Hay cosas de las que uno se arrepiente al día siguiente y que tienen nulas consecuencias. Como cortarse o pintarse el pelo. Casi siempre me pasa que me cambio algo y salgo feliz, sólo para llorar al día siguiente.
Pero también están las decisiones que, si bien es cierto no son de las que alteran el rumbo de una vida, tienen peso y nos cambian de formas más sutiles, pero no menos permanentes. Y allí es donde hay mucho qué aprender cuando uno tiene que guiar a la gente a su cargo (en mi caso los niños). Dejarlos tomar sus decisiones y que afronten las consecuencias es como enseñarles a caminar. Se van a caer. Pero uno tiene que dejarlos, dentro de un ambiente relativamente controlado. El arte está en saber hasta dónde el control.
Me gusta pensar que no los manipulo para que escojan lo que yo quiero. Pero que también tienen un mínimo de criterio para decidir. Las rueditas de la bici tienen que sacarse en algún momento.
