La música siempre me ha acompañado. Desde mi papá poniéndome audífonos muy pequeña para escuchar su colección de clásicos (Mozart, Bach, poco Beethoven, Shubert…), mi mamá cantando algo o yo con mi propio tocadiscos, dándole y dándole a mis canciones favoritas.
Entre todas las formas de comunicación que tenemos, tal vez la música sea de las más completas y complejas. Le dedicamos canciones al amor platónico que nos vuelve locos, sólo para detestarlas después porque precisamente nos recuerdan al sujeto de nuestros pesares. O quemamos una rola que nos fascinaba hasta poderla vomitar, como niños empachándose con dulces.
Asociamos pedazos de nuestras vidas con música especial. Hay melodías que nos ponen en un estado de ánimo particular. Buscamos cosas melancólicas para tristear a gusto.
Conmigo, la música es el camino más corto y seguro hacia mis emociones. Yo no lloro con películas tristes, pero sí se me ha salido más de alguna lágrima al escuchar una canción emotiva. Despierto con ganas de mover el esqueleto y pongo música estridente para preparar el desayuno. Incontable la cantidad de veces que me han sorprendido a media brincoteadera y casi boto lo que llevo en la mano.
Escribo también con algo de fondo. Y mis palabras reflejan el ritmo que escucho, como esa semana que me dio por sólo poner Led Zeppelin y todos los posts salieron un poco violentos.
De alguna forma, sí hay magia en el mundo. Se llama música y nos sirve para llevarnos al estado mental que querramos. Sólo tenemos qué escoger.
