina un día de cumpleaños y dejo de tener al menos una hija con edad de un dígito. El tiempo medido en cifras es etéreo, contado de forma arbitraria (¿quién dice que son 24 horas y no 30?), una simple vuelta al astro que nos lleva de la mano por el universo. Pero no deja de sucederse sobre sí mismo, marcándonos todo, hasta el pelo que se va quedando sin tinta y sólo tira el recuerdo de lo que fue antes.

Nos volvemos fantasmas antes de morir, con la piel delgada, las canas al aire y los músculos esfumándose. Deberíamos aprovechar los cambios para transitar a otro estado, no aferrarnos a lo que vamos dejando atrás (¿o será que somos nosotros los que nos vamos quedando rezagados?). Nos atropellamos por llegar más allá, no sabiendo qué es lo que nos espera, aún cuando creemos que no nos espera nada.

Yo sí creo en que hay algo más, pero como no sé qué es, no le doy tanta importancia. Prefiero quedarme grabada la sensación de la piel perfecta de mi hija entre los dedos, abrir los frascos de la memoria en donde guardo su olor de bebé, tocar los discos de sus risas que he grabado. No importa el número que preceda a su edad, ella y él siempre serán de la edad en que los recuerde.