Pasé mucho tiempo tiñéndome el pelo de muchos colores. Alguna vez mi papá se acercó, agarró un mechón y preguntó al aire de qué color verdaderamente lo tendría. Ni yo sabía. Y, cuando digo “de muchos colores”, incluyo el rojo y el morado. Cada vez que me lo pinté, supe que le hacía daño, pero la satisfacción de verme como yo quería pesaba más que lo otro.
Siendo sinceros, así es con todo. Tomamos decisiones que sabemos no nos son satisfactorias del todo, porque las preferimos a la alternativa. A veces hasta no hacer nada y dejar que las circunstancias nos pasen encima es una forma de escoger. Porque, no estando bajo coacción, digamos que lo que uno tiene enfrente (y al que uno tiene al lado o no) es lo que uno quiso.
Hay pocas actitudes más valientes que aceptar la parte de responsabilidad en nuestra vida y admitir que es lo que uno pudo hacer. Definir como “sacrificio” lo dejado atrás es un poco engañoso. Porque, mientras más valor tenía lo que no escogimos, tanto más valor tiene con lo que nos quedamos.
Por supuesto que a veces nos damos cuenta que las cosas no eran lo que creíamos. Y está bien arrepentirse. También todo cambia y se vale reexaminar las prioridades.
Como yo, ahora que no me tiño ni un poco. El pelo está mucho más sano. Y allí vienen las canas.
