Las vacaciones de lo niños son un período de readecuación de horarios y rutinas. Principalmente porque los tengo que llevar y traer al curso. Pasamos mucho más tiempo juntos, almorzamos más temprano y tenemos menos presiones de estar rápido en alguna parte.
Y nos exasperamos más entre los tres, se pelean más entre ellos dos y tengo menos tiempo para mí. En las vidas estructuradas, las variaciones pueden verse, o como desastres que lo arruinan todo, o como pequeños oasis de frescura y novedad.
De forma realista, los cambios son ambas cosas a la vez. Nos empujan a salir de nuestra comodidad y eso se siente horrible. Pero, una vez fuera, nos permiten ver con nuevos ojos lo que nos rodea. Y tampoco tienen que ser radicales. Sólo porque no tienen colegio, no quiere decir que se acuesten a la media noche. Los horarios de división del día no dejan de tener vigencia. Nos sirve a todos conservar alguna medida de continuidad de nuestras vidas.
Por supuesto que a mí me toma como una semana reestablecer una rutina que me tranquilice. Ni siquiera he podido nadar. Pero me siento con ellos a almorzar y me disfruto hacerlo más relajada, sin hablar de tareas pendientes. Hasta me da tiempo ahora de tomarme una taza de café.
