Armemos fiesta

Este diciembre ha sido sorprendentemente complicado para mí. Pensaría uno que el paso del tiempo aliviana nostalgias, pero no, me están pegando las cosas con la fuerza de un huracán y, sinceramente me agarraron desprevenida.

Y allí es donde la rutina, esa amiga aburrida, estable, confiable, que siempre lo acompaña a uno igual, con las mismas palabras y sensaciones, me está ayudando a atravesar estos días. Despertarme a la misma hora, con mi misma mara, comer en los mismos horarios, celebrar las mismas cosas. Todo eso me da estabilidad y me lleva de la mano como si fuera niña hacia el final del revoltijo de emociones que me están distrayendo y quitando el hambre.

La vida es complicada. Y triste. Y dura. Y duele. Pero también es hermosa. Uno sólo tiene que pasar el momento álgido para poder recordar que todas las mañanas sale el sol, aunque sea dentro de uno mismo.

Sacarse la energía

Estoy con una cantidad impresionante de energía nerviosa. No sé si es porque no tengo regalos todavía, no he puesto ni un solo adorno, quiero sacarle el jugo al último poco del año, o, simplemente, estoy acelerada. Lo cierto es que cada vez me parezco más al conejito de Duracell, mezclado con el de Alicia.

Algo nos pasa que le asignamos importancia a darle la vuelta al sol. Desde que somos humanos, eso del cambio de las estaciones nos ha marcado. Hemos organizado nuestra supervivencia alrededor de las inclemencias y cambios del clima. Nuestros ritos enteros tienen qué ver con los renacimientos de la naturaleza.

Sentimos esa vuelta al sol y le asignamos sentimientos, ponemos metas, evaluamos desempeños. Celebramos un año que viene. Lloramos el que se va, por bueno o malo. Y todo es completamente artificial. Bien podríamos no contar el cambio del año jamás. Pero yo creo que necesitamos esa sensación de avance tangible.

Lo cierto es que este cierre de año me tiene entre activa y apática. Quiero que termine, pero no quiero celebrarlo. Y, por eso, mañana voy a poner el arbolito. Porque yo también necesito una prueba tangible de cambio.

Entre recetas de mazapán

Estoy toda quemada de estar cocinando el mazapán que me di a la tarea de hacer. Ni idea de por qué, si ni me gusta. Pero me recuerdo el deleite de toda la gente cuando mi mamá decía que iba a hacer y siento que ha de ser una gran cosa. Y allí estoy, bate que bate y quémame que me quemo.

Las recetas del cuaderno de mi mamá escritas en su letra fina y clara son como un lenguaje secreto que me acerca a ella. Ver los títulos «Magdalena», «Pollo con almendras», «Better than sex chocolate cake» me quitan años de encima, me llenan la boca de sabores y me dan la sensación de sus manos suaves sobre las mías.

Mis hijos me llenan el corazón cuando me dicen que mi comida es la mejor. Y, aunque yo no tengo la habilidad de mi madre en la cocina, me esmero por poner un poco de mi corazón en cada cosa que les hago.

Tal vez por eso insisto en repetir recetas de mi mamá, aunque no sean mi comida favorita. Es como volver a sentir su cariño. Aunque las ampollas que dejan las burbujas del mazapán no contribuyen a la ilusión.

La canción más linda del mundo

Hay preguntas que joden la existencia, porque son tan simples que no se pueden responder. ¿Cuál es tu libro favorito? ¿Qué canción te gusta más? ¿Película preferida? Yo me acuerdo de muchísimos libros que me han fascinado, canciones que he cantado hasta gastarme la voz, películas a las que les gasté la cinta (porque soy ruca y todavía las miraba en VHS).

Siempre tenemos cosas que nos gustan en el momento en el que las estamos viviendo. Es enriquecedor regresar a ellas años después para averiguar si todavía nos mueven igual. Obvio no. Las películas esas que nos hacían suspirar, ahora nos sacan una risa de la penita ajena. Hasta la comida que nos volvía locos de pequeños, a veces nos parece una bola de azúcar indigesta imposible de pasar de un bocado.

Cambiamos todo el tiempo. Y eso no le quita lo maravilloso que nos parecieron las cosas en su momento, porque nos las disfrutamos y llevamos ese recuerdo feliz en nuestros corazones. Pero también con el paso del tiempo, vamos teniendo cosas nuevas favoritas. Menos mal. Quedarnos estancados en que algo que nos gustó cuando teníamos quince años sigue siendo lo mejor que nos ha pasado en nuestra vida nos condena a aproximadamente sesenta años de amargura.

La canción más linda, el mejor libro, el vino más rico, la película más maravillosa es la que me gusta en este momento. Ahora. Lo que tengo enfrente. Ya vendrá algo que me guste más, o no.

Armando una vida

Junto con la casa de mis papás, me tocaron todos sus muebles. Algunos antiguos, algunos simplemente viejos. En un arrebato de tristeza, regalé la sala entera (igual era la cosa más fea de toda la historia de todos los muebles de sala que jamás hayan existido), la cama de mis papás, unas mesas y no recuerdo qué más cosas. Pero me quedé con muchos de los muebles que usaba mi papá en su estudio, incluída su silla.

Nuestras vidas las armamos con las piezas de las experiencias que decidimos guardar. Lo sepamo o no, esos recuerdos a los que les damos vueltas son los muebles que usamos en nuestros cerebros. Y cada uno escoge la decoración que quiere.

Se ha descubierto que cada vez que recordamos algo, lo cambiamos ligeramente por el simple hecho de examinarlo. Yo creo que cada vez lo vemos desde un punto de vista diferente, porque nosotros no somos los mismos. Podemos apreciar nuestra propia historia con nuevos ojos y darle un sentido a las cosas que hemos pasado. Hasta los malos recuerdos tienen una función enriquecedora,  si logramos la distancia necesaria para verlos sin dolor.

Algo así como mis muebles viejos. Poco a poco los he ido cambiando a mi gusto, porque quiero conservar el recuerdo, pero lo quiero transformar en algo que me guste. Un buen ejemplo es la silla que usaba mi papá para trabajar. Negra con gris. Ya no. Ahora es mía. Y es rosada.

Cosas Nuevas

No me gusta correr. Siempre he dicho que correr arruina las rodillas y bota el busto. Nunca le he encontrado la gracia a pasar de un lugar al otro, menos subirme a una banda que no va a ninguna parte. Como ejercicio de aguante, he estado nadando. Todo bien. Dar vueltas a la piscina escuchando mis propios pensamientos me ha servido hasta de relajación.
Siempre hay cosas que no nos gustan. Y no tenemos que forzarnos a probarlas todas. Pero sólo hacer lo que nos sale bien, comer la comida que queremos y hablar con la gente que nos agrada, nos hace el mundo muy reducido.
Un buen ejemplo es en los libros que leemos. Podemos tener un género que nos engancha, pero hay tantos más, que quedarnos sólo leyendo fantasía nos dejaría sin jamás haber descubierto a un Ruiz Zafón o a un Sacheri.
El secreto de ejercitarse exitosamente también está en variar y eso, necesariamente, implica hacer cosas nuevas. Meternos ideas nuevas en la cabeza nos expande el mundo. Probar comida que nunca habíamos ni oído nombrar, hasta nos acerca a culturas diferentes. Platicar con gente nueva nos permite vivir nuevas experiencias.
La vida es más rica, más satisfactoria, cuando nos abrimos a vivirla.
El calentador de la piscina al aire libre en un lugar muy ventoso de la ciudad, está arruinado desde hace un mes. El agua está helada y yo de verdad ya probé nadar así, pero es una tortura a la cual no estoy dispuesta a someterme. Ya llego un par de semanas corriendo…

Llenar el saco

De acuerdo con la época, tengo metida la imagen de un Santa con su saco de juguetes al hombro. Esos recipientes mágicos a los que les cabe de todo, como la bolsa de tela de alfombra de Mary Popins, de la que saca hasta una lámpara, siempre me han fascinado. Cuando los niños eran bebés, no estuve lejos de hacer actos de prestidigitación con lo que lograba encontrar entre la mía.

Algo así parece ser la mente. Se alimenta de lo que le metemos y le da vueltas a lo que dejamos entrar. Hasta cuando estamos dormidos, el subconsciente se encarga de seguir masticando lo que le dimos durante el día.

Las ideas son poderosas, le dan forma a nuestra vida, porque son el lente que le da la distorsión con que la vemos. La percepción de lo que ocurre a nuestro alrededor sólo está dentro del cerebro. Allí procesamos toda la información sensorial que nos informa del mundo «real». De allí sacamos los sentimientos que asociamos a ciertas reacciones. Y allí creamos los mundos interiores que no siempre podemos compartir.

Qué le metemos a nuestra mente determina qué sacamos para dar. Mientras más cosas tenemos para confrontar ideas nuevas, y más abiertos estamos a entenderlas, mejor preparados estamos para lo inesperado.

Quién sabe cuándo necesitemos sacar del saco de nuestra cabeza algo semejante a una lámpara.

Ser binaria

Para mí, las propuestas binarias tienen una fascinación especial. Me encanta pensar en un mundo simple en el que las cosas son claras, los sentimientos se dicen sin pena y hay sí o no. El otro lado de esa moneda es que soy radical en mis decisiones y me parece que no puedo volver atrás jamás.

En la naturaleza no existe el negro. Ni el blanco. Siempre es un matiz de varios colores que dan la impresión de oscuridad y claridad. La vida no es radical y de lo único de lo que no se vuelve es de morirse. Y como eso de todas formas nos va a pasar a todos, ya ni siquiera es algo de qué preocuparse.

Todas las decisiones que tomamos tienen consecuencias buenas y malas y nos toca decidir si unas son más que las otras. Pero tenemos que escoger. Allí sí que hay que ser radical. Quedarnos de brazos cruzados, esperando que la vida nos lleve a donde quiera, es triste, es haragán, es un desperdicio. Prefiero mi clase de fatalidad.

Quisiera, por ratos, perder un poco de mi propensión a verlo todo partido en dos. Probablemente sería más amable, sobre todo conmigo misma.

Terremotos

Ni el planeta en el que vivimos se mantiene estático: terremotos, erupciones, deslaves, avalanchas. La faz de la Tierra cambia todoel tiempo. ¿Por qué entonces nosotros nos empeñamos en que todo permanezca igual?

Hablábamos con amigas de algo tan superficial como vestirse y arreglarse igual que uno lo hacía veinte años atrás. Puede que sea lo que mejor nos sale. O que nos recuerde de alguna época especial en nuestras vidas. Lo cierto es que ya no somos los mismos y retroceder el tiempo no se puede, aunque paremos el reloj a pura necedad.

Nuestra vida debe ser un constante avance, a veces suavecito, como deslizarse por una colina con un costal. A veces nos agarra un buen terremoto que nos cambia todo el terreno.

Lo importante es tener una meta más allá del siguiente paso, algo que nos sirva de guía permanente, grande, importante, que nos trascienda. Una estrella que parezca inmóvil en el firmamento, así nos enseña el camino a seguir, aún y con un mapa diferente.

Y bienvenidos los terremotos. Hay que sacudirse de vez en cuando.