Ceder / Romper

Siendo mi papá ingeniero civil, yo crecí pensando en términos de estructuras, líneas rectas y soportes. No era raro que viéramos programas de cómo habían construido un edificio imponente o un puente espectacular. Dentro de eso, me impactó especialmente uno acerca de las técnicas japonesas para contrarrestar los movimientos provocados por los constantes terremotos. Resulta que un edificio vertical rígido es mucho más susceptible de romperse con un temblor, que uno que se mueva y adapte y absorba el meneadito.

Yo creo que hay cosas en las que uno tiene que ser firme e inconmovible: cuestiones de principios, de lealtades, de confiabilidad. Debería uno siempre ser generoso con las personas que tiene a su alrededor, ser más empáticos. Puras cuestiones de carácter hacia adentro, ésas que nos dicen quiénes somos cuando cerramos los ojos por la noche y nos quedamos con nosotros mismos.

Pero cuando trasladamos ese dureza hacia afuera, sobre todo en el trato con la gente que nos quiere, la cosa se comienza a resquebrajar. Peor si en lo que nos enfocamos es en el «cómo» hacer las cosas y no en el resultado que uno quisiera obtener. Hay muchas formas de lograr que un niño haga su tarea en el momento en el que debe, incluso algo que funcionó hoy no funciona mañana Y esos cambios me matan. Porque yo quiero hacer las cosas como yo quiero. Y punto. Y todos los demás se tienen que alinear. Y pues… no mucho me funciona para la paz de mi vida.

Aprender a ceder, a moverse con los cambios que le tira a uno la vida, a adaptarse para salir íntegro. Porque sólo así nos mantenemos enteros. Si queremos seguir rígidos, nos rompemos y a saber si podemos regresar a lo que éramos.

Despegar

Me dan pánico las aventuras fuertes. Subirme a una montaña rusa, hacer canopy, deslizarme por un rappel. Sólo de pensarlo se me eriza la espalda y me dan ganas de hacerme una bolita. Voy todo el camino sudando frío, pensando que no lo voy a hacer, que prefiero el clavo de regresarme.

La vida entera es una constante toma de riesgos. Hasta salir a la calle implica que ya sopesamos un beneficio mayor a quedarnos encerrados, a pesar de que existe la posibilidad de resultar lastimados. Igual hacer cosas nuevas, ésas que nos llenan de mariposas el estómago de la ansiedad. Igual dejar entrar gente nueva a nuestras vidas.

Hay formas de tener una vida más controlada, claro. Y casi todas implican un permanecer estáticos. También es cierto que hay momentos oportunos para saltar a la nada. Lo esencial es tener una buena plataforma desde dónde hacerlo: una relación satisfactoria, un acerbo suficiente de conocimiento, una preparación adecuada. Pero ya con todo eso, hay que dar ese paso y tirarse, porque no hay de otra, porque la vida no se vive sin moverse, porque hay riesgos que valen la pena. Aún si nos diéramos contra el suelo, estuvimos un momento en el aire. Y toca volver a encaramarse e intentarlo de nuevo.

Así como me pasa con mis aventuras extremas: voy arrastrada, pero una vez allí, soy feliz.

Esforzarse

El niño acaba de venir de tragedia: su proyecto del sistema solar con botones fue el peor de la clase. Y pues, sí, estaba súper chereto. Pero le estuve diciendo los cuatro días seguidos que lo hiciera, que lo midiera, que dibujara las líneas, escribiera los nombres de los planetas… Prefirió jugar y el resultado fue predeciblemente mediocre.

A parte de despejar alguna duda, comprar los materiales y estar físicamente presente, nunca he ayudado a ninguno de los dos a hacer sus tareas. Yo ya pasé el colegio. Les toca a ellos hacer sus cosas. Eso nos ha traído como consecuencia que, en trabajos manuales como el de ayer, les va considerablemente peor que al resto de sus compañeros. Pero su nota es sólo suya.

Estar dispuesta como mamá a dejar que el niño sufra porque sus acciones tienen consecuencias, me cuesta. Por supuesto que no me gusta verlo en tragedia, llorando amargamente. Pero, más que consolarlo y contarle un cuento para que se ría, no hago más. No me toca.

A él le quedan dos cosas de aprendizaje: no le gusta llevar malos trabajos a la clase y entiende que no siempre es el mejor sólo por su linda cara. Y yo aprendo a simplemente estar allí para él.

Crisis y más crisis

Resulta que tengo indicios de comenzar temprano la menopausia. Cosa que no es ni buena ni mala, es un simple hecho biológico que implica algunos cambios y ya. Pero también resulta que viene encima de un montón de cambios que han pasado este año y que sólo se siente como la guinda en el pastel.

Para alguien a quien planificar le da paz, las crisis y evoluciones de los últimos doce meses me han dejado más zarandeada que gato en secadora. Así como estoy terminando de sacar cosas del estudio y volviendo a tirar aquel chunchero inservible, también estoy volviendo a descubrir tesoros que tenía guardados y a los que ahora sí les voy a dar un uso.  Pues así en mi vida, tener un poco revueltas las emociones y las circunstancias me está haciendo encontrar un nuevo punto de equilibrio, en un lugar diferente, cierto, pero no por eso menos bueno.

Tener la posibilidad de ver la vida desde un nuevo punto, nos regala un paisaje al que le encontramos bellezas que estaban ocultas por lo cotidiano. Ver a la gente que queremos como la primera vez, nos hace apreciarlas otra vez. Y sentir que todavía hacemos algo diferente, bien, renuevan las ganas de seguir con lo de siempre.

No niego estar cansada y necesitar urgentemente un descanso conmigo misma, lejos hasta de mi sombra. Pero tampoco me quejo de lo que estoy viendo va a ser el resultado de atravesar esta confusión: una nueva y mejor vista.

Evolucionar las tradiciones

En la casa siempre pasamos juntos los fines de semana. Somos un núcleo de cuatro súper unidos y no necesitamos meter más gente a la dinámica. Por lo menos no por ahora. Tenemos pequeñas tradiciones, como hablar de lo bueno de nuestros días, hacer «family meetings» semanales, ver la NFL cuando es temporada.

Las tradiciones, privadas y públicas, nos refuerzan una pertenencia a lugares y personas. Nada como comer siempre lo mismo en fechas especiales para atravesar el portal que nos mete en un sentimiento especial.

Lo divertido es que, por mucho que lo intentemos, hasta los rituales más viejos sufren transformaciones para seguir vigentes. Hacer algo repetitivamente sin conocer el sentido que le dio a luz, sólo garantiza la muerte de la magia inicial.

Las costumbres, convenciones sociales, instituciones, tradiciones, todo tiene que cambiar para conservar la esencia que cuidan. En nuestro caso en particular, lo que queremos es que los pulgos pasen felices sus fines de semana, que se sientan queridos y que sepan que somos una familia. Ahorita, eso lo logramos entre los cuatro. Probablemente en un futuro cercano, eso incluya amigos. Y, casi de cierto, después vendrán los agregados permanentes. Y también lograremos hacer tradiciones de eso.

De haberlo sabido…

Haber leído cuanto libro de maternidad tenía a mi alcance, jamás me preparó para la primera noche de desvelo en la que el niño reflujoso no dejó de llorar. Toda la noche dándole de mamar, cargándolo, cambiándolo y sintiéndome completamente incompetente. Toda la noche.

Hay cosas que se logran aprender de la teoría, como sumar, leer y así. Pero ni a bailar llega uno sólo con verlo de lejos y «saberse» todos los pasos. Sumergirnos en la práctica de las cosas le da vida a lo que sólo son ideas. Muchas veces resulta que todo lo que teníamos listo, se va por la ventana cuando ya estamos enmedio del asunto en cuestión.

La planificación, la preparación, la expectativa nos llevan hasta donde nos toca tomar de la mano a la experiencia. Y ella sí no se anda con miramientos. Por eso, tal vez, es que me gusta tanto la etapa previa, donde todavía tengo un poco de control.

No hay imaginación suficiente que informe cómo es criar a un hijo. Todo lo todo que implica, desde esas noches inexplicables en vela, hasta muchachitos malvados en el bus. Me ha tocado responder preguntas que jamás se me hubieran ocurrido, sentir emociones más fuertes de lo que me creía capaz, estar segura que por algún lado algo estoy haciendo mal.

Sinceramente, no lo había dimensionado. Y estoy convencida que no tengo ni idea de lo que me espera. Pero, aún sabiendo eso ahora, lo volvería a hacer.

Las mejores conversaciones

Si no lo han notado, soy mandona. O por lo menos eso parezco. Lo divertido es que, mandar, mandar, sólo le doy órdenes a mis hijos. Con el resto del universo, lo que hago es sugerencias directas, pueden o no seguirlas, me tiene sin cuidado. Sigo sin entender en qué momento nos quedamos sin la capacidad de aceptar conversaciones directas.

Es cierto que las redes sociales de caracteres limitados dan muy poco espacio para sutilezas, colores de tonos y demás facilidades del lenguaje. Poco se puede hacer en un tuit más que una invitación. Pero no es como que en un uno a uno yo haga demasiado esfuerzo por echarle betún a mis palabras.

Me he topado muy raras veces con alguien que se siente frente a mí y me pregunte claramente qué es lo que quiero. Es refrescante y bonito y tranquilizador. Pero entiendo que no se puede navegar así por la vida, porque mi tono, mis palabras y mi lenguaje corporal son un poco intensos y no sirven para todos los días.

Lo fantástico es que la gente que me conoce de cerca, ésa que come conmigo seguido, me ve que puedo estar callada y tiene idea que hay alguna medida de suavidad dentro de la coraza, ésa simplemente me ignora cuando me paso de comandante. Lo cuál está perfecto. La única persona que me tiene que hacer caso (a parte de mis hijos) soy yo.

Vaciar el cerebro

Nunca me había costado tanto meterle contenido nuevo a mi cabeza. No puedo concentrarme para leer, escuchar podcasts se me hace cansado y conversar me aturde. Estoy demasiado llena de mis propias ideas y éstas no están dejando entrar nada más. El problema es que tampoco las estoy pudiendo sacar, ni de palabra, ni por escrito. Es como si tuviera una olla de presión que todavía no ha llegado a la temperatura adecuada.

Puede que sea la edad, esa frontera entre la juventud manifiesta y una madurez más evidente. Todavía con la piel lo suficientemente fresca como para aparentar menos edad, lo vivido ya se me mira alrededor de los ojos. Puede que sea el impasse en el que seguimos con la remodelación de la casa, esa licencia que no nos dan simplemente por fregar y no podemos terminar de construir un segundo nivel y que me deja con las cosas a medias. Puede que sea la rutina de mis días llenos de muchas cosas y pocos momentos de quietud.

Lo cierto es que algo se me está cocinando entre las orejas y no sé todavía cuál vaya a ser el resultado. Lo que tengo por seguro es que debo estar atenta al pitillo que me avise cuando esté listo. No quiero arriesgarme a que se me chamusque la materia gris.

Perderse en la emoción

¡Regresó Tom Brady luego de una suspensión basura de cuatro juegos! Me he gozado el partido, a tal punto que me compré una t-shirt de Darth Vader con toda la ironía del mundo. Generalmente me cuesta ver los juegos de los Patriots, porque me pongo demasiado nerviosa. Hasta ahorita he gritado como loca y mis hijos se han divertido de lo lindo.

Es muy raro que yo me deje ir por alguna emoción fuerte que me saque de mi compostura. Regresamos al tema del control y de cómo me siento más segura en una línea plana.

La mesura es una buena cualidad en general. Cuando se está negociando algo en nombre de algún cliente, creerse que algo es personal es una tontera. Tomarse a pecho algún comentario en redes sociales es una excelente manera de amargarse. Y no poder controlar las reacciones emocionales nos convierte en personas inestables y difíciles de aguantar.

Pero hay momentos para dejarse ir, soltar el pelo, levantar la voz y sacar la emoción. Hay un cierto poder en abrirle la puerta a un grito, en soltar la carcajada, en derramar una lágrima. Las emociones nos dan algunas pinceladas de carácter que nos completan y nos vuelven más humanos.

Yo me dejo ir cuando veo partidos de los Patriots, para el deleite de mis hijos y la diversión sorprendida de mi marido. ¡Go Pats!

La mejor ilusión

Hay cierto tipo de actividades que me hacen creer que tengo control sobre mi entorno. Nado y siento que vuelo sobre el agua. Hago una kata y me imagino que mi cuerpo obedece la orden que le estoy dando para quedar en la posición correcta. Levanto pesas y me satisface el numerito cada vez mayor que logro mover. En todo eso tengo resultados concretos de mis esfuerzos personales. Es maravilloso. Hasta que llega el día que no hay sol, llueve, no me puedo meter a la piscina, o, peor aún, me canso antes de la tercera vuelta. O no se me queda ni con trampa qué pie tengo que mover hacia dónde en la kata nueva. O, simplemente no me da el músculo para levantar ni una sola repetición más.

Nuestros cuerpos nos hacen creer que los controlamos. También nuestras mentes. A veces no hay nada más alejado de la realidad. Para mejor muestra el estribillo de la canción que apenas nos sabemos que se nos queda trabado en el circuito auditivo y no hay forma de sacar. O la tristeza que se anida en nuestro corazón cuando revisamos fotos de niña y vemos a una mamá ausente. O un antojo de donas que nada tiene que ver con la vida sana que llevamos.

Tenemos una ligera y vana ilusión del control que ejercemos a nuestro alrededor. Creo que no podríamos vivir sin ella. Pero, si pretendemos que podemos guiar todo lo todo que nos rodea, podemos caer en enfermedades mentales graves. Tal vez, y es lo que estoy tratando de aprender, se trata simplemente de tomar lo que tenemos a nuestro alcance y hacer con ello lo que creemos más conveniente.