Estamos a punto de cumplir 10 años de casados (tenemos más de 20 de conocernos, pero esa es otra historia) y me parece poco y mucho tiempo a la vez. Mis papás llegaron a cumplir 30 años, pero ni de chiste quisiera acercarme a una relación tan mala como tenían ellos. Y es que llegaron a no conocerse, porque les era imposible hablarse.
El cambio personal no sólo es inevitable, sino que es bueno. Lo que no se mueve, crece y se transforma, está muerto. Igual son nuestros gustos, intereses y conocimiento. Obvio no nos llama la atención hoy lo mismo que cuando teníamos 15 años (al menos eso espero).
Y en una relación ese no es el problema. Lo que jode el asunto es cuando, de un día al otro, uno despierta con un extraño por no haberse tomado el tiempo de hablarle. No vale sólo abrir la boca para pedir comida, saludar o alegar. Se necesita un genuino interés en conocer a la persona con la que uno pretende compartir su vida. El conocimiento alimenta la confianza, refuerza el respeto y aviva el cariño.
La vida es complicada, los horarios son apretados y el cansancio abunda. Me cuesta quedarme despierta después de la 10pm, pero, en 10 años, si pasan más de tres días sin tener una plática de por lo menos media hora con mi marido, me siento un poco perdida. Menos mal tengo el excelente ejemplo de mis papás y de cómo no quiero pasar mi 30 aniversario.
