Y no se rían, no es una queja banal. Es que, probablemente, no «me sé» y cuando estoy en uno de esos mis dilemas existenciales, no me gusta nada de lo que tengo en el clóset.
La ropa, que ya es mucho más que un simple recubrimiento para protegernos de los elementos, es una forma de expresión, de conexión, de disfraz. Ciertas profesiones juzgan al que las ejerce dependiendo de cómo se viste. ¡Díganmelo a mí que fui abogada de bancos tanto tiempo!
La edad, la bendita edad, también nos pone en un cuadro del ropero de donde es «apropiado» escoger. Pero también nos vestimos para sentirnos de cierta edad. Hace poco que salimos a parrandear (y no se terminó el mundo), pude ver a muchas de mis contemporáneos vestidos igual que como lo hacían 20 años atrás. Y cuántas veces no pensamos que a alguien lo avejenta la ropa.
Vestirse es un acto de situarse en un momento, una situación social, una actividad física, una emoción, un recuerdo… También presenta un pequeño conflicto cuando uno no sabe qué chingados ponerse. Que es lo que me está sucediendo con cada vez más frecuencia.
Y es que sé que, por mucho, ya no soy una jovencita. Pero también estoy completamente segura que no quiero vestirme como lo hacía mi mamá a su edad. Tampoco quiero su vida. Quiero la mía. Y entonces me da un poco de pena querer estar en mis fachas habituales, pero no mucha. O veo a alguien vestido y arreglado y peinado y maquillado y pienso que así me gustaría verme siempre, hasta que me recuerdo la hueva que me da y se me pasa.
Supongo que no saber qué ponerme es una mini versión de mi crisis de la mediana edad. Y, mientras la resuelvo, seguiré poniéndome jeans y t-shirts blancas con Keds.
