Es cuando queremos que las cosas cumplan una función diferente de su sentido original que usualmente las arruinamos. Como si no hubiéramos arruinado infinidad de juguetes pretendiendo usarlos mal. Todo tiene modo. Y propósito. Para cambiarlo, primero hay que cambiar la cosa en sí.
Una comida sirve para alimentar, compartir. No para adoctrinar, por ejemplo. Las palabras sirven para comunicarse, no para complicar el significado de lo que se dice. Y los deportes que uno mira sirven para entretenerse, no para hacer declaraciones políticas o ejemplificar virtudes. Qué gana de arruinar las cosas superficiales buscando significados más profundos.
Cuando al fin aprendemos a que las cosas se las toma como son, o se las deja, abrazamos la mejor de las filosofías de la vida, nos quitamos el peso de ponerle expectativas incumplibles a todo y, si no más felices, somos menos amargados. Por eso mi frase favorita es: es lo que hay.
