Hace poco hicimos un viaje de aventuras con mis amigas. Nos tiramos de canopy entre las nubes, cosa que a una de ellas la petrifica del terror. Nos quedamos completamente solas a pasar la noche para poder despertar al amanecer en la montaña. Se nos quedó atascado el carro a media subida de un camino desgraciado y nos tuvieron que halar con una pita mal puesta. Éramos tres mujeres viajando solas por Guatemala, lo cual de por sí lamentablemente ya presenta un riesgo enorme.
El miedo es un buen indicador de las cosas que nos importan más. Nos sentimos incómodos de sacar a bailar a la persona que nos gusta, porque no queremos que nos diga que no y terminamos sacando a quien nos da lo mismo. Dejamos de estudiar la carrera que nos reta, porque no sabemos si seremos capaces de terminarla. No nos metemos a practicar el deporte que nos llama la atención, porque quién sabe si tendremos el talento para ello.
¿Es esa la forma de llevar la vida? El temor a pasar vergüenzas ha paralizado más descubrimientos geniales que los fracasos mismos. La inseguridad que nos hace vacilar es el mejor faro para iluminar en dónde debemos caminar, aventurarnos, dejarnos ir.
La vida termina para todos en el mismo lugar, pero no de la misma forma y yo no quiero llegar intacta al final. Quiero entregar un corazón roto por tanto haber sentido, un cuerpo lleno de cicatrices por haber hecho tantas cosas, una cara arrugada por haber reído y, sobre todo, unos brazos gastados de tantos abrazos repartidos entre la gente a la que más quiero. ¡Ya quiero hacer más viajes así!
