No hago listas

Tengo varios años de celebrar el Thanksgiving, porque la Navidad ya tenía demasiada carga nostálgica para mí. Además que ya hay muchos compromisos familiares a dónde ir en esa época y los amigos que generalmente están enconviviados, aún tienen tiempo. Es excusa para cocinar y me paso haciéndolo durante varios días. Es excusa para invitar a mi gente. Es excusa para arreglarnos y reírnos con los niños y tomar fotos y comer. Pero lo más importante, aún que la comida, es que damos las gracias por las cosas del año.

No importa qué haya sucedido (y vaya que he tenidos años terribles), siempre hay algo que se puede agradecer, aún más allá de lo evidente que es tener comida y techo y cariño. Ese poder poner en palabras las cosas que le hicieron a uno la vida soportable, hasta más que eso, me ha centrado. El agradecimiento, esa habilidad de encontrarle la semilla de dulzura hasta al fruto más amargo, nos eleva. Nos salva de agriarnos. Nos mantiene agradables. Yo quiero ser una vieja chilera, no una de esas pobres señoras a las que nadie quiere cerca porque sólo se quejan de todo.

Así que, yo no hago listas de las cosas que agradezco para decirlas en la cena, porque no me alcanzaría la noche entera. Tal vez lo que más aprecio es tener cosas qué agradecer, el hecho mismo de siempre poder ser feliz, aunque sea con esfuerzo.

Ni con máquina

Estoy dando mil vueltas y encima, fui a gastar mi tiempo en el salón, como si tuviera horas extra en el reloj. Parece que es mi destino, esto de sentirme siempre empujada hacia delante por cosas que tengo qué hacer. Tal vez por eso también le dejo de poner atención a lo que ya pasó.

Nos llenamos de ocupaciones, como si la vida fuera hacer cosas y rara vez tenemos la dicha de apreciarla. La muerte de seres queridos puede darnos una pausa, pero lamentablemente, es una lección que no aprendemos siempre.

Me tronó la mandíbula comiendo hoy, lo cual me indica que he estado rechinando los dientes del estrés. Y la pregunta principal es ¿se va a morir alguien si yo llego un poco más tarde de lo usual a hacer el almuerzo o si pasan un par de días más sin planchar las camisas? La respuesta es obvia. Ahora sólo me la tengo qué creer, porque así como voy, el tiempo que tengo no me alcanza ni que tuviera una máquina de hacerlo.

Gustos heredados

En esta época del año, saco el famoso libro de recetas de mi mamá, escrito de su mano, bordada la tapa. Tiene páginas manchadas, como debe tenerlas todo libro de recetas que se respeta, porque quiere decir que lo han usado, varias veces. Allí está cómo hacer la magdalena que pedía mi papá casi a diario y que fue mi pastel de cumpleaños todo el tiempo que mi mamá me los hizo (siempre quise uno de chocolate, pero eso es para otra historia). También hay comida que no recuerdo y, pecado de pecados, no está cómo hacer las empanadas de ciruela.

Yo uso pocos libros para cocinar, ahora todo lo saco del internet. Pero mis hijos me están pidiendo que apunte cómo cocino lo que les gusta. Tal vez ya son más notorias las canas y las arrugas y les da miedo que me entierren con mis recetas. Seguro les he pasado un gusto especial por comer cosas hechas con cariño, aunque sea un huevo con sal.

La forma más tangible que tengo de seguir conectada a mi mamá es cocinando lo que ella me hacía, que me haga recordarla, pero sobre todo, que le guste a sus nietos. Las galletas de almendra, el mazapán, el Stolen (que todavía sólo a mí me gusta)… El soufflé de camote con marshmallows que pide la niña todos los años. Y que mi casa huela a comida. Me recuerda todo a ella.

A la víspera

Los días antes de EL día transcurren en paralelo al tiempo normal. Estamos a la expectativa de lo que viene, como si lo que está pasando no importara. No se puede evitar, sobre todo en ocasiones demasiado importantes.

El fenómeno de la observación del tiempo nos compete únicamente a los humanos. Un animal no sabe que mañana es lunes, por ejemplo, o que en cierta fecha es el cumpleaños de su hijo o que en tres semanas va a entrar a la universidad. Todo eso es artificial, hecho por nosotros, para marcar la vida a través de anotaciones en un calendario.

Pero… (siempre yo y los peros, que no me gustan, pero) las marcas en el camino sirven de posiciones de memoria. De recuerdos a dónde volver. Y, aún así, no son lo más importante. Lo importante es ahora. Y después, pero en el momento. Las vísperas, por muy largas que sean , son igual de portentosas que lo que se espera. Porque la vida es ahora y eso es lo que realmente cuenta.

La sorpresa y la constancia

Todo lo nuevo tiene un elemento de sorpresa, por eso es nuevo y llama la atención. Pero el problema viene cuando lo único bueno que tiene la experiencia es que es nueva. Nada se vuelve viejo tan rápido como lo nuevo.

Cuando uno tiene una relación, se enamora de lo que no conoce, pero sólo perdura cuando lo familiar es más atractivo que lo nuevo. Es la diferencia entre un show de comedia y un concierto. Los chistes repetidos no llenan álbum. En cambio la música que uno quiere, la puede escuchar en repetición infinita.

Luego de mucho tiempo, uno tiende a olvidar que lo nuevo cansa más rápido que lo familiar. Y que aún en la relación más antigua, además siempre hay cosas nuevas. Porque todos cambiamos todo el tiempo. Vale la pena fijarse.

Yo tenía una idea

A veces creo que tengo una idea genial y pienso que la voy a escribir más tarde. Y llega más tarde, como ahorita, y la idea se fue saltando a otro lugar, lejos de donde estoy. Sucede a menudo, como si el hemisferio derecho tirara pelotas que le toca recoger al izquierdo y ponerlas en orden. Las que no se anotan, se van.

Tenemos dos formas distintas y complementarias de experimentar e interpretar el mundo. Cada hemisferio nos presenta una vida que, cuando las unimos, nos integra y hace que tengamos una visión mucho más interesante. El problema es que uno no habla y el otro no imagina. Entonces el momento mágico en el que uno manda la idea y el otro la interpreta en lenguaje, es fugaz. Porque pronto pasamos a lo siguiente y lo siguiente.

Cuando uno escribe o hace cualquier otra ocupación creativa, tiene que estar ocupado en eso siempre, porque está preparado para el momento en que se alinean los planetas. Creer que podemos decirle a la inspiración que se espere, es creer que puede detener el agua entre los dedos. La única bondad del proceso es que, si uno es paciente y amable con el hemisferio derecho, le da la oportunidad de regresar a la idea. Lo malo es que, gracias a eso, a veces me despierto a medianoche teniendo que levantarme a escribir.

Las vacaciones se llevan dentro

Nada nuevo en estos tiempos modernos: si uno quiere seguir conectado, sigue conectado, no importa qué tan linda esté la mar, Margarita. Pero no es culpa de la tecnología, es culpa nuestra. Hay una errada pretensión del ser humano que cree que el mundo no funciona sin su presencia. Como si la muerte no nos diera a todos vacaciones permanentes.

Siguiendo (de nuevo) el mejor consejo de mi ex jefe, recuerdo siempre que nadie es indispensable, por mucho que seamos irremplazables. Distinción importante. Porque si bien es cierto que “nadie te va a amar como yo”, también es cierto que no seré ni la primera ni la última que lo haga, si se dan las circunstancias. Irse, dejar las cosas un rato, regresar a encontrarlas cambiadas y seguir, es lo que debemos hacer siempre.

Las vacaciones las llevamos adentro, pero tienen más qué ver con admitir que el universo general sigue girando sin nosotros. Y, aunque eso nos da una idea de nuestra insignificancia en el gran plan de las cosas, también nos da libertad. Para ser nosotros, para amar sin presión, para alejarnos para darnos espacio y para dejar un poco en paz a los demás.

Una cuestión de líneas

En la naturaleza no existen las líneas rectas. Éstas sólo son evidencia del paso del ser humano. Como si necesitáramos separar las cosas, dejar una franja tajante de límites. Además que las líneas las usamos también para dejar adentro todo lo que queremos. Y no nos damos cuenta siempre de en dónde están, por mucho que las pongamos nosotros mismos.

Por supuesto que son aún más tajantes las que tenemos en la mente. Primero porque no las podemos ver ni sentir. Pero, sobre todo, porque no siempre son declaradas, aunque permeen todo lo que hacemos, hasta las palabras que usamos. Tendemos a pensar que somos ilimitados y, hasta cierto punto, eso es cierto. El cerebro es plástico y, salvo enfermedades, es capaz de cambiar constantemente. Pero… hay que hacer un esfuerzo para eso. Estar sujeto a la vergüenza de la ignorancia. Estar dispuesto a admitir que uno no sabe. A cuestionar todo lo que uno conoce. Y a admitir que uno se ha puesto líneas.

No siempre es necesario borrarlas, conste. La edad también entrega el derecho de tener algún tipo de sosiego. Pero deberíamos poder movernos si donde estamos nos lastima. Tal vez para eso hay que conservar un poco del hambre y descontento que tenemos de jóvenes, cuando queremos cambiar el mundo. Es suficiente cambiarse uno mismo.

De tantas personalidades…

Hay un fenómeno marcado y es que no somos la misma persona todo el tiempo. Ni siquiera usamos el mismo tono de voz con todos. Si no, díganme si le hablan al vecino como a su mascota. Y no es falta de personalidad propia o ser poco confiable. Es simplemente que el “yo” no es estático y se adapta a sus circunstancias.

He leído que tenemos hasta distintas personalidades y que, en el mejor de los casos, las integramos en una unidad. El problema viene cuando hay un conflicto de intereses entre las partes que nos habitan y no tenemos forma de reconciliarnos. No puede uno estar peleado con uno mismo, simplemente no hay nada qué ganar.

Me da esperanza saber que no soy siempre la misma porque indica que puedo cambiar, tratar de ser mejor. Y que tengo varias opciones para decir qué quiero ser.

El uniforme

Cuando era niña, mi mamá me hacía la ropa. Aún de grande me hizo blusas y faldas. Definitivamente nunca fui a la vanguardia de la moda… Aún ahora no tengo idea qué es lo que se pone la gente que sabe de “fashion”. No es ni bueno ni malo, sólo me sorprende la necesidad de descartar la ropa que a uno más le gusta y mejor le queda por algo nuevo, sólo porque lo es.

La ropa, como tantos otros marcadores externos, es algo que nos identifica con un grupo al que creemos pertenecer. Es la primera tarjeta de presentación ante gente que no nos conoce. En la época feudal, se podía saber hasta qué profesión tenía alguien por el tipo de sombrero que usaba. Y, aunque eso ya no es tan radical, no dejamos de ponernos una especie de uniforme de la tribu que nos identifica. Y está bien. Pertenecer a un grupo es parte vital de nuestra supervivencia emocional. Somos seres sociales y eso a veces implica seguir ciertas normas no escritas.

Supongo que yo también uso algún tipo de uniforme, si no es más que porque casi no compro ropa nueva y me pongo siempre lo mismo. Y está bien también.