A la pobre niña se le están cayendo dos dientes a la vez. Lo más divertido es que no son simétricos: uno está abajo del lado izquierdo y el otro es el diente de enfrente, arriba del lado derecho. Estamos en etapa de transición entre ser una niña pequeña y una personita más independiente. Y se nos está haciendo un poquito doloroso. Por un lado, me hace voz de bebé, lo cuál me puede desesperar y, por el otro, quiere hacerlo todo sola.
Todas las transiciones, al parecer, son dolorosas. Por eso cada cambio de década cuando cumplimos años es un acontecimiento portentoso que marca una época distinta. Como si, de un día al otro, sólo porque cambia el numerito, cambia toda la esencia. Nuevos trabajos, nuevas amistades, nuevas casas, nuevos horarios. Todo nos saca de nuestras zonas cómodas y nos sacuden.
Hay dos formas de aceptar estos cambios: nos relajamos y seguimos la corriente, haciendo que nos fluya mejor lo diferente; o nos atrancamos y resistimos y quebramos ante la avalancha inevitable. Está bien querer conservar las cosas que más nos gustan, pero hay algunas que necesariamente se tienen que dejar ir. No es resignación lo que se necesita, es alegría y emoción ante cosas nuevas, verle lo bueno al futuro.
Este año que viene le toca a Fátima entrar a prepa, usar uniforme, llevar bolsón, traer deberes… Son muchas primeras veces para una niña tan pequeña. Y estoy segura que todo eso está pesando en su corazoncito. Si tengo que confesarlo, a mí tampoco me va muy bien con las transiciones y también me dan ganas de resistirme. Pero me he pegado ya suficientes trancazos contra lo inevitable como para por lo menos hacer la prueba de relajarme y disfrutar la corriente.
