Regresar al Centro

Acabo de probar un baklava que me supo a los que me hacía mi mamá para mis cumpleaños.  Un pequeño pedazo de nostalgia y cariño y tristeza y dulzura en dos bocados que aún llevo en mi corazón. Fue un momento feliz.

Cuando pensamos en un lugar que nos da paz, generalmente regresamos a un momento de nuestra niñez en la que estuvimos entre los brazos de alguien que nos quería y que nos hacía sentir que todo en el mundo iba a estar bien. Que podíamos escondernos del Lobo cerrando los ojos. Que la vida tenía solución porque estábamos agarrados de la mano de alguien fuerte que podía contra todo.

Luego nos rebelamos en contra de esa seguridad, las hormonas empujándonos a separarnos de quien nos protege, porque tenemos que aprender a volar. Las confrontaciones adolescentes, si se conducen y resuelven bien, tienen como resultado un ser autónomo, que puede ver los peligros de la vida con los ojos abiertos y enfrentarse a ellos para salir victorioso.

Ya de adultos, cuando se nos agota esa energía desafiante y tenemos encima años de lucha y recompensas y cicatrices y ausencias y compañías, añoramos por un momento poder sentarnos sobre las piernas de alguien más sabio y fuerte que nos proteja. Que nos diga que todo está bien.

Para los que ya no tenemos vivos a nuestros padres, esa ilusión murió con ellos. No hay vuelta al hogar de antes. Pero nos queda el hogar que hayamos podido crear, donde nos reciben con los brazos abiertos y una sonrisa feliz. Donde hay dos pares de brazos pequeños que se sienten seguros y tranquilos entre los nuestros. Y otro par más grandes que nos envuelven con amor y que, aunque no pueden asegurarnos que todo vaya a estar bien, sí nos pueden ofrecer compañía para enfrentar lo que se presente.

Caminos alternos

Le acabo de contar el cuento de la Caperucita Roja a JM. La versión moderna, menos macabra que la original en la que se comían a la abuela y a la niña sin vuelta atrás. Sin entrar a por qué servía de moraleja el cuento, siempre me pareció un detalle súper curioso el que se volviera culpa de la niña el distraerse en el camino con flores y mariposas y no pudiera llegar rápido a la casa de la abuela. En otras versiones, el lobo la engaña y le dice que se vaya por un atajo el cual resulta ser el camino más largo. De cualquier forma, la niña igual llega a su destino, con más flores en su canasta que lo que tenía antes. (Dejemos del lado el hecho que hay una masacre después, igual iba a suceder.)

Hay formas de llegar más rápido a las metas que nos proponemos. La sistematización de procesos sirve precisamente para hacer más eficiente la obtención de ciertos resultados. En matemática, el camino más corto entre dos puntos siempre es una línea recta. Para hacer un pastel, hay que seguir la receta sin cuestionarla, es un proceso químico delicado. Pero la vida es complicada y desordenada y caótica y confusa y no siempre se puede sumar dos más dos para obtener un cuatro.

Hay demasiadas variables que se escapan de nuestro control, cosas que cambian, personas que se alejan y hay que pararse un momento en el camino para reajustar el rumbo. O simplemente para recoger las flores que se nos presentan. Las metas son excelentes, cuando son faros hacia algo grande, como «la felicidad», o «ser mejor ser humano». Cuando lo que buscamos es trascender de los defectos que nos habitan, podemos encontrar varios caminos para lograrlo. Algunos más fáciles que otros. Lo divertido es que no siempre llegamos a donde queremos por el camino fácil, cae bien atravesar desiertos y escalar montañas y cortarse las manos y ampollarse los pies. La meta última de la vida es haberla vivido plenamente y eso rara vez se logra sin heridas y cicatrices.

Por mucho tiempo pensé que tomar el camino largo era un desperdicio de tiempo. Ahora empiezo a ver que hay varias maneras de llegar a lo mismo. Y, también, que puedo detenerme a recoger más de alguna flor.

Complejidades simultáneas

Comenzando con una de mis patéticas historias de cuando era adolescente, a mí no me sacaban a bailar en las fiestas de quince. Era frustrante. Allí estaba yo, toda arreglada, viendo cómo todo el mundo bailaba menos yo. Sinceramente me han dado miles de explicaciones, unas más satisfactorias para mi ego que otras, pero ninguna cambia la realidad del recuerdo. No me sacaban a bailar. Y bien pudo haber sido enteramente mía la culpa.

Yo me sé complicada. La cabeza me da muchas vueltas sobre una misma idea, hasta que, o la desmenuzo o la mareo. Mis entusiasmos son intensos y cortos. La duración de mis emociones no es la más estable. Y, entre todo, prefiero estar guardada de mi corazoncito a sacarlo a pasear.

Y todo eso no sirve de excusa para nada. Todos tenemos pequeñas (o grandes) aristas de nuestras personalidades que hacen que raspemos un poco con el trato. Nuestra responsabilidad como personas que queremos tener relaciones duraderas es limar esas aristas lo más posible, encauzarlas hacia algo positivo, aprender a ser empáticos. Salirnos de nuestras propias mentecitas y abrirnos a las necesidades de los demás, nos hace automáticamente más agradables. También, nuestros defectos nos mantienen centrados: si los podemos reconocer, aceptamos que los demás también los tienen y aprendemos a querer a la gente a nuestro alrededor como es.

Encontrarle lo bueno a cualquiera sólo requiere de un poco de atención e interés. Todos tenemos por lo menos una historia interesante qué contar, un sentimiento genuino qué compartir, una aventura qué planear. Esos momentos «simpáticos» que nos marcan, como el estar sentada en una silla hasta la media noche, nos hacen como somos y nos enseñan a salirnos de nosotros mismos. En mi caso, me enseñó a sacar a bailar a mis amigos. Poco convencional, pero por lo menos no me quedaba frustrada.

Habemus estudio

Año y medio después, aún no tenemos la licencia de construcción de la casa. He aprendido a vivir con esa parte de mi vida en suspenso, como si existiera en una dimensión alterna en la que no pasa el tiempo. Eso me tiene extremadamente feliz, por supuesto. Los pobres niños siguen durmiendo juntos, tengo la biblioteca de manualidades entera en mi cuarto y no hay un espacio de la casa en el que no haya una cosa fuera de lugar.

Entre eso, el estudio mítico de la casa, servía de bodega de fácil acceso para cualquier fauna de cosas, desde bicis, hasta herramientas. Y, para mientras, mi marido haciéndome cara de niño abandonado pidiéndome un espacio propio. Y yo haciéndome la bestia.

Estoy en negación. Total. No quiero mover un dedo más en la casa porque no veo que avance. Hay situaciones que nos sacan por completo de nuestro eje. El mundo deja de girar en la dirección que llevábamos. Da vértigo. Dan ganas de bajarse. De no hacer nada. Y resulta que es imposible. Porque la vida continúa y ni modo que uno se va a ausentar de ella sólo porque las cosas no están saliendo como uno quisiera.

Aprender a sacarle lo mejor a cualquier situación en la que uno esté, es de las lecciones más duras que he tenido que aprender. Pero porque me he resistido. Y no tiene ninguna razón de ser.

Sacamos las repisas, las cajas, carruajes, bicis, pinturas… (Están regadas por toda la casa, ni me pregunten.) Pero el estudio está disponible y el hombre lo ha estado pintando feliz. Es un paso. Pequeño. Que ha hecho una enorme diferencia.

Predictibilidad / Espontaneidad

Mi vida entera se pasa entre mi natural inclinación hacia lo metódico y estructurado y mi anhelo por algo inesperado. O sea, quiero mis horarios y mis planes y mi orden y mi universo girando al compás de mis órdenes. Pero me aburro y me desespero y siento que me ahogo y quiero salir corriendo a donde no tenga yo que tomar una sola decisión.

Roy H. Williams citando a una amalgama de personas, llega a la conclusión que, el contrario de una verdad profunda es otra verdad profunda. Algo así como que la justicia no es lo contrario de la injusticia, porque uno nunca diría que lo segundo es bueno. Es que la justicia es contraria a la misericordia y ambas son buenas y deseables y se queda uno a veces bien jodido sin saber qué elegir.

Los humanos somos lo suficientemente complejos como para movernos entre dos cosas buenas que no son complementarias y vivir. Vivir felices. Porque resulta que es cuando uno sólo se queda de uno de los lados de la balanza, que ésta se desnivela. Yo no puedo siempre ser «justa» con mis hijos, porque ellos necesitan de mi suavidad.

Y tampoco puedo pretender todo el tiempo tener en mis manos los hilos que manejan mi vida, sin cansarme. Tal vez el truco de magia está en crear los espacios que permiten que las cosas grandes funcionen como reloj y pequeñas burbujas aisladas, pero no menos importantes, salgan flotando a donde quieran y me lleven un rato a pasear. Siempre sabiendo que éstas se revientan y hay que regresar a la normalidad. Lo cuál, también está bien.

Vacaciones

Creo que las últimas «vacaciones» que tuve fue ese período mágico entre terminar el colegio y comenzar la universidad. Sin responsabilidades, ya habiendo ganado, con un mundo de posibilidades esperándome en enero.

Para los que ya llegamos a ese estado llamado «adultez», no hay un regreso a momentos de una completa desconexión de la realidad. Porque, como una melodía que acompaña la acción de una película, nuestra vida real, esa que está llena de responsabilidades y trabajos y cuentas y relaciones, siempre nos manda mensajes que nos recuerdan nuestra realidad.

Pero eso no es malo, es un hecho que no podemos olvidarnos por completo de todo. Que todo está interconectado. Y que la vida es una entera. Lo que sí es malo es que no nos permitamos dejar que las preocupaciones descansen un rato y nos dejen disfrutar de otras cosas.

Las verdaderas vacaciones ocurren en nuestras mentes. Surgen de la capacidad que adquiramos en enfocarnos en lo que está sucediendo aquí y ahora, dándole toda la importancia a lo que podemos solucionar en ese momento.

Así como las buenas relaciones se alimentan de la atención que les brindamos, igualito nuestras neurosis y cansancios crecen en la medida que sólo pensamos en ellos. Yo verdaderamente trato de borrar del barullo de mi mente todo el ruido de las cosas que no tengo inmediatas. Me es muy difícil, porque a veces siento que tengo, no uno, sino varios hámsters dándole vueltas a las ruedas de mis preocupaciones. Respirar, escribir, ver a los ojos a mi marido y ya me puedo reconstruir para seguir. Aunque no se me quitan las ganas de agarrar avión e irme a alguna parte.

Abrir las ventanas

Bajo protesta del paciencia-de-santo de mi marido, no tengo cortinas en mi cuarto. Me encanta despertarme con el sol, incluso antes. Cuando vivíamos en el apartamento teníamos una cortina metálica que tapaba la mega ventana de dos pisos que había y la detestaba con toda mi alma. Nada tan feo como despertarse uno y no saber si es de día o de noche.

Los seres vivos tenemos relojes internos que nos indican si debemos estar despiertos o dormidos. Habemos seres diurnos, adaptados especialmente a actividades que impliquen luz y nocturnos, que se desenvuelven mejor en las sombras de la noche. Y luego estamos los humanos que logramos complicarlo todo, como siempre. Resulta que, antes del advenimiento de las luces artificiales, nos teníamos que acostar a puro tubo con el sol y despertarnos igual. No era inusual que la gente incluso se despertara a media noche, hiciera sus «cositas» y volviera a dormirse.

Obviamente estamos hablando de otro ritmo de vida, de otros propósitos y de otras ventajas. Y tampoco estoy nostalgiando por «tiempos pasados mejores», prefiero mil veces la luz eléctrica, nunca hubiera podido leer lo que he hecho sin ella. Pero es innegable que todo este progreso que tenemos encima nos ha atropellado un poco la naturaleza y la preferencia de nuestros cuerpos.

Claro, el que mis hijos sigan mis pasos, tiene como seria desventaja que no existen domingos de despertarse a las 8:00… Pero me abundan los días, duermo cansada y feliz y puedo ver amaneceres espectaculares. Aunque me toque consolar al hombre, quien felizmente se quedaría en la cama hasta las 12…

Ataques de pánico

Mi hijo, el primero, el responsable, el buen estudiante, el estresado, tiene su última clase del año el jueves y le dan sus notas el viernes. Todo el año le ha ido súper bien y no está ni cerca de perder. Al contrario que en cuestión de modales y horarios, yo no lo chingo con las notas, mientras él esté esforzándose y entendiendo, el numerito sobre el papel me tiene sin cuidado. Aún así, está hecho un manojo de nervios. A tal punto que creo que ayer le dio un ataque de pánico, porque le costaba respirar.

Todos tenemos cosas que nos preocupan más que otras. Obviamente son a las que más importancia les damos. Y está bien. El aguijón que nos empuja a ser mejores tiene una punta y duele. Pocas veces nos moveríamos si no fuera porque nos incomoda donde estamos y queremos llegar a un mejor lugar. El problema viene cuando esa espuela no nos empuja, sino que nos destaza.

El esfuerzo que podamos invertir en ser mejores debería de darnos calma en igual proporción y no aumentar la ansiedad que le metemos al resultado. Hacer lo mejor que podamos y dejarlo ir es algo que, yo llevándole 32 años a mi pulgo, aún me cuesta noches de sueño.

Hoy ya estuvo mejor, pero sí necesitamos una tarde de siesta, muchos abrazos y algunas lágrimas para calmarlo. No me parece mala receta para cuando me suceda a mí.

Pertenecer

Toda mi vida he sido una especie de «loba solitaria».  Ser hija única, con escasas habilidades sociales y casi nula inteligencia emocional, no era el set de cualidades que hacen fácil hacer amigas. Lo suplí teniendo novio desde los 14 años, el cuál me duró todo el resto del colegio. Y así. Amigas mujeres fueron pocas o nulas.

Por alguna razón, se tiene un concepto de las relaciones que sostienen las mujeres entre sí como altamente tóxicas. Llenas de pequeñas intrigas, resentimientos y competencias mezquinas, pareciera que somos incapaces de querernos y ser fieles.

Cosa más estúpida. ¿Quién mejor que otra mujer va a poder entender todas esas pequeñas y grandes cosas que le suceden a uno, desde un cólico menstrual, hasta un pezón partido por dar de mamar y tantas otras cosas fisiológicas similares. Ni qué hablar de la forma de sentir, de enamorarnos, de desear.

Tener amigas que lo quieran a uno por ser uno es un tesoro invaluable. Pocas veces hay un apoyo tan incondicional como el que se siente entre un grupo de mujeres que verdaderamente ha hecho amistad. Y si se logra compartir más que un simple «café», esas relaciones son parte de la estructura de la sanidad mental.

Aprender a hacerme una familia de amigas y serles fiel, es de lo mejor que me ha dejado el paso del tiempo. Las llevo en mi corazón y me hacen ser una mejor y más verdadera yo.