Se me descascaran las uñas

Me encanta tener las uñas pintadas. Cortas, muy cortas por el karate y porque desde que tengo hijos no he querido acuñarlos. Pero no puedo tenerlas pintadas y descascaradas. Es lo peor que me puede pasar de las cosas tontas molestas que le pasan a uno.

A veces los desperfectos pequeños nos cincelan el ánimo. La gotera en el baño que nos desgasta los nervios. La voz chillona de la persona que tenemos al lado en el restaurante. La piedrecita en el zapato. Si pudiéramos hacer cuenta de nuestra vida, veríamos que es un conjunto grande de cosas pequeñas que se van acumulando. Si muchas de esas cositas se desvían, toda la estructura se viene abajo. Así que, si bien uno no se puede amargar por todo, por nada, por poco, tampoco lo puede descuidar.

Tengo pintadas las uñas y mañana voy a estar enseñando las manos, espero y me molesta que la pintura esté descascarada. Pero no tengo tiempo de volver a pintármelas por completo. Así que no me atormento, mucho, sino que sólo voy a pasarme la brocha para un pequeño retoque y espero que eso sea suficiente.

Salió el sol

Un rato, el justo para poder nadar sin sentir que me voy a quedar hecha un cubo de hielo en la piscina. Me advirtió la señora que ya estaba adentro que estaba helada, pero igual me tiré sin probar, ya sabía a qué iba.

Tantas cosas que hacemos así, sabiendo que nos van a costar, pero que las queremos, las necesitamos, nos hacen bien, somos persistentes (necios) y le damos. Nos metemos a estudiar cosas difíciles. Aprendemos otros idiomas. Vamos a reuniones con gente nueva. Comenzamos relaciones. Tenemos hijos. Buscamos nuevos trabajos. Hacemos ejercicio y nos comemos el brócoli (guácala el brócoli).

Está nublado y nos tiramos a la piscina que sabemos está fría, porque nos duele la cabeza y quisiéramos irnos a dormir el resto del día, pero toca nadar, porque nos hace bien, porque si no, matamos a alguien, hasta a nosotros mismos por dentro. El agua, como ya lo esperábamos, es un choque de frío que quita la respiración y hay que nadar, nadar y nadar hasta calentar un cuerpo que no está en su elemento natural. Así con todo lo que queremos, porque la vida no siempre se camina entre un laberinto de lavanda (acabo de ver una foto de uno y yo quiero). La vida no siempre cuesta tampoco.

Tal vez el chiste es seguir haciendo lo que uno quiere sin que importe lo que hay alrededor, a pesar de ello, con ayuda de ello. Porque, aún cuando la piscina está helada y. uno se está maldiciendo a uno mismo por haberse lanzado, sale el sol a saludar. Como hoy.

Practicar y practicar

La niña quería clases de guitarra en vez de clases de pintura y eso probó este año. No le gusta. Ni un poco. No practica y le cae mal que no le salen las canciones y entonces no practica porque no le gusta y así va el círculo vicioso. Sinceramente, no tengo la gana de pelear con ella por la guitarra y los deberes y estudiar y tener limpio su cuarto y ser amable e ir al karate… La guitarra es la cosa hasta abajo en mi lista de prioridades.

Pero algo bueno salió del asunto y, mientras la espero, recibo yo clases de canto, lo cual me tiene feliz porque ya no desentono tanto en la ducha. Allí ando, dándole y dándole a los ejercicios de respiración y afinación y practicando. Porque resulta que, aunque no lo hago del todo mal, igual hay que ejercitar. No es tan divertido hacer escalas como agarrar un micrófono en el karaoke, pero se hace. Como escribir todos los días, aunque no tenga de nada de qué hablar. O ser amable. O hacer los pasos básicos del karate. Todo comienza con los fundamentos y éstos hay que repetirlos hasta olvidarlos. Y regresar.

Tal vez por eso a veces damos vueltas en la vida, nos encontramos en las mismas situaciones, porque necesitamos repasar. Cada vez que salimos de nuevo del círculo, lo hacemos en un lugar diferente, con nuevas experiencias. Tal vez. O tal vez, simplemente, no sabemos vivir y hay que practicar.

Los domingos como más

Fuimos a desayunar a un lugar nuevo que no nos gustó tanto como al que siempre vamos, pero que estaba bien. De almuerzo, salchichas, polenta frita y cerveza. De cena creo que pediré un estómago nuevo, porque no creo que me quepa nada hasta mañana. Los domingos comemos cosas que se salen de nuestra normalidad y todos en la casa los esperamos. Pero no tanto como la primera vez que tuvimos un domingo «libre». Ha sido una cuestión de retornos disminuidos, porque ya no tenemos tanta ansiedad, tal vez. Por lo menos eso me pasa a mí, que mi estómago protesta y mi boca no se emociona tanto como antes.

Será cuestión de costumbre, eso de comer de cierta forma, hablar de cierta forma, caminar de cierta forma, toda mejor que lo que hacíamos antes. A veces dan ganas de regresar a lo que uno era, se prueba, hay alguna felicidad en hacer las cosas «mal», pero no compensa.

Espero que mis hijos también aprendan que está bien salirse del camino trazado con cuidado de vez en cuando, pero que sólo un poco y que es mejor regresar. Yo también. Y mejor si ya no ceno hoy.

Recuerdos de cosas que no pasan

Escribí el número en el dorso de mi muñeca, esperando que se borrara antes de aprendérmelo de memoria. Un recuerdo por hacer que se escapa por el drenaje cuando me lave las manos y regrese a la mesa vacía porque ya te fuiste, esperando que te llame. No te llamé mañana, ni en el futuro que no pasamos juntos. Recuerdo muy bien ese cumpleaños del año entrante, cuando me diste una mañana de piel haciendo calor entre sábanas de regalo y fui feliz, como no lo voy a ser nunca. Siento todos esos momentos por no venir cuando te veo a los ojos en los que me pierdo como en una noche sin estrellas. Te despediste, eras quien roza una piel casi por descuido porque espera un saludo al día siguiente y yo te respiré como quien no tiene más aire porque no tenía intención de volverlo a hacer. Fui a lavarme tu posibilidad en el lavamanos precario del bar de siempre, desprendiéndome de una esperanza demasiado grande. Salí para no verte más y terminarme la cerveza que ya no tenía gracia, igual que mi vida sin ti.

Me saludaste al día siguiente para volverme a saludar todos los días siguientes de los siguientes, porque tú no te borraste el número que olvidé a propósito que te había escrito en la muñeca.

La tristeza también sirve

Tengo un par de días triste. No como el año pasado que no podía comer y me quería morir de tristeza, ni como cuando murieron mis papás. Pero triste al fin, un pequeño velo que oscurece un poquito mi alrededor. Supongo que es porque murió la gata. Porque no quedó de ella nada que un saquito de piel y huesos que enterré en una caja en el jardín (de Zacapa XO, porque me pareció linda). O porque tengo un fin de ciclo hormonal que me agarró por ese lado y no por enojarme. O porque aún estoy lidiando con que la vida no es como yo creía.

Escondemos la tristeza como si fuera una peste. «¡No estés triste!», le decimos a los niños cuando lloran porque perdieron un juguete, a la gente cuando termina una relación, a un amigo cuando pierde un trabajo. Negar la tristeza no nos hace más fuertes, nos debilita, porque no abrimos esa herida para que sane.

A mí me cuesta mucho admitirme triste. Prefiero el enojo, es más dinámico, me da energía, la impresión de estar haciendo algo. Y no. Cada cosa tiene un camino y no querer recorrerlo nos empantana.

Hoy estoy triste. Quisiera quedarme leyendo. No puedo. Y está bien. Como está bien estar así. Ya se me pasará. Todo pasa.

Preservar la inocencia

Veo a mis hijos crecer y los aliento a ser lo más independientes que pueden dentro de sus capacidades y madurez. Les enseñé a bañarse, vestirse, comer, hacer deberes, estudiar y todas esas cosas, solos, porque la intendencia de la propia higiene es una cualidad básica. Les pido que piensen por sí mismos aunque eso implique muchas veces que me lleven la contraria y me saquen un poco de quicio. Les contesto lo mejor que puedo hasta sus preguntas más incómodas.

Pero lucho con todas mis fuerzas para preservar su inocencia. Esa cualidad de la infancia que no es tan antigua como creemos, pero que en la modernidad logramos identificar como algo precioso. Nuestros antepasados de hace menos de mil años se casaban a los 13 años. Si se casan ahora a los 30 es que los pescaron temprano. Pero en ese limbo no hemos logrado ponerle atención a la cualidad de no meterle información que no pueden digerir a los cerebros de los niños antes de tiempo. Tanta, tantísima información dispersa al alcance de un teclazo en un celular sin supervisión, y el niño de 10 años ya anda pensando en cosas que no puede comprender.

No pretendo tenerlos en una burbuja, pero sí que no se salten las etapas que les tocan. Hoy, sobre todo, que me tocó enseñarle a mi enano cómo usar desodorante y quiero mandarlo al Japón a que lo hagan bonsai, sé que cada día es más de sí mismo, mucho menos mío. Pero no quiero que se pierda la felicidad y la pureza de su mente por andar metido en cosas que no le corresponden.

La espera de las cosas

A los niños les pregunto qué quieren de regalo para sus cumples. A mí me hacían hacer una lista vaga de deseos que a veces se cumplían y a veces no. Me encantan las sorpresas, pero pocas cosas se aproximan al placer de las cosas esperadas y cumplidas. Es ir de viaje. O uno tiene un plan y le exprime hasta el último momento al tiempo, o va como veleta sin rumbo y sin saber lo que se mira.

Los planes son propuestas a futuro que nos ayudan a disfrutar las cosas por adelantado. Algo así como la línea preliminar de un dibujo que hay que colorear después. No siempre, bueno, casi nunca salen hasta el último ítem. Hay cosas que nos hacen cambiar de rumbo. Hay que estar preparado para no estarlo y que eso no arruine la experiencia. Algo así como la flexibilidad es una señal de fortaleza. Qué lindo poder disfrutar de todo, aunque no lo esperemos.

A mí me gusta planificar, investigar las mejores rutas, adelantarme hasta a los menús disponibles. Pero también me gustan las sorpresas y los mejores días han sido los que me desvío. No siempre.

Puedes nadar, pero no escapar

Estaba nadando en el lago el sábado. El agua está muy lejos de ser transparente y estoy segura que me tragué un par de renacuajos. ¿Será que tomar toda esa cosa verde cuenta como un shot de clorofila? Imposible estar calmada en una situación así, por mucho que mi elemento de ejercicio favorito sea el agua. En una piscina, la ingravidez me sirve para salirme de mí misma. En un lugar con algo de oleaje, tengo que estar completamente presente, por mucho que no exista (espero) un monstruo que me quiera llevar al fondo para tenerme de mascota.

Nos vamos a otras partes para meditar acerca de lo que hacemos todos los días. Las famosas vacaciones que sirven para regresar a la vida real. Pero lo cierto es que la vida real es la que nos debería de dar la paz para ser nosotros, ser el refugio de lo malo. En el peor momento se nos olvida que necesitamos un descanso de nosotros mismos y que eso es sólo posible con esfuerzo, no con un escape. Porque nos sustraemos de lo que siempre hacemos, pero no de lo que llevamos con nosotros y que es eso lo que nos agrede. 

El enemigo, el que nos quita la felicidad, es el sádico que escondemos en la mente, el que tiene la voz que nos hace de menos, el que nos encuentra los defectos al espejo, el que nos recuerda todas las carencias con las que crecimos y por qué nadie nos quiere ni nos va a querer jamás. A ése hay que destruir. Y no huyendo de nuestro ambiente. Enfrentándolo y cambiándolo. 

No me llevó ningún monstruo, aunque sí me enredé en la alguita esa que da asco y pánico cuando lo roza a uno. Nada tan malo como las ahogadas que me doy solita en mi propia mente.