La vida en pedazos

Tengo muchas actividades durante la semana: choferear, karate, choferear, niños, choferear, escribir… choferear. Cada una de esas cosas requiere algo diferente de mí. Como si me tuviera que convertir en una persona distinta.

Hemos escuchado que los hombres son más propensos a compartamentalizar sus vidas. Que pueden pasar de una actividad a otra y despojarse por completo de lo que traían. Últimamente han descubierto que esta habilidad no es esencialmente masculina. Es más, al parecer es una habilidad que toda persona debería tener para no acarrear los problemas de un área a otra de la vida.

Recuerdo que cuando murieron mis papás, mi jefe me (regañó) instó para que mi trabajo no sufriera por la tristeza que tenía. Aún ahora trato que las molestias del día no se filtren a otras actividades. Tal vez por eso es que me cae tan bien el momento de reflexión antes de comenzar las clases de karate: me ayuda a situarme en el momento.

Poder cambiarse uno el chip de lo que uno hace, conservando la esencia de lo que uno es, pareciera ser una de las metas de la vida. Para eso se necesita flexibilidad en lo externo y firmeza en el interior.

Y estar dispuesto a probar y probar. Porque a mí si me amarga la vida tanta chofereada.

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