Agujeros

Cuando era pequeña me encantaba hacer «mantelitos» de papel. Doblaba un cuadrado varias veces y le recortaba figuras. Para mí, quedaban lindos y los ponía por toda la casa. Dudo que mi mamá haya compartido mi entusiasmo y los adornos desaparecían misteriosamente en cuestión de horas, pero yo era feliz.

Pareciera que uno comienza la vida como una hoja de papel en blanco y la termina un poco más arrugada, manchada, agujereada y torcida que un pergamino al sol. Hablamos de corazones «rotos», de heridas del tiempo, de cicatrices en la memoria. Hay recuerdos que nos duelen, palabras que nos matan por dentro, sentimientos que nos hunden. Todo eso nos va cincelando tanto como lo dejemos, pero es innegable que nos transforma. No podemos pretender tener experiencias de vida sin dolor. Hasta para aprender a caminar hay que caerse un par de veces.

Lo que no debemos dejar de hacer es desdoblar nuestra vida para apreciar el entramado que van dejando todas esas lluvias de meteoritos. Cada nuevo color que adquirimos, cada agujero que obtenemos, cada arruga que nos dobla es un testimonio que estamos vivos y que somos complejos y que seguimos adelante.

Los agujeros dejan pasar la luz. Las manchas nos dan color. Las arrugas un borde en dónde recostarnos. Y todo, todo, nos hace hermosos en nuestra humanidad. Este año ha dejado más marcas que otros en mi vida. Se lo agradezco. Puedo decir que soy mucho más interesante. Al final, ¿quién quiere llegar a la muerte como una hoja en blanco?

Dar

Cuando mi marido cumplió 35 años, le pedí a mis suegros favor de hacerle fiesta en su casa y yo cociné (hamburguesas, quedaron ricas). El año que cumplió 40, me pasé haciendo cosas para su piñata (sí, piñata de superhéroes) nueve meses antes. Tengo la ¿mala? costumbre de no conocer grises y colores, sólo blanco y negro.

Uno nace sabiendo recibir. Eso es fácil. Parte de la inteligencia emocional es aprender a dar. Y uno da lo que le es natural.

El problema es cuando uno sólo sabe dar de una forma y eso no se recibe por parte del destinatario. Es como escribir la carta de amor más conmovedora de la historia, en un idioma que el otro no entiende.

Aprender a hablar varios idiomas emocionales es una de las claves del éxito en la vida. Si uno entiende que no a todo el mundo le gustan los masajes en los pies, pues no anda como enajenado queriendo quitarle los zapatos a todos los seres humanos que se cruzan en la vida.

Dar, de forma que agrademos. Es un aprendizaje que no siempre es intuitivo. Como en todo, nuestra referencia somos nosotros mismos y cuesta ajustar ese punto miope de vista.

Valer la pena

Entre lo que hago, siempre cambio tiempo por actividades. Así es la vida entera, le metemos tiempo y esfuerzo a las cosas que nos interesan. Incuyendo relaciones.

Las personas que me importan, reciben mi atención.

En general, siempre «sacrificamos» algo de nosotros para obtener lo que queremos. La clave está en determinar qué vale realmente la pena.

 

Suficiente

Cuento las cosas que hago y casi siempre me terminan diciendo que me tengo que calmar. ¿En serio? ¿La gente tiene idea de cómo sería si no me entretuviera y cansara y ocupara? Si de por sí ya me cuesta acallar la mente.

Lucho constantemente contra mi natural inclinación a sentarme a observar crecer las hojas de los árboles. Si por mí fuera, dejaría que me llevaran la comida, preferiblemente a la boca, me vistieran y me trataran como gato egipcio. Pero, como al lado de ese ser huevón existe un motorcito que no para, resulta que me lleno de actividades, como si estuviera compensando.

Y así, termino cansando. Cansando a la gente a la que monto a mi barco de actividades, a la que embauco con hacerme caso de mis horarios descabellados, a la que tiene que vivir conmigo. Porque nunca es suficiente. Si corro dos kilómetros, la vez siguiente tengo que poder correr cuatro. Si hago tres veces karate, tengo que poder hacer cinco. Si horneo una docena de galletas, aprovecho y hago cien. Docenas.

Nunca es suficiente. No sé si eso me ayude a vivir más cosas en la vida, o simplemente a gastármela más rápido.

Alguna vez, me gustaría no tener ese impulso. Y no hacer nada. Pero no hacer nada como nadie jamás en el mundo lo ha hecho. Obvio el problema.

Probar

Todos los años hago algo para regalar en Navidad. Desde jalea de tocino, hasta chocolate para beber en cubos, y por supuesto galletas. Muuuuchas galletas. Tantas galletas. Este año decidí hacer caramelos. Con una receta que jamás había probado.

No se puede pasar por la vida haciendo siempre lo mismo. Primero porque qué aburridísimo. Segundo, porque siempre se puede descubrir que algo diferente nos gusta. Y por último, porque sí.

Nosotros no somos los mismos, me atraevería a decir, semana con semana. ¿Por qué insistimos en seguir iguales? Nos peinamos como cuando éramos adolescentes, comemos siempre la misma comida, vamos a los lugares conocidos. ¿Y el resto de la vida? La vida no nos alcanza para probarlo todo.

Seguro van a haber cosas que nos queden mal, que no nos gusten. Muchas veces vamos a cometer errores. Y, aunque nada es irreversible, todo se puede superar. El miedo a no sentir dolor jamás nos paraliza y nos lleva a que, de todas formas, nos duela habernos quedado atrás.

Los caramelos fueron un fracaso. Jamás se endurecieron. Estaban deliciosos, pero hubiera tenido que reunir a mis amigos alrededor de la bandeja con una cuchara cada uno para que los pudieran probar.

Ni modo. Mañana haré galletas. Tantas galletas.

Darle mazapán al hámster

Hace tres o cuatro Navidades teníamos un hámster. Era hermoso y yo le daba mazapán y lo puse obeso. Tuve suerte de no matarlo de un infarto. Esos animalitos necesitan constante movimiento y por eso se les pone una ruedita en la que se montan y corren sin llegar a ninguna parte.

Algo así me pasa con todos los pensamientos negativos que rondan en mi mente. Me engancho con una cosa y le doy vueltas y vueltas y vueltas. Soy tan masoquista que hasta pareciera que me premiara cada vez que regreso a urgar algo que sé que me hace daño.

La voz interna con la que nos hablamos tiene mucho qué ver con cómo nos exigían de pequeños. Yo tenía papás muy estrictos para quienes las cosas simplemente bien hechas no eran suficientes, tenían qué ser excepcionales, porque su hija era excepcional. Es un fardo pesadísimo de llevar. A cualquier edad.

Ahora tengo como mil hámsters que se encargan de hacer girar la ruedita de mis inseguridades una y otra vez. Mi propósito firme para mi vida es dejar de alimentarlos.

Metidas de pata y otros acontecimientos

El último viaje que hicimos, casi pierdo diez años de la poca juventud que me queda cuando me di cuenta, cuatro días antes, que los pasaportes de la niña y el mío estaban vencidos… Di mil vueltas y los sacamos bien, pero fue carrereadito y decidí que nunca más me iba a volver a suceder. Muy aplicada, apunté en mi calendario electrónico todas las fechas de vencimiento, con seis meses de plazo de anticipación. Efectivamente me salió la notificación de renovar el pasaporte del niño y yo, muy atinadamente organicé írselo a sacar ahora en vacaciones.

Mi vida organizada me da paz, porque siento que la puedo echar a andar sobre rieles y que se maneja sola en un montón de aspectos de los cuales ya no me tengo qué preocupar. Al final de cuentas, para eso existe la planificación. Hay muchas decisiones que nos quitan el cerebro y que ni siquiera deberían estar entre nuestra cotidianidad. Hasta la ropa. Tan fácil que sería no pensar en qué ponerse todos los días.

El problema es que no se puede detallar todo. Hay que dejar espacios en la previsión para los imprevistos. Esas cosas que se escapan a nuestra imaginación y que siempre surgen como malas invitadas. Y no siempre son externas. A veces nuestra propia mente nos hace las malas pasadas.

Como con el pasaporte. Ya habíamos hecho la cola, ya estábamos sentados, ya casi nos llamaban… decidí pasearme por la nostalgia y revisar fotos del niño cuando era bebé. Estaba vigente. Hasta dentro de dos años. El que vence es el de mi marido. Ni les cuento lo feliz que se puso.

Soltar(se)

Yo pienso en términos de «atajos mentales» que obviamente hacen que navegue más fácil por la vida. Mis hijos son de cierta forma, mis amigos de otra… y yo soy de otra aún. Supongo que todos hacemos lo mismo.

Lo malo de estos atajos es que, si se vuelven permanentes, ya no nos dejan salir de allí. Siempre vamos a pensar que nuestros hijos son pequeños. O que nuestros compañeros de trabajo son desesperantes. O que nuestras relaciones están escritas en piedra.

Y pues, así las hacemos: de piedra. El mapa con que entendemos el mundo debería ser tan fluído como nueva información le metamos. Siempre hay algo que no conocemos que le podemos agregar. Incluyendo lo que sabemos de nosotros mismos.

Es cierto que no es factible ir por la vida cuestionando de nuevo todo. ¿A qué hora vivimos? Pero es imperdonable negarse a probar nuevas experiencias sólo porque uno cree que es de cierta forma y ni siquiera quiere considerar la posibilidad de salir de allí.

No se trata de decir que sí a todo, no todo nos conviene. Pero vivir con el no en la boca envenena. Envejece.

Quiero aprender a soltar todas las preconcepciones que me estén alejando de ser mejor. Y eso implica soltarme a mí misma también. Sólo espero que, si me doy un trancazo, no duela tanto.

Y un café

En general, paso mucho tiempo sola. Y me encanta. Lastimosamente, paso sola haciendo actividades de correteo, que implican no estar sola conmigo. Rara vez me puedo sentar a tomar un café en algún lugar, ni para escribir. Y luego, estamos a medias vacaciones de los niños. Allí no sólo no estoy sola, sino que tampoco estoy acompañada.

Los humanos pareciéramos movernos entre la necesidad de compañía y el deseo de retirarnos de la sociedad. La mayor parte de historias de grandes maestros filosóficos hablan de momentos de hermitañismo, largos períodos sin interactuar. Tenemos el perenne mito del hombre sabio en la montaña, solo. No tengo en la memoria una instancia de un iluminado al que se le haya prendido el foco cenando con sus cuates.

Y tampoco conozco historias de grandes enseñanzas que no se compartieron en sociedad. Si ha habido ideas transformadoras que se quedaron en una cueva, muy poco trascendentes resultaron.

Creo que necesitamos momentos para madurar ideas, ordenar pensamientos, encausar sentimientos. Todo eso se logra con introspección y soledad. Y hay que buscar los momentos para hacerlo, adaptándonos a lo que obtengamos en este trajín de vida adulta que llevamos. Y, también, requerimos del calor de la compañía de nuestra mara. Si no, ¿a quién les contaríamos nuestras genialidades?