Nos reímos demasiado

Ayer en el desayuno, comenté que, por lo menos desde Valiente, Disney y aledaños ha presentado las relaciones mamá/hija como conflictivas, algo qué resolver. Pareciera que no se puede retratar una familia en la que la madre y la hija simplemente se lleven bien. A lo que mi hija respondió: «Mama, es que antes en todas las películas, las mamás estaban muertas»…

Por supuesto que nos reímos demasiado. Porque tiene razón. La mayoría de cuentos comienza con que se muere la mamá y entra la espantosa madrastra a arruinarlo todo. Claro, poco se le reclama al padre que permite que traten mal a sus hijos, pero eso es para otro día. En realidad, yo creo que no es necesariamente el hecho que sean mamá/hija lo que dificulta una relación, sino que es cuestión del crecimiento normal y la búsqueda que tiene cualquier adolescente de encontrar su individualidad. Los hijos necesitan romper con uno y uno de papá (mamá) tiene que poder darles su espacio seguro para que lo hagan. Aferrarse a ellos es la mejor manera de perderlos.

Así que, sí, nos reímos de la respuesta. Y la he estado masticando porque, sin fallar, con la adolescencia de mis hijos, estoy sintiendo esas rajaduras de alejamiento que tienen que hacer. Duelen, pero nos caen bien a todos. Al menos prefiero eso y verlos a dejarlos con una madrastra malvada.

El guardián de la casa

Hace siete años, se cayó un gatito entre un tubo en mi casa. Pasó de sábado a lunes allí, atrapado, hasta que lo pudimos sacar. Lo llevé a revisar y milagrosamente estaba bien. Era pequeño, apenas tenía dientes y se pegó con nosotros de inmediato. Se le escuchaba venir antes de verlo de lo fuerte que ronroneaba.

Los seres humanos convivimos con animales de una forma peculiar. En la naturaleza hay relaciones simbióticas entre especies. O posesiones casi demoniacas como lo que hace cierto tipo de avispas con las hormigas. Pero nosotros a veces tenemos animales sin aparente utilidad alguna. Mis gatos no salen de la casa y jamás han cazado un ratón (sólo una me llevó una culebra viva que maté a zapatazos). Los integramos a la familia, los saludamos, se vuelven parte del ritmo de la casa. Nuestros hijos aprenden a ser responsables de otra vida y a conocer la muerte pronto. (Ya tenemos cementerio de mascotas en el jardín entre una gata y los hámsters.)

El gato rescatado es ahora el indudable espíritu guardián de la casa. Juega con JM, tiene su cama, se esconde cada vez que vienen trabajadores y, en general, es feliz. Espero que haberle dado una buena vida a un animalito que seguramente iba a morir, cuente como algo bueno en mi rueda.

Tomemos un café

Ya estoy grande, aunque no he llegado a la edad en que me tuviste. Habías vivido tres vidas ya. No puedo imaginar lo que te hizo la muerte de tu papá cuando tenías seis años. Tal vez ahora podríamos tomarnos un café y platicar de todo lo que me gusta preguntarle a la gente. Conocerte mejor. Tal vez ahora hay suficiente distancia de sentimientos encontrados, esos que se anudan. Con el tiempo, uno alarga la madeja y se desenreda sola.

Quisiera tomarme el tiempo de ir por partes de tu vida. De darte el espacio para soltar.

No imagino cómo sería eso. Hay muchos cabos sueltos y ya no nos dejaron más lazo para atarlos.

El día comienza a las 4

O antes. A veces antes. Porque esas horas son mías y puedo perderlas jugando a aprender francés si quiero. Nadie me habla. Me busca. Está bien que no haya sol. Las calles están en verde y yo me voy un rato.

Los humanos somos diurnos. Por mucho que haya personas que reniegan de las mañanas. Nada de nuestros sentidos está hecho para andar parando la cola de noche. Si fuera así, no necesitaríamos luz artificial. Tampoco habría historias de miedo. Lo que no podemos ver, nos asusta. Todo lo siniestro es oscuro. Si uno quiere descansar, las horas dormidas antes de la medianoche cuentan el doble. Y los malos hábitos de protocolos de sueño se pueden revertir.

Tal vez necesito cambiar mis hábitos para ser más sociable. Digamos que trasnochar no es lo mío. Pero sí tengo hasta la ropa lavada, súper (dos distintos), almuerzo, sol y niños listos antes de las 4pm. Hasta que vuelve a comenzar el día.

Demasiado esfuerzo

Todos tenemos la capacidad de cambiar y un impedimento para dejar de hacerlo. La transformación es inevitable. Pero está limitada por las cosas que no podemos mover. Estamos hechos de ladrillos genéticos, culturales, sociales, familiares, que son casi imposibles de derrumbar. Se puede tratar de hacer girar el edificio a un ángulo totalmente diferente. Pero a veces eso no es sostenible.

Harari dice que la persona más feliz es la que mejor conforme está con el marco de su vida. Yo creo que vamos tomando decisiones que nos llevan más adentro en cierta dirección y que regresar a un punto casi cero implica demasiada destrucción. Demasiado esfuerzo.

Claro que se puede. Sólo hay que medir si el precio vale la pena lo obtenido. Y a hacerle ganas a lo que decidamos. Se puede también ser feliz sin todo lo todo que uno quiere.

Una pausa

Quité la alarma de mañana. Es feriado. Tampoco escribo (tanto). Hay momentos pequeños de la vida en que uno puede hacer pausa, sin que sea para algo trascendente. Sólo por ser. Estar.

La vida es injusta

No. La verdad no. La vida (“Vida”, con mayúscula y contenido místico), no es nada. Es imparcial. Como el río que alimenta y destruye. Pasan cosas horrendas que no tienen nada qué ver con el mérito de las personas afectadas. Cualquier enfermedad de esas estrepitosas, accidentes, fenómenos naturales… de todo. Simplemente pasan.

La justicia y la equidad y la misericordia y todos esos valores que pareciera tenemos grabados en nuestro código existencial, sólo existen y sirven en la interacción con otras personas. Sólo puedo ser bondadoso hacia alguien. O ser cruel con alguien. Claro que podemos describir los conceptos en abstracto, para algo sirve nuestro hemisferio izquierdo del cerebro. Pero si se quedan allí, no son más que ideas.

Las personas son injustas. Y eso sí es objetable, sobre todo porque actitudes poco amables erosionan los cimientos de las relaciones personales, familiares, comunitarias, sociales, mundiales. Nuestra existencia como especie se funda sobre el consenso de lo que consideramos bueno o malo y de la falta del mismo han surgido todos los conflictos de nuestra historia. La vida es sólo lo que es. Nos toca a nosotros remediar sus carencias.

Una mente propia

Virginia Woolf quería un cuarto propio. Tan de su época y tan adelantada a ella. Sin mucho qué necesitar de verdad. Pero eso tampoco es cierto. Todos necesitamos un espacio que sea nuestro.

Los humanos somos sociables. El estar solo era morir en la prehistoria. Tanto así que registramos el rechazo como un dolor físico que tiene consecuencias graves para nuestra salud. Pero también sucede que sólo entendemos el mundo dentro de nosotros mismos. No hay nadie que nos ayude a interpretarlo. Así que somos solos y acompañados.

Necesitamos que nos agrupen. Y necesitamos una mente única. Todos nos quedamos jugando a cambiar de estado como niños que pasan saltando de un lado de la línea a otra, de la tierra al mar. Tal vez no sea un espacio físico, pero sí una forma especial de pensar. Como una mente propia.

Volver a conocerse

Cada vez que conozco gente nueva, la que me interesa por lo menos, les hago las preguntas que me parecen vitales: qué sabor de helado es su favorito, si han leído a Dumas, si les gusta Borges y si saben quién es Iñigo Montoya. Lo básico. Luego vienen las incidentales.

Estar con gente nueva permite presentar uno mismo el lado que mejor le quede. No es duplicidad, es oportunidad. Uno no es el mismo todo el tiempo ni con todo el mundo, simplemente porque así debe ser. Las mutaciones de la persona ante estímulos distintos es lo que nos permite navegar en una sociedad que también cambia. La facilidad de adaptarse es el sello de un ser verdaderamente exitoso.

Lo difícil es volver a conocer a la gente que uno ya cree conocer. La de todos los días. Se nos olvida que ellos también cambian. Damos por sentado su existencia como un cuadro que lleva mucho tiempo colgado en la pared. Nada más equivocado. No somos ornamentos estáticos. Somos caleidoscopios, siempre cambiantes. Tal vez sólo es necesario enfocar de nuevo para vernos otra vez.

Todas las cosas que no digo

Escucho con fascinación a las personas y luego escribo la historia. Es una forma de regalarles su vida con otra perspectiva. Me gusta.

Lo difícil es escoger qué no decir. Siempre hay que dejar algo fuera. No importa qué tan buena sea la frase. Si no ayuda a la narrativa, no sirve.

Igual la vida. No importa qué tan bonito se escuche algo, si no sirve, mejor no decirlo. Cualquier cosa. Sobre todo las más divertidas. Casi siempre hieren. ¿Qué vale más? La historia. Siempre la historia.