Dejar ir

Uf. Hoy regresa el Canche después de seis semanas fuera. No puedo decir que haya llorado todos los días, pero sí mi corazón está completo de pensar tenerlo al fin en casa. Esto de amar incondicionalmente a un par de personas que yo horneé y criarlos para que se vayan es de las tareas más complejas que nos da la vida.

Si continuáramos en una tribu compacta en la que todos nos movemos juntos, con papeles importantes para cada miembro, esa separación no sería evidente. Aunque se esperaría que fueran autosostenibles, que aportaran al bienestar de los demás, sacarlos del grupo sería un castigo, no lo normal. Ahora la expectativa es no tener que mantenerlos desde temprana edad.

Me gusta que mis hijos aprendan en mi casa lo que necesiten para irse de ella. Me hacen falta y quisiera que la relación permaneciera cercana. Y esto de dejarlos ir es doloroso y gratificante, como mucho de lo mejor de la vida.

Las cosas para lo que sirven

Es cuando queremos que las cosas cumplan una función diferente de su sentido original que usualmente las arruinamos. Como si no hubiéramos arruinado infinidad de juguetes pretendiendo usarlos mal. Todo tiene modo. Y propósito. Para cambiarlo, primero hay que cambiar la cosa en sí.

Una comida sirve para alimentar, compartir. No para adoctrinar, por ejemplo. Las palabras sirven para comunicarse, no para complicar el significado de lo que se dice. Y los deportes que uno mira sirven para entretenerse, no para hacer declaraciones políticas o ejemplificar virtudes. Qué gana de arruinar las cosas superficiales buscando significados más profundos.

Cuando al fin aprendemos a que las cosas se las toma como son, o se las deja, abrazamos la mejor de las filosofías de la vida, nos quitamos el peso de ponerle expectativas incumplibles a todo y, si no más felices, somos menos amargados. Por eso mi frase favorita es: es lo que hay.

Lugares sin tiempo

Hoy fui a comprar la tela de los uniformes de mis hijos. Teníamos desde antes de la pandemia de no hacer uniformes, por razones obvia y es una tarea que casi siempre dejo hasta el último momento posible, porque en esta casa un mes hace la diferencia de por lo menos un centímetro de altura.

Creo que también postergo ese mandado porque es en la misma tienda donde mi papá compraba sus telas. Hay lugares que están olvidados por el tiempo y permanecen iguales durante años. Éste es uno de ellos. Las mismas mesas de madera donde se cortan las telas, mismo olor, mismo método de pago/entrega anticuado. Casi podía sentir a mi papá conmigo.

Tener momentos tan concretos de nostalgia sirve. Aún no estoy completamente segura para qué, pero sirve, aunque sea para buscar en mis recuerdos, los mejores con mi papá. Hay suficientes. No puedo pedirle más a él que eso.

Un anticipo

Comer boquitas antes de comer siempre me frustra. Sobre todo porque lo primero es rico y lo segundo también, pero ya no hay suficiente estómago. No sé en qué momento creímos que era buena idea tener tantos platos distintos. Lo cierto es que una buena entrada anticipa lo demás y se queda uno con la expectativa.

En general, para aumentar la felicidad uno no debe hacerse expectativas, porque éstas rara vez se cumplen. Además, uno vive con un pie en algo que tal vez ni vaya a suceder, en vez de concentrarse en lo que está pasando. La anticipación es una fuente de sufrimiento.

Pero a mí debe gustarme un poco sufrir, porque me encanta hacer planes y llenarme de expectativas. He aprendido a que pueden ser una fuente adicional de placer, siempre y cuando no me decepcione si no se cumplen. Aunque no puedo hacer esa distinción cada vez, lo logro cada vez más y así me gozo las cosas por partida doble. Algo así como aprender a no atipujarme con las boquitas.

Mejor que la rutina

Mi mamá, quien en sus cosas personales era extremadamente desordenada, me rigió la vida con horarios y rutinas. para darme la oportunidad de tener una mejor forma de llevar mis cosas. Siempre supe a qué hora comíamos, en qué momento debía dormir, qué días tocaban ciertas clases. Hasta la fecha, el lunes quiero cocido, porque eso había en casa. Obvio para mí la rutina es un lugar seguro.

Pero también pasaba algunos días en casa de amigos que de rutina no tenían ni la más panda idea y nos pasábamos en el desorden más feliz del mundo. Hasta que mi corazoncito pedía a gritos saber qué estaba pasando y regresaba a casa, feliz también. Nada en extremos sirve, porque al final se juntan y todos los defectos se parecen entre sí.

Algo semejante me acaba de pasar con un viaje y hoy estoy disfrutando de saber que en lunes se lavan las sábanas y se hace ayuno. Porque, más que una rutina, lo mío mío es un descanso de tomar decisiones triviales. Puedo navegar sobre rieles durante algunos momentos, sin tener qué pensar en la dirección. Y, aunque eso no sirve para alcanzar las grandes metas, al menos me quitan un peso de encima. Bendita rutina y bendita madre que me la enseñó.

Solos y acompañados

Un libro se lee en silencio exterior. Las voces que nos llenan son todas dentro de nuestro cerebro y uno está habitado por todos los personajes. Pero uno está solo. Y terminando el libro lo quiere comentar. Es como si todos esos seres ficticios quisieran invadir a otros.

Hay un fenómeno tan marcado de los seres humanos entre su necesidad de aprender en silencio y luego reproducir la enseñanza a los demás. El crecimiento personal es una lucha solitaria. Pero si se queda allí no sirve de mucho. Hay que compartir lo alcanzado.

Tal vez es así que la humanidad crece, mejora, porque avanza gracias a los pasos dados por cada uno en silencio. Y así también se leen los libros y luego hacemos clubes de lectura para comentarlos.

Crónica avanzada (3)

Hoy es el último día en esta exploración de cosas maravillosas y, como siempre, el día de viaje es uno perdido, como si necesitáramos un portal que nos transporte, no entre lugares, sino entre nuestros distintos yos. Espero haber aprendido a estar más tranquila, porque vine con muchas cosas pendientes de la vida que me espera al regreso, de esas que siempre hay porque la rutina no se va de vacaciones nunca.

La experiencia fue todo lo que me imaginaba y ahora me quedan unos días de estar en soledad casi completa, el contraste entre tanta gente y el silencio. Ambas cosas me gustan, sobre todo si las puedo alternar.

Ojalá el lugar a donde voy sea tan apacible como lo necesito y, de nuevo, lo que más me hace ilusión es dormir.

Una crónica avanzada (2)

Ya llevo varios días sin perderme, porque ya me conozco esta ciudad casi de memoria. He estado en varias conferencias, una más interesante que la otra, en donde he escuchado a algunos autores que conozco y algunos que voy a conocer, hablar con mayor o menor gracia de cómo hacen lo que hacen.

Habitar una construcción temporal, hecha para durar pocos días, implica ponerle atención a cosas más transitorias que lo normal. Si uno tiene en cuenta que todo se acaba, pero que no sabemos cuándo, podríamos apreciar lo precioso de lo que nos rodea. Pero somos demasiado distraídos y tal vez por eso las cosas que tienen fecha de caducidad nos animan a considerarlas más valiosas.

Yo sé cuánto tiempo me queda en este lugar, que es mucho por todo lo que nunca había estado antes, pero es poco, porque se termina. Como todo. Espero que, entre tanto libro, comida, risas y encuentros, regrese con la gana de ponerle fecha de caducidad a todo, aunque sea día a día y que aprecie cada uno de ellos como si fuera el día de cierre.

Una crónica avanzada (1)

Voy a pasar una semana completamente fuera de mi normalidad y quiero documentarla por adelantado, como si fuera una pitonisa leyéndome mi propio futuro. Y, aunque estoy publicándolo mientras sucede, lo estoy escribiendo una semana antes. Así, tal vez me calmo el estrés de lo que no sé, porque ya yo pasé.

Hoy lunes, por ejemplo, ya llevo dos días entre libros y personas interesantes, jugando a ser la adulta que habla de literatura y se ríe y no tiene ninguna preocupación. Alguien que duerme de corrido por las noches porque no suena una alarma que se aferra al cuello. Sin gatos en la cama. (Qué interesante que me ilusione más dormir sin interrupciones que la feria en sí misma. Dice mucho de mi nivel de cansancio.)

Estar en una feria internacional del libro en un país que se lo toma en serio, es un parque de diversiones para gente como yo. Es el único lugar en el que me lamento verdaderamente de no ser millonaria. Los libros son esas sirenas en las que me encallo, sin lamentarme de quedarme allí. Estos eventos están llenos de personas que se pueden perder entre los laberintos de una ciudad pequeña, levantada entre libreras, en donde los personajes de los libros tienen más importancia que la gente que los lee. Es su función: ser el universo entre dos tapas, recreado tantas veces como escritores los imaginen.

Yo me paseo con absoluto abandono. Nadie me espera en ninguna parte y, en estos días, soy sólo de mí misma. Será interesante seguir así.