Entender es querer

Tengo dos adolescentes en casa. Y es como vivir con extraterrestres que hablan mi idioma, pero que no lo entienden. Las ideas les rebotan en esas cabecitas hasta que se deshacen y las vuelven a armar. Es una etapa de creación constante para la cual los adultos necesitamos un manual, un diccionario, un intérprete, un exorcista, algo. O, en su defecto, es bueno averiguar qué sucede en esos cerebros.

El libro The Teenage Brain es la respuesta de una neurocientífica a su propia pregunta acerca de los cambios de su hijo al entrar a la adolescencia. Ilumina y consuela a la vez saber que muchas de las reacciones que tienen no son por cosas externas, sino por los cambios neuronales que están sufriendo. O sea, no es personal.

Entender, por lo menos a mí, me ayuda a quitarle mucho del peso emocional y me permite quererlos. A pesar de la corrección que tengo que seguir haciendo, porque la comprensión no quita la necesidad de educar. Sólo me baja a mí el ensatanamiento. Y así podemos seguirnos queriendo.

La motivación correcta

Al perro le tiene sin cuidado la comida. Es más, hace berrinche y deja de comer. Cosa que en mi vida había visto. Los perros de la casa de mis papás eran unos chuchos. Pero éste es temperamental. O tal vez hace ayuno intermitente igual que yo. Tengo que encontrar algo más con qué motivarlo.

Cuando uno encuentra esa cosa esencial que lo levanta de la silla, literal o metafóricamente, hay que aferrarse a ella. Porque es una balsa de salvamento en qué navegar aguas turbias. Sentada a la mesa, con comida disponible, me pesa más qué me va a mantener con salud que qué me gustaría comer. Afortunadamente me gusta lo que me hace bien, pero una pizza se me antoja todos los días y cualquiera imagina el resultado de dejarme llevar. Es tan fácil como no pensarlo demasiado y hacerle caso a esa vocecita interior que lo impulsa a uno a hacer lo correcto, no sólo porque lo sea, sino por las posibles consecuencias. El dolor es siempre mejor motivador que el placer.

Uno puede auto-entrenarse, al igual que estoy tratando de hacer con el perro. Cuestión de paciencia y constancia y encontrar el motivador correcto. A éste la comida le tiene sin cuidado, pero le fascinan los premios con sabor a tocino. Por allí va la cosa.

1000 de casi cualquier cosa es mucho

En el 2021 hice 1000 garzas de origami. Compré un kit con los cuadrados de papel de distintos colores, me armé de paciencia, vi varios tutoriales, doblé mal tal vez 100 y saqué el resto. Para cualquiera que necesite un ejercicio meditativo, se lo recomiendo altamente, al margen del significado que pueda tener hacerlo.

El uso repetido de ciertas neuronas, y las conexiones que reforzamos, nos llevan a hacer cosas en automático. Incluye tareas manuales, movimientos en deportes, posturas corporales. Pero también pensamientos e ideas a las que regresamos sin darnos cuenta porque el camino hacia ellas ya está demasiado marcado. Allí es donde uno debería aplicar la “mente de principiante” frecuentemente, porque sólo así encontramos cómo seguir aprendiendo.

Este año, mi hija me pidió que le hiciera otras mil garzas y yo ya había olvidado por completo por dónde comenzar. Un tutorial y un pajarito maldoblado después, y mis dedos recordaron el camino. Después del aprendizaje, viene la práctica, porque lo que no se usa, se pudre.

Los libros que ya no leo

Cuando era pequeña, no tenía acceso a libros nuevos con la rapidez con la que los terminaba. Entonces me quedaba con la opción de volver a leerlos. Una y otra vez. Los Tres Mosqueteros y sus continuaciones me acompañaron demasiadas veces y la colección de Anne of Green Gables sigue siendo favorita. Pero hay otros libros que, aunque los leí más de una vez, ya no me llaman la atención.

Cuando algo es relevante, ya sea por el fondo o por la forma, tendemos a fascinarnos. Pensamos tal vez que siempre va a ser igual de importante en nuestras vidas. Muchas personas se aferran a épocas en donde quedaron marcados, para bien o para mal. Por eso están los que sienten que el colegio fue lo mejor que pasaron. Cuando, en realidad, eso que recuerdan probablemente ni siquiera sucedió así. Pero uno no se da cuenta. No es tan fácil como agarrar un libro y ver que uno ha cambiado lo suficiente como para no leerlo igual.

Estoy segura que en algún momento voy a regresar a Dumas. Así como lo hago con Borges y King y tantos otros compañeros de vida. Pero también me gusta pensar que cada vez me encuentran distinta y que, si ya no somos compatibles, no se ofenderán.

No nadé

Había demasiado frío el sábado. Demasiado. Y yo necesitaba descansar. Y me arrepiento, porque no hice ejercicio ayer. Pero no mucho. Porque tampoco he estado sin moverme a fin de año. Supongo que está bien no ser tan masacre de vez en cuando.

Nuestros antepasados (han descubierto los antropólogos), disfrutaban de más tiempo libre después de actividades físicas extenuantes. Tal vez por eso nosotros tenemos impulsos de mucha energía y necesidad de mucho descanso. Además, mientras más años tiene uno, el cuerpo no responde igual y hay que hacer el doble de trabajo para conservarlo.

Me gusta mucho nadar. Muchísimo. Pero no cuando la piscina está congelada, no me importa lo bueno que sea eso para mí. Puedo retomarlo la siguiente semana.

La forma y el fondo

He escuchado tantas veces que el modo para decir las cosas influye en cómo son recibidas, que casi me lo creo. Aunque si me pongo a pensar de todas las veces que les he dicho a mis hijos que no me hablen “así”, estoy segura que en algo influye. En el diseño, sin embargo, es un axioma lo de “la forma sigue al fondo”. Y en ética, jamás el fin justifica los medios.

La verdad es que las tres cosas son válidas, pero cada una en su ámbito. En las interacciones personales, el tono, los gestos, la actitud, llenan los espacios de claves no verbales que sí hacen una diferencia. Diciendo lo mismo, el modo marca cómo se recibe el mensaje. Lo que hace tan divertido que uno lea los textos con inflexión, porque el tono se los pone uno exclusivamente.

Yo sí creo que las cosas son mejor en directo, con el menor drama posible y con la mayor amabilidad. No hay razón para no ser cordial, aún cuando se están dando órdenes. Hasta que ya no es posible serlo. Un poco como Roadhouse (“be nice, until I tell you not to be nice”).

No soltar

Se escucha tanto la frase “soltar para ser feliz” que se le olvida a uno que es mejor no aferrarse desde un principio. Es igual que los hábitos e ideas que se sientan en el teatro de nuestras mentes: es más fácil sentar uno bueno en un asiento vacío, que sacar al malo y luego pretender sentar a otro. Los desalojos no siempre son exitosos y requieren por lo menos el doble de esfuerzo.

El problema con agarrar algo con mucha fuerza es que uno corre el riesgo de estrangularlo. Y algunas cosas importantes son igual de frágiles que pollitos de feria. Exactamente igual que esos animalitos, es más probable que crezcan bien si uno sólo los cuida con espacio para que prosperen en libertad.

También es más fácil ser uno mismo feliz acarreando menos cosas en la vida, dejando que lo bueno y lo malo sean transitorios, así no lamentamos que se acabe lo primero ni sufrimos porque termine lo segundo. Además, teniendo en cuenta que la vida siempre cambia, siempre, tratar de sujetar cualquier cosa tiene asegurado el fracaso. Así que, en vez de cantar “déjalo ir”, mejor respirar y no agarrar.

Conocer los procesos

Hay que saber hacer una receta bien. Seguirla hasta el último paso. Entenderla. Y hasta después decidir cambiarla. Los fundamentos de las cosas son las letras de la vida. Uno puede escribir cualquier idea, mientras las palabras sean inteligibles. De allí por qué se pueden hacer libros de cosas que no existen.

Los procesos, los rituales, las rutinas, les han ofrecido a los seres humanos la manera de dibujar los planos de la civilización. En uno de los libros de Harari, él elucubra incluso que la agricultura surge de la necesidad de alimentar a trabajadores en la construcción de centros religiosos. Primero el ritual.

El problema, como siempre, viene cuando nos comemos la imaginación en nuestro afán de replicar las recetas al pie de la letra. Quedarnos estáticos demuestra que no conocemos bien los fundamentos, porque no son un límite. Más bien son ladrillos inacabables con los que podemos seguir agregando pisos. No importa si el edificio se rompe eventualmente, si sabemos construir, hacemos otro. Y si sale fea la comida, probamos de nuevo.

Saber y hacer no son lo mismo

Las emociones son unas gotas de mercurio que se escabullen entre las manos. Una buena forma de medir nuestro estado de salud. Y muy tóxicas, letales, si no sabemos manejarlas. Se puede pasar uno la vida entera tratando de no dejarse llevar por ellas.

Los seres humanos, lo que nos distingue entre otras cosas, es la capacidad de tener un espacio de tiempo entre lo que sentimos y lo que hacemos. Ese tiempo de reflexión nos permite tomar decisiones que respeten nuestras emociones, sin causar daños irreparables. Ayuda mucho estar consciente de qué es el viento que lo empuja a uno y hacia qué lado verdaderamente queremos apuntar el barco para que no naufrague y nos lleve hasta el fondo. Pero saber no es lo mismo que hacer y allí es donde vale la pena ejercitar la voluntad.

Me cuesta mucho no envenenarme con mi propio mercurio y trabajo a diario en ello. La empatía ayuda, la meditación también. En este año que comienza, quisiera que todos pudiéramos agrandar el espacio de reacción. Sería un buen paso hacia una mejor convivencia.

Días que se esconden

Volví a poner mis alarmas, aunque no tenga que salir de casa. Tal vez me dan una medida de seguridad en estos días que parecen desordenados, escondidos entre otros que se les parecen, pero que no son iguales. Esa semana antes de un año nuevo es una antesala, a algo que no sabemos cómo va a ser. Entonces dejamos que el tiempo de evapore, comemos de más, dormimos menos, tal vez para alargar la espera.

Cuando tenemos rutinas que nos llevan de un día al otro, su interrupción puede ser un descanso, o darnos ansiedad. Sería ideal que siempre fuera lo primero, pero este año casi cada intermedio en mi vida no ha sido bueno. Así que ahora que no hay karate, ni colegio, ni radio, que regreso a la cama después de hacer pesas y jugar con el perro, sé que podría haber hecho algo más positivo con esas horas y, heme aquí.

Supongo que no pasa nada de no hacer mucho durante una semana. Además, los días sí transcurren y se aproximan los ocupados con bastante más velocidad de lo que siento. Así que me quedan tres o cuatro mañanas más para buscar mi vida entre el frío y el café.