El sábado vi un papá con su hija pequeña y me dio ternura y agradecimiento. Agradezco haber pasado por allí con mis hijos, esa etapa de ser tan importante en sus vidas, de pastorearlos y guiarlos. Y agradezco que cada vez me necesiten menos.
Uno tiene que ser como un faro en la vida de los hijos. Útil en ocasiones peligrosas, constante, fijo. Pero no los acompaña uno en la travesía. Tienen que poder ir solos, alejarse, afrontar el mar y sus tormentas.
Tal vez el punto no es que uno se vuelva completamente irrelevante. Sólo no indispensable. Y por eso también estoy agradecida.
