Anoche hice tres platos de comida distintos: la cena de Mario, mi cena y mi almuerzo. Todo porque ando de dieta con cosas específicas y tengo que comer lo que me obligan, digo, me recomiendan.
Uno mira una manada de elefantes y, si bien es cierto, ninguno es idéntico al otro, tampoco sobresale uno morado, digamos. Supongo que, en el desarrollo de una especie, da ventaja ser mejor, pero igual. Por algo a las ovejas negras las sacan del rebaño. No van.
Me ha pasado toda mi vida que no voy. Algo tengo cableado distinto, tal vez. Eso me ha producido muchos malos ratos, tanto en situaciones sociales como en mi estado emocional personal. Hasta que, ya a mis casi cuarenta y dos años, me estoy gozando ese no pertenecer a un grupo demasiado homogéneo y grande. Porque he encontrado otras personas que son distintas que se me parecen.
Tal vez la clave es ser uno. Como uno es. No tratar ni de encajar, ni de ser diferente. Estar muy afuera de la sociedad en la que uno decide vivir, es incómodo. Y allí está la clave: uno escoge la sociedad de la que se rodea, al menos la inmediata. Allí donde uno encaja sin mucho esfuerzo y con felicidad a adaptarse.
Espero volver a encarrilarme con la comida. Me gusta ser especial, pero no tanto.
