Qué hacer con los pedazos

Uno crece con expectativas de qué va a pasar en su vida, que van desde poder volar cuando se es niño hasta cualquier futuro que se imagina uno de joven. A los veinte años, aún tenemos ilusiones de amores de cuentos de hadas, viajes alrededor del mundo, niños perfectos y carreras exitosísimas. O lo que sea que nos despierte por las noches a soñar.

Resulta que las ilusiones son pedazos de mosaicos que armamos en diferentes formas. Nos gusta pensar que tallamos nuestras vidas en piedra, pero eso sólo significa que, si las cosas no salen como queríamos (spoiler: nunca salen exactamente como queríamos), nos despedazamos ante la realidad de ilusiones rotas.

Los mosaicos, ese arte tan lindo de hacer imágenes con retazos, es otra forma de entendernos. Tenemos pedazos que son inmutables, pero que podemos mover para formar nuevas expectativas y ajustarlas a lo que viene. No es que las ilusiones sean malas, pero ni siquiera podemos saber si nos va a gustar lo mismo en cinco años. Hay cosas que cambian. Nosotros, principalmente.

Lo que se hace con los pedazos es ponerlos en formas nuevas. Que nos gusten en este momento. Conservando las piezas. Al final del día, se trata de hacer algo bello, no de rompernos.

No siempre hay que ser especial

Anoche hice tres platos de comida distintos: la cena de Mario, mi cena y mi almuerzo. Todo porque ando de dieta con cosas específicas y tengo que comer lo que me obligan, digo, me recomiendan.

Uno mira una manada de elefantes y, si bien es cierto, ninguno es idéntico al otro, tampoco sobresale uno morado, digamos. Supongo que, en el desarrollo de una especie, da ventaja ser mejor, pero igual. Por algo a las ovejas negras las sacan del rebaño. No van.

Me ha pasado toda mi vida que no voy. Algo tengo cableado distinto, tal vez. Eso me ha producido muchos malos ratos, tanto en situaciones sociales como en mi estado emocional personal. Hasta que, ya a mis casi cuarenta y dos años, me estoy gozando ese no pertenecer a un grupo demasiado homogéneo y grande. Porque he encontrado otras personas que son distintas que se me parecen.

Tal vez la clave es ser uno. Como uno es. No tratar ni de encajar, ni de ser diferente. Estar muy afuera de la sociedad en la que uno decide vivir, es incómodo. Y allí está la clave: uno escoge la sociedad de la que se rodea, al menos la inmediata. Allí donde uno encaja sin mucho esfuerzo y con felicidad a adaptarse.

Espero volver a encarrilarme con la comida. Me gusta ser especial, pero no tanto.

Es una mala decisión, pero es mi mala decisión

Pasé mucho tiempo tiñéndome el pelo de muchos colores. Alguna vez mi papá se acercó, agarró un mechón y preguntó al aire de qué color verdaderamente lo tendría. Ni yo sabía. Y, cuando digo “de muchos colores”, incluyo el rojo y el morado. Cada vez que me lo pinté, supe que le hacía daño, pero la satisfacción de verme como yo quería pesaba más que lo otro.

Siendo sinceros, así es con todo. Tomamos decisiones que sabemos no nos son satisfactorias del todo, porque las preferimos a la alternativa. A veces hasta no hacer nada y dejar que las circunstancias nos pasen encima es una forma de escoger. Porque, no estando bajo coacción, digamos que lo que uno tiene enfrente (y al que uno tiene al lado o no) es lo que uno quiso.

Hay pocas actitudes más valientes que aceptar la parte de responsabilidad en nuestra vida y admitir que es lo que uno pudo hacer. Definir como “sacrificio” lo dejado atrás es un poco engañoso. Porque, mientras más valor tenía lo que no escogimos, tanto más valor tiene con lo que nos quedamos.

Por supuesto que a veces nos damos cuenta que las cosas no eran lo que creíamos. Y está bien arrepentirse. También todo cambia y se vale reexaminar las prioridades.

Como yo, ahora que no me tiño ni un poco. El pelo está mucho más sano. Y allí vienen las canas.

Los círculos que se nos deshacen

La Tierra da vueltas alrededor del sol, que a su vez da vueltas alrededor de una galaxia, que a su vez da vueltas… (Elipses, yo sé, pero da lo mismo). Giramos. Avanzamos hacia un camino lateral que nos regresa al punto de partida. O eso pareciera. Porque nunca estamos en el mismo sitio. Ni siquiera los recuerdos que visitamos en nuestras mentes son iguales cada vez. Nos hacemos la ilusión de regresar a lugares amados, pero éstos ya no existen y quién sabe si alguna vez lo hicieron como nos los imaginamos.

Uno arma la vida alrededor de rutinas que parecieran mantener un orden. Como si trazáramos el camino con un hilo sujetándonos de en medio y giráramos. Círculos perfectos y cerrados. Pero eso no es la vida. Eso lo hacen los hámsters en sus rueditas de hacer ejercicio: correr y correr y no ir a ninguna parte.

Nosotros, aunque no lo sintamos, avanzamos. Hacia lugares diferentes. Y, si no nos fijamos, podemos llegar a sitios que no nos gustan. No hay opción. Porque así es. Ningún círculo es perfecto y nunca somos los mismos.

Hay que aprender a aprovechar ese impulso que da el mismo giro y dirigir, hasta donde se puede, la dirección de la rueda que nos lleva. De repente se rompe y nos libera.

Dar

Cuando mi marido cumplió 35 años, le pedí a mis suegros favor de hacerle fiesta en su casa y yo cociné (hamburguesas, quedaron ricas). El año que cumplió 40, me pasé haciendo cosas para su piñata (sí, piñata de superhéroes) nueve meses antes. Tengo la ¿mala? costumbre de no conocer grises y colores, sólo blanco y negro.

Uno nace sabiendo recibir. Eso es fácil. Parte de la inteligencia emocional es aprender a dar. Y uno da lo que le es natural.

El problema es cuando uno sólo sabe dar de una forma y eso no se recibe por parte del destinatario. Es como escribir la carta de amor más conmovedora de la historia, en un idioma que el otro no entiende.

Aprender a hablar varios idiomas emocionales es una de las claves del éxito en la vida. Si uno entiende que no a todo el mundo le gustan los masajes en los pies, pues no anda como enajenado queriendo quitarle los zapatos a todos los seres humanos que se cruzan en la vida.

Dar, de forma que agrademos. Es un aprendizaje que no siempre es intuitivo. Como en todo, nuestra referencia somos nosotros mismos y cuesta ajustar ese punto miope de vista.

Viscoso como ámbar

Mi mamá tenía unos aretes de ámbar con un mosquito atrapado. Igual que el mosquito de Jurassic Park al que le sacaron la sangre del dinosaurio, pero en chiquito. Me encantaban. Se los robaron.

Hay cosas que se quedan así, en suspenso en nuestra memoria: el sabor de una comida especial que nos preparaban de pequeños, la sensación del primer beso con frenos y todo, el dolor del parto de los niños y la dulzura de de sus pieles recién estrenadas. Guardamos esos momentos entre la resina de nuestra memoria y los mantenemos quietecitos para sacarlos cuando los queremos admirar.

Entre muchos de los recientes descubrimientos de cómo funciona realmente nuestro cerebro, resulta que cada vez que «sacamos» un recuerdo y lo examinamos, lo cambiamos efectivamente. Pareciera que somos incapaces de interactuar con nada, ni siquiera algo que ya sucedió, sin manipularlo. Así, tal vez el pastel que siento que me llena la boca con el sabor de los años pasados, no era tan rico como quisiera creer. Ni el parto fue tan traumático. Ni ese beso fue tan malo (aunque eso sí lo dudo, fue fatal).

Nuestra vida entera está hecha para cambiar. Por muy seguramente que nos guardemos, la misma sustancia en la que nos movemos es viscosa, tiene movimiento y, si no nos montamos y la dirigimos un poco, nos arrastra. Hasta los mosquitos de los aretes de mi mamá cambiaron de lugar. Deseo fervientemente que, quien los tenga, no trate de clonar a un T-Rex.

No tengo nada qué ponerme

Y no se rían, no es una queja banal. Es que, probablemente, no «me sé» y cuando estoy en uno de esos mis dilemas existenciales, no me gusta nada de lo que tengo en el clóset.

La ropa, que ya es mucho más que un simple recubrimiento para protegernos de los elementos, es una forma de expresión, de conexión, de disfraz. Ciertas profesiones juzgan al que las ejerce dependiendo de cómo se viste. ¡Díganmelo a mí que fui abogada de bancos tanto tiempo!

La edad, la bendita edad, también nos pone en un cuadro del ropero de donde es «apropiado» escoger. Pero también nos vestimos para sentirnos de cierta edad. Hace poco que salimos a parrandear (y no se terminó el mundo), pude ver a muchas de mis contemporáneos vestidos igual que como lo hacían 20 años atrás.  Y cuántas veces no pensamos que a alguien lo avejenta la ropa.

Vestirse es un acto de situarse en un momento, una situación social, una actividad física, una emoción, un recuerdo… También presenta un pequeño conflicto cuando uno no sabe qué chingados ponerse. Que es lo que me está sucediendo con cada vez más frecuencia.

Y es que sé que, por mucho, ya no soy una jovencita. Pero también estoy completamente segura que no quiero vestirme como lo hacía mi mamá a su edad. Tampoco quiero su vida. Quiero la mía. Y entonces me da un poco de pena querer estar en mis fachas habituales, pero no mucha. O veo a alguien vestido y arreglado y peinado y maquillado y pienso que así me gustaría verme siempre, hasta que me recuerdo la hueva que me da y se me pasa.

Supongo que no saber qué ponerme es una mini versión de mi crisis de la mediana edad. Y, mientras la resuelvo, seguiré poniéndome jeans y t-shirts blancas con Keds.

 

Lo que no se puede

Me encanta escuchar podcasts. Hasta he dejado de oír música en el carro, porque me siento más entretenida con la información que me dan los podcasts. Hay de todo, desde ciencia, hasta ciencia ficción, pasando por todo lo que pueda ocurrírsele a alguien con una boca y un micrófono. Entre ésos está uno de Jillian Michaels. Ella es muy simpática y honesta acerca de lo que le está sucediendo y el en el último episodio contó que se le estaba desmoronando su set de creencias: a pesar de sus mejores esfuerzos, intenciones y acciones, su show de tele ya no va más.

Cuando criamos hijos les decimos que, si se esfuerzan y trabajan duro, pueden alcanzar cualquier cosa. Pero eso no es cierto. Hay formatos básicos con los que nacemos que no podemos modificar (aunque, según algunos de mis podcasts, estamos cerca de llegar al transhumanismo, pero eso es otro costal de locos). No podemos cambiar las circunstancias de donde nacimos, ni la educación temprana que nos dieron, ni si nuestra mamá tomó o no ácido fólico. No podemos cambiar lo que piensa o siente la gente acerca de nosotros, sino no habría una sobrepoblación en la Friendzone. Poco podemos hacer por cambiar las leyes del país donde vivimos. Y, si el canal no es nuestro, es poco probable que podamos poner al aire un programa de televisión que no tuvo éxito.

Pero, y éste es de esos buenos «peros», sí nos podemos cambiar a nosotros mismos dentro de nosotros mismos. ¿Que no me gusta estar triste? Pues trabajo en eso y me lo quito. ¿Que quiero esforzarme más? Pues a hacerlo. ¿Que preferiríamos no quejarnos tanto? Nada más fácil que callarse.

El cambio interno, ese que nos alimenta para salir a batallar cada día, depende única y exclusivamente de nosotros. Eso es poder. Y no hay nadie que nos lo pueda quitar.

Rascar la roncha

Hace poco amanecí con 6 ronchas en la cadera izquierda. Me picaron hasta que me di cuenta que las tenía. Y me comencé a rascar como desesperada. ¡Eran 6! ¡Todas juntas! Sospecho de alguna pulga perdida por allí (entre los gatos de la calle, la grama del jardín y mis gatos, no sé quién fue el culpable.

Hay cosas que nos molestan hasta que nos damos cuenta que las tenemos. Así como me pasó con las ronchas. Así como me está pasando con cosas de mi carácter que nunca me habían incomodado. Partamos de que nadie es el mejor observador de sí mismo. Y que nadie cambia hasta que tienen necesidad de hacerlo. Hasta ahora, yo había navegado con algún éxito en mi vida interpersonal, sobre todo en los últimos años. No había tenido que cambiar nada para casarme con mi marido, a quien le caigo bien tal y como soy.

Cambiar por alguien, sólo por caerle bien o cumplir sus deseos, no sirve. Nunca. Pero, darse cuenta de algo que ya no funciona en la vida y corregir el rumbo, porque uno quiere, claro que sí funciona. Siempre. Causa una especie de dolor el hecho de no poder obtener los resultados deseados. Y es allí en donde la incomodidad nos sirve para mejorar.

Algo así como las ronchas, que me picaron hasta que las vi. Así como mi constante querer hacer lo que quiero, como lo quiero y cuando lo quiero, de forma cerrada y no se hable más. Ya me duele estar así estricta. Toca cambiar.

Cambiar juntos

Estamos a punto de cumplir 10 años de casados (tenemos más de 20 de conocernos, pero esa es otra historia) y me parece poco y mucho tiempo a la vez. Mis papás llegaron a cumplir 30 años, pero ni de chiste quisiera acercarme a una relación tan mala como tenían ellos. Y es que llegaron a no conocerse, porque les era imposible hablarse.

El cambio personal no sólo es inevitable, sino que es bueno. Lo que no se mueve, crece y se transforma, está muerto. Igual son nuestros gustos, intereses y conocimiento. Obvio no nos llama la atención hoy lo mismo que cuando teníamos 15 años (al menos eso espero).

Y en una relación ese no es el problema. Lo que jode el asunto es cuando, de un día al otro, uno despierta con un extraño por no haberse tomado el tiempo de hablarle. No vale sólo abrir la boca para pedir comida, saludar o alegar. Se necesita un genuino interés en conocer a la persona con la que uno pretende compartir su vida. El conocimiento alimenta la confianza, refuerza el respeto y aviva el cariño.

La vida es complicada, los horarios son apretados y el cansancio abunda. Me cuesta quedarme despierta después de la 10pm, pero, en 10 años, si pasan más de tres días sin tener una plática de por lo menos media hora con mi marido, me siento un poco perdida. Menos mal tengo el excelente ejemplo de mis papás y de cómo no quiero pasar mi 30 aniversario.