Quemar puentes

Siempre le dicen a uno que no se deben quemar puentes, porque no se sabe cuándo se va a querer regresar. Como todas las posiciones a medias, me molesta, aún y cuando le miro la utilidad.

Hay cosas en la vida que definitivamente hay que saber dejar atrás y no voltear a ver. Relaciones que sólo nos trajeron dolor, o que simplemente ya no van a ninguna parte. Hábitos que nos enferman y matan. Recuerdos que nos ahogan. Todo eso vale la pena jamás volverlo a visitar.

Sin embargo, creo que la expresión se refiere, no tanto a repetir algo pasado, como a la forma de alejarse de él. Poder reconocer personas, cosas, situaciones por las que uno pasó y hacerlo sin vergüenza, eso creo que es lo valioso de no arrasar todo a nuestro paso. No es el chiste dejar cadáveres en el camino con la excusa de que de todos modos no vamos a volver a pasar por allí.

Quisiera pensar que la gente que me ha conocido, aún que no quiera «estar» conmigo, por lo menos se recuerden con cariño de los momentos que pasamos juntos. Que mi exjefe aún quiera trabajar conmigo es un excelente ejemplo.

Confieso que sí he dinamitado puentes, caminos, senderos, de todo para terminar algunas relaciones. Aunque no es de mis momentos más maduros, ya lo hecho, hecho está. Espero no volver a toparme a los involucrados.

Tener miedo

Hace poco hicimos un viaje de aventuras con mis amigas. Nos tiramos de canopy entre las nubes, cosa que a una de ellas la petrifica del terror. Nos quedamos completamente solas a pasar la noche para poder despertar al amanecer en la montaña. Se nos quedó atascado el carro a media subida de un camino desgraciado y nos tuvieron que halar con una pita mal puesta. Éramos tres mujeres viajando solas por Guatemala, lo cual de por sí lamentablemente ya presenta un riesgo enorme.

El miedo es un buen indicador de las cosas que nos importan más. Nos sentimos incómodos de sacar a bailar a la persona que nos gusta, porque no queremos que nos diga que no y terminamos sacando a quien nos da lo mismo. Dejamos de estudiar la carrera que nos reta, porque no sabemos si seremos capaces de terminarla. No nos metemos a practicar el deporte que nos llama la atención, porque quién sabe si tendremos el talento para ello.

¿Es esa la forma de llevar la vida? El temor a pasar vergüenzas ha paralizado más descubrimientos geniales que los fracasos mismos. La inseguridad que nos hace vacilar es el mejor faro para iluminar en dónde debemos caminar, aventurarnos, dejarnos ir.

La vida termina para todos en el mismo lugar, pero no de la misma forma y yo no quiero llegar intacta al final. Quiero entregar un corazón roto por tanto haber sentido, un cuerpo lleno de cicatrices por haber hecho tantas cosas, una cara arrugada por haber reído y, sobre todo, unos brazos gastados de tantos abrazos repartidos entre la gente a la que más quiero. ¡Ya quiero hacer más viajes así!

No conocer los límites

Algo me enfermó de la panza. Ni idea qué pueda haber sido. Comimos sólo en casa todo el fin de semana, yo preparé todo, no comí en exceso… Y, aún así, hoy mi cuerpo ha protestado todo el día. Dolores, retortijones, molestias… Me sonó el despertador a la hora acostumbrada y pasé buenos cinco segundos pensando si me levantaba o no. Cinco segundos. Por supuesto salí de la cama, me puse el karategui y me fui al dojo.

Superar obstáculos físicos nos fortalece en todos los aspectos. Nos da seguridad en nosotros mismos, nos ayuda a pasar mejor las pruebas sentimentales, hasta nos hace que trabaje mejor el cerebro. Nuestro cuerpo es parte de lo que somos y hay una traición especialmente cruel cuando no quiere hacer lo que le pedimos. Obviamente no se pueden ignorar cosas graves como rompimiento de ligamentos y todas esas cosas que arruinan la funcionalidad esencial de la máquina. Pero siempre se puede trabajar alrededor de los obstáculos.

Saber que no hay fiebre, ni intoxicación, ni huesos rotos, ni frío, ni hueva que nos boten permanentemente, nos amplía los límites de lo que creíamos posible. Y terminamos encontrando el cómo hacer lo que queremos, no el por qué no.

Terminé la clase, regresé a desayunar, corrí 2 millas, ocupé mi tiempo en todas esas charadas que me tocan hacer y, después de almuerzo, me puse a hacer meditación… se supone que es de veinte minutos. Me desperté dos horas después. Aparentemente, mi mente inconsciente puso límites que no hubiera aceptado despierta. También eso pasa a veces.

La vida en pedazos

Tengo muchas actividades durante la semana: choferear, karate, choferear, niños, choferear, escribir… choferear. Cada una de esas cosas requiere algo diferente de mí. Como si me tuviera que convertir en una persona distinta.

Hemos escuchado que los hombres son más propensos a compartamentalizar sus vidas. Que pueden pasar de una actividad a otra y despojarse por completo de lo que traían. Últimamente han descubierto que esta habilidad no es esencialmente masculina. Es más, al parecer es una habilidad que toda persona debería tener para no acarrear los problemas de un área a otra de la vida.

Recuerdo que cuando murieron mis papás, mi jefe me (regañó) instó para que mi trabajo no sufriera por la tristeza que tenía. Aún ahora trato que las molestias del día no se filtren a otras actividades. Tal vez por eso es que me cae tan bien el momento de reflexión antes de comenzar las clases de karate: me ayuda a situarme en el momento.

Poder cambiarse uno el chip de lo que uno hace, conservando la esencia de lo que uno es, pareciera ser una de las metas de la vida. Para eso se necesita flexibilidad en lo externo y firmeza en el interior.

Y estar dispuesto a probar y probar. Porque a mí si me amarga la vida tanta chofereada.

Y de fondo…

La música siempre me ha acompañado. Desde mi papá poniéndome audífonos muy pequeña para escuchar su colección de clásicos (Mozart, Bach, poco Beethoven, Shubert…), mi mamá cantando algo o yo con mi propio tocadiscos, dándole y dándole a mis canciones favoritas.

Entre todas las formas de comunicación que tenemos, tal vez la música sea de las más completas y complejas. Le dedicamos canciones al amor platónico que nos vuelve locos, sólo para detestarlas después porque precisamente nos recuerdan al sujeto de nuestros pesares. O quemamos una rola que nos fascinaba hasta poderla vomitar, como niños empachándose con dulces.

Asociamos pedazos de nuestras vidas con música especial. Hay melodías que nos ponen en un estado de ánimo particular. Buscamos cosas melancólicas para tristear a gusto.

Conmigo, la música es el camino más corto y seguro hacia mis emociones. Yo no lloro con películas tristes, pero sí se me ha salido más de alguna lágrima al escuchar una canción emotiva. Despierto con ganas de mover el esqueleto y pongo música estridente para preparar el desayuno. Incontable la cantidad de veces que me han sorprendido a media brincoteadera y casi boto lo que llevo en la mano.

Escribo también con algo de fondo. Y mis palabras reflejan el ritmo que escucho, como esa semana que me dio por sólo poner Led Zeppelin y todos los posts salieron un poco violentos.

De alguna forma, sí hay magia en el mundo. Se llama música y nos sirve para llevarnos al estado mental que querramos. Sólo tenemos qué escoger.

La vida en espera

Yo creo que paso la mayor parte de mi tiempo esperando que pase algo: que lllegue el bus de los niños, que sea hora de irlos a recoger al curso, que los pasen en el doctor… son momentos transitorios entre una actividad a otra. Termina una sentada, con el teléfono en la mano y poca movilidad.

Cuando se es niño, esperar es una tortura. Queremos estar en constante movimiento. Más si nos acostumbraron a que nos tienen que entretener. Momentos de no hacer nada, nos molestan como varas de bambú bajo las uñas.

Lo cierto es que siempre estamos esperando que suceda algo. Y a ese algo se sucede algo más. Porque la vida no tiene una sola meta más que la muerte. Todo lo demás es un constante cambio de estado.

Habría que aprender a disfrutar el simplemente estar cuando hay que esperar. Ahora me acompañan mis palabras y el momento que me escapo de mi entorno para escribir. Pero también he aprendido a disfrutar de la espera en sí. Se puede sentir la vida alrededor de uno. Fijarse en la demás gente. Hasta escucharse uno mismo y sus pensamientos.

Por eso, aunque diga que estoy dejando lo que me queda de juventud en el tráfico, puedo aprovechar a dejar que mi mente cocine las ideas que luego saco. Para eso también sirven los consultorios.

Sellos

Últimamente he estado poniendo de foto de perfil la impresión del sello que me compré. Era un puesto en un mercado de artesanías que me llamó poderosamente la atención por la mesa llena de las figuras de barro. Resultaron ser sellos con símbolos. Desde pequeña me han fascinado los sellos y cualquier otra cosa de escritorio que exista. Gusto heredado y exacerbado.

Como seres humanos sublimamos muchos aspectos mundanos, tanto de nuestro carácter, como de nuestras actividades y de las cosas que nos rodean. Puede ser una búsqueda de trascendencia. O establecer la importancia que tenemos en el hoy. O un atajo para entendernos a nosotros mismos. Por eso nuestra existencia misma está rodeada de símbolos y rituales y enigmas y representaciones.

Las mismas palabras que utilizamos son receptáculos que llenamos de emociones y recuerdos, compartiendo algunas con las personas más cercanas a nosotros. Sirviendo como brechas de falta de entendimiento con otras.

Los símbolos ayudan a conferir, en un cortísimo espacio, un océano de significado que nos sería muy trabajoso hacer cada vez. Señales de tránsito, luces en semáforos, rótulos en paredes… Emoticones, stickers, hashtags… Poesía, cuadros, fotos… Escudos de armas, banderas, himnos…

En estos tiempos de abundancia de facilidad de comunicación, en el que nuestra peor tragedia es no poder escribir en más de 140 caracteres, hemos perdido el imperativo de darnos a entender por medio de representaciones. Pero sigue siendo algo casi místico que nos puede transportar a un estado diferente con muy poco esfuerzo.

Así como mi sello. Que significa «muerte», y que, en la cultura Náhuatl, es el símbolo de reflexión previa a la creatividad. Perfecto para lo que me gusta hacer ahora.

Encontrar pertenencia

Hay ciertos grupos en la vida a los que uno llega sin haberlos escogido: la familia, el colegio/universidad, el trabajo. Allí hace uno gala de su empatía (los que la tienen) y de su sociabilidad (ídem) y se acopla, o no, a lo que le haya tocado a uno. Mi nivel de éxito en esas circunstancias es escaso.

Pero hay otros grupos que se unen por pura afinidad de intereses: música, literatura, deporte. Y eso hace que ya haya algo en qué resonar. Es encontrar un sentido de pertenencia que hace una verdadera comunidad. Es lindo saber que hay una forma de sociedad a la que uno puede recurrir como apoyo.

Me pasa con mis amigas, con las que hemos hecho tal conexión que podríamos vivir juntas. Con el grupo del karate, con el que compartimos una energía especial. Con la familia que he hecho para mí.

Necesitamos conectar con la gente a nuestro alrededor, no en igual grado de profundidad, por supuesto. Los seres humanos necesitamos compartirnos, porque nuestros talentos sirven mejor cuando se ponen al servicio de los demás. Y, también, es rico saber que uno es parte de algo más grande, con más trascendencia que la de uno solito.

Y una taza de café

Las vacaciones de lo niños son un período de readecuación de horarios y rutinas. Principalmente porque los tengo que llevar y traer al curso. Pasamos mucho más tiempo juntos, almorzamos más temprano y tenemos menos presiones de estar rápido en alguna parte.

Y nos exasperamos más entre los tres, se pelean más entre ellos dos y tengo menos tiempo para mí. En las vidas estructuradas, las variaciones pueden verse, o como desastres que lo arruinan todo, o como pequeños oasis de frescura y novedad.

De forma realista, los cambios son ambas cosas a la vez. Nos empujan a salir de nuestra comodidad y eso se siente horrible. Pero, una vez fuera, nos permiten ver con nuevos ojos lo que nos rodea. Y tampoco tienen que ser radicales. Sólo porque no tienen colegio, no quiere decir que se acuesten a la media noche. Los horarios de división del día no dejan de tener vigencia. Nos sirve a todos conservar alguna medida de continuidad de nuestras vidas.

Por supuesto que a mí me toma como una semana reestablecer una rutina que me tranquilice. Ni siquiera he podido nadar. Pero me siento con ellos a almorzar y me disfruto hacerlo más relajada, sin hablar de tareas pendientes. Hasta me da tiempo ahora de tomarme una taza de café.

Adolescencias Infantiles

A la pobre niña se le están cayendo dos dientes a la vez. Lo más divertido es que no son simétricos: uno está abajo del lado izquierdo y el otro es el diente de enfrente, arriba del lado derecho. Estamos en etapa de transición entre ser una niña pequeña y una personita más independiente. Y se nos está haciendo un poquito doloroso. Por un lado, me hace voz de bebé, lo cuál me puede desesperar y, por el otro, quiere hacerlo todo sola.

Todas las transiciones, al parecer, son dolorosas. Por eso cada cambio de década cuando cumplimos años es un acontecimiento portentoso que marca una época distinta. Como si, de un día al otro, sólo porque cambia el numerito, cambia toda la esencia. Nuevos trabajos, nuevas amistades, nuevas casas, nuevos horarios. Todo nos saca de nuestras zonas cómodas y nos sacuden.

Hay dos formas de aceptar estos cambios: nos relajamos y seguimos la corriente, haciendo que nos fluya mejor lo diferente; o nos atrancamos y resistimos y quebramos ante la avalancha inevitable. Está bien querer conservar las cosas que más nos gustan, pero hay algunas que necesariamente se tienen que dejar ir. No es resignación lo que se necesita, es alegría y emoción ante cosas nuevas, verle lo bueno al futuro.

Este año que viene le toca a Fátima entrar a prepa, usar uniforme, llevar bolsón, traer deberes… Son muchas primeras veces para una niña tan pequeña. Y estoy segura que todo eso está pesando en su corazoncito. Si tengo que confesarlo, a mí tampoco me va muy bien con las transiciones y también me dan ganas de resistirme. Pero me he pegado ya suficientes trancazos contra lo inevitable como para por lo menos hacer la prueba de relajarme y disfrutar la corriente.