Y apenas es martes

Yo sé que esto lo leen en miércoles, pero ahora que lo escribo es martes por la tarde y yo siento que ya pasaron tres semanas desde el lunes. El niño está enfermo (gripe, fiebre, tos, niñez al fin) y eso viene a cambiar el flujo normal de mis días. Le inyecta una dosis extra de preocupación y potencia el sentimiento de impotencia que yo de mamá siento frente a mis hijos.

Y es que uno de padre siempre sabe que no tiene mucho, o tiene nada, bajo control cuando se trata de los niños, sus golpes, enfermedades, sentimientos y demás. Allí sí toca navegar hacia un horizonte anhelado, esperando que el viento que uno escoge realmente lo lleve allí. O sea, todos queremos que nuestros hijos sean personas de bien, que sean felices, responsables, con habilidades para sobrellevar la vida, que encuentren el amor (en la forma que sea más perdurable), que hagan algo para lo que sean buenos y les guste. En pocas palabras, todos queremos lo mejor para ellos. El detalle está en cómo.

La respuesta, lamentablemente, es «quién sabe». Por lo menos no a ciencia cierta. Porque yo puedo ver los resultados de muchas actitudes que me gustan en mis hijos, pero no tengo la certeza que eso los lleve a lo que me gustaría para ellos. Y también puedo ver todas las cosas que yo hago mal con ellos con mucha más claridad que lo bueno. A veces me dan ganas de renunciar a este chance. Es jodido.

Sobre todo en semanas como ésta, que comienzan con exámenes de sangre y demás sorpresas simpáticas. Y aún no he llegado al miércoles. Miércoles.

Las palabras que nos definen

Cada vez hablo menos por teléfono. Las voces a través de los aparatos me suenan raras y me da pena molestar a la gente. Me fascina la poca invasividad de un mensaje de texto enviado por cualquiera de los muchos medios sociales que uno tiene a su alcance. Mi círculo de interacción diario es reducido y lo he ido puliendo de tal manera que, la gente que verdaderamente me rodea, es una influencia positiva en mi vida.

Tal vez por eso me choca cuando salen palabras poco agradables de mi boca, hacia mí o hacia gente cercana. Generalmente soy mucho más dura conmigo misma de lo que soy con cualquiera. Como todo, es bueno y es malo. En extremo para ambos lados. Soy capaz de levantarme de la cama a hacer lo que tengo qué hacer, porque lo tengo qué hacer. Eso es bueno. Lo malo es que lo hago aún cuando estoy ardiendo en fiebre.

La voz con que nos hablamos es una mezcla de lo que escuchábamos de niños, lo que nos decíamos de adolescentes y lo que nos susurramos de adultos. Nunca es objetiva. Imposible. Nos sale desde adentro. Lo que sí deberíamos de procurar es que siempre fuera cariñosa, por muy sincera que la tengamos calibrada.

Nuestro mundo está lleno de palabras, lo que no logramos definirnos no tiene una sustancia completa, la existencia misma depende de poder ser nombrada. Así mismo nosotros. Cada palabra con las que nos describimos nos define.

Espero poder definirme de una forma que quiera llegar a ser, aun cuando no haya llegado allí todavía.

No había sol

Es marzo y uno plancha los vestidos para calor, esos vueludos y livianos que se mueven con cada paso que uno da y que son la envidia de los hombres que tienen qué usar pantalones. Yo siempre me quejo del calor cuando hay, porque creo que no me gusta. Pero ahora he estado deseando sol y playa y agua y calor. De ese que te envuelve como un abrazo y te hace querer quedarte allí donde estás, respirando apenas.

Ese calor coincide con las mañanas deportivas de los niños y allí salimos, armados de bloqueador solar, sombreros, anteojos oscuros… todo para sentir que el clima nos estaba jugando una mala pasada. Todo nublado, todo gris, todo frío. Y el viento. Como para arrancar árboles.

El clima es de esas cosas que son completamente incontrolables en nuestra existencia. Y dependemos de él en muchas más formas que sólo la inmediata de nuestra comodidad y la ropa que escogemos. Lo que comemos y nuestra propia subsistencia están atadas a que cambiemos de temperatura, humedad y todos esos cambios meteorológicos básicos.

Hay dos formas básicas de enfrentar lo que no podemos controlar: o dejamos que nos afecte, o no. Aplica para el tráfico, el humor de la pareja, el barro que nos sale en medio de la frente… Realmente, lo único que podemos controlar son nuestras propias reacciones ante los impulsos externos de los cuales nos rodeamos. No es bueno ni malo, simplemente así es la vida.

Saber que el control, ese que quisiéramos tener sobre todo, pero que no existe, no es poder, libera.

Y pues, no, no había sol. Menos mal también llevábamos con qué abrigarnos.

Robarle tiempo a la vida

Mi vida transcurre entre horarios bastante exactos. Rara vez no le tengo asignada una actividad a un momento de mi día. Me sirve de tranquilidad, porque sé qué voy a estar haciendo. Pero a veces siento que se me va la existencia como por un resbaladero, agarrando velocidad y sin poder parar.

Cuando me agarra eso, me da ansiedad. Porque entiendo que no puedo morirme sin haber disfrutado de lo que me pasó. O sin hacer algo propio. O, simplemente, sin salirme de la aviada que llevo y que me acerca cada vez más al trancazo final.

Tener rutinas sirve para pasar un día al otro. Está bien. Salirse de ellas sirve para tener días que hacen que valga la pena vivir.

Poder poner pausa y sentarse a sentir. Recordar lo que viste pasar. Ver hacia adelante. O, simplemente, no hacer nada.

El tanque emocional necesita llenarse. Es sorprendente que no sea más seguido esa necesidad. Pero, si no la atendemos, nos fundimos.

Trato de tomarme esas pausas. No siempre puedo. Por lo menos estoy consciente que lo necesito. Peor sería quedarme tirada en medio del camino. Para mientras, sigamos en bajada, aprovechando el envión y deseando fervientemente que el choque no sea pronto.

Dolores de cabeza y otras inutilidades

Creo que estoy sobre entrenada. Creo. No sé. Hoy me costó un mundo pegarle una patada decente al dummy en el karate y casi me muero corriendo después. Pero eso no es ni extraño en mí, ni nada de qué preocuparse. O sea, no poderle pegar una cachimbeada al dummy, sí, pero que yo me exceda, no.

Admito que tengo una personalidad tenaz (no me gusta la palabra «obsesiva», es demasiado definitiva) y agarro con disciplina todo lo que emprendo. El problema con eso se presenta de dos formas: o me aburro porque lo que hago con ahínco no es lo suficientemente retador como para mantener mi interés; o lo hago hasta morir en el intento de la perfección.

Durante nuestras vidas probamos diferentes actividades: pasamos de hacer un deporte al otro, de clases de pintura a las de canto, de la guitarra al piano… De un novio a otro… No todos tenemos la suerte de haber escogido una carrera que nos gustara y que no quisiéramos cambiar, pero he conocido gente que, luego de seis años de estudiar medicina, resultaron de compañeros en derecho. Creo que es válido. Sobre todo si uno puso todo su empeño por hacerlo de la mejor forma posible y, simplemente, no era lo que le gustaba.

Pero también hay ocasiones en las que hay que hacerle ganas. Porque siempre hay de esos desiertos de la emoción en cualquier actividad, interés, relación. Y es cuando uno debe evaluar si vale la pena ser necio y agarrar un segundo aire, o no.

Así como yo hoy, que terminé mis cuatro kilómetros a paso de tortuga, sacando un pulmón y arrastrando la lengua. Pero los terminé. Y pasé el resto de la tarde con dolor de cabeza. Espero que el jueves me vaya mejor.

Excusas sin razón

Ser sincero y decir las cosas claras. Es una actitud loable, que deja poco espacio para ambigüedades y malentendidos. Y que le sirve de excusa a mucha gente para soltar cualquier grosería que se le aparece en la mente.

Aunque realmente es imposible crear una reacción emocional en otra persona, es igual de imposible hacerse la bestia de las consecuencias que puedan tener nuestras palabras. Cada una de las cosas que decimos tiene una carga emocional y es importante conocerlas para no pasar por la vida blandiendo un bate «sin querer».

Ser sincero es excelente. Mejor que decir mentiras, por supuesto. Pero los dilemas existenciales no son entre una cosa buena y una mala, eso es muy fácil. La mayor parte de conflictos personalea vienen de tener que decidir entre dos cosas buenas.

No podemos pasar atropellando a los demás sólo porque queremos ser francos. Y tampoco podemos chocar contra nuestros propios ideales sólo por convivir. El lenguaje sirve para comunicar ideas, mejor si se puede sin herir.

A veces, toca decir cosas que no son del todo agradables. Allí es en donde no se puede usar la excusa de la franqueza para excederse en la dureza. El respeto y un poco de filtros sociales ayudan a que el mensaje que se quiere transmitir pase más fácil. Así como cuando uno le tiene que hacer una corrección a la pareja. Es mejor si se hace desde un lugar de cariño.

Se me cayó el cielo

Bueno, no fue el cielo, fue un pedazo del techo de la casa. Entramos casi a la media noche de un concierto a encontrarnos sin techo y la mitad de la casa inundada. Por primera vez preferí irme a acostar y dejarlo para el día siguiente.

Me tocó barrer agua. Recoger los escombros de mi techo y el vidrio de la lámpara del comedor, que aún no sé cómo se rompió si no fue en donde se cayó el pedazo.  Yo siempre trato de sacarle una lección a las cosas que me suceden, principalmente para poder escribir al día siguiente.

Barrer agua es como tratar de olvidar lo malo del pasado, siempre queda algo. O como argumentar contra las propias convicciones. O querer dejar de querer. Todo eso pensaba mientras me dolía el hombro con la escoba y maldecía la lámina que se había corrido.

Hasta que, verdaderamente, decidí que barrer agua simplemente es detestable. No todo en la vida es una lección. Hay cosas que simplemente molestan y tocan hacer. Y, por eso mismo, hay que tomarlas como vienen. Tal vez no podamos silbar como Blanca Nieves mientras trabajamos, pero también podemos no hacer drama de todo.

Ya mañana me vienen a arreglar el techo.

La música que nos acompaña

Me encanta Spotify. Encuentro casi todas las canciones que busco, hago mis playlists a mi antojo (desordenadas según mis amigas) y me sacan «Daily Mixes» que mezclan canciones que he estado escuchando y nuevas similares. En mi vida, las canciones han marcado mis etapas, relaciones, humores, amores. Creía que era así con todo el mundo, pero resulta que sí existen personas a las que la música las tiene sin cuidado.

Supongo que hay gustos para todo.

Lo cierto es que siempre hay música a nuestro alrededor. Los pájaros jolgoriosos dándole los buenos días al sol en los árboles de los arriates. El «buenos días» dulce de los niños amodorrados aún. El ding de aviso de un mensaje que nos hace sonreír.

Guardamos el recuerdo del timbre de voz de la gente que quisimos y ya no está. De la primera palabra que dijeron nuestros hijos. De la canción que bailamos con esa persona.

Podemos decidir escuchar el ruido, los bocinazos, el mal tono. Nos podemos enfocar en el sonido de la alarma que nos molesta. Supongo que todo es cuestión de perspectiva. Yo bajo el vidrio del carro cuando paso de madrugada al lado de los árboles. Escuchar a los pajaritos es mi premio por ir antes que el sol al karate.

Hasta las estrellas hacen música. A veces sólo hay que escuchar con atención.

El corazón dentro del corazón

Hoy le dieron un pelotazo a JM en el colegio. Fue tan fuerte el golpe en la cara, que perdió el conocimiento. Llegué antes que la ambulancia. Habiendo hablado con el doctor, me quedaba a mí el poder de decisión de llevarlo o no al hospital. Lo llevé. Le hablé durante todo el camino, lo hice reírse. Lo obligué a hablarme claro y fuerte. No lo dejé que se durmiera. Lo cargué para entrarlo y lo acompañé mientras lo examinaban.

Le hablé calmada. Respondí sin aspavientos las preguntas de la doctora. Esperé la quinimil horas que tomó el trámite del seguro (aproveché ese tiempo para hacerme exámenes de sangre que necesitaba). Pagué. Regresé a la casa, luego de mucho tráfico, a bañarme y a recoger a la niña a la parada del bus.

El niño está bien, nada roto, nada alterado. La vida parece continuar como si nada hubiera sucedido.

Y yo me quedé con el corazón latiendo con más fuerza, la angustia que no dejé escapar en la garganta y las lágrimas presionándome los ojos. Ser el adulto responsable que tiene que mantener la calma es agotador.

Qué bueno que lo puedo hacer. Pero me quedo con la sensación de querer yo también ser vulnerable y dejarme consolar por alguien que me deje ser débil.

Ser adultos no nos quita lo sensible. Sólo nos enseña a ocultarlo.

El propósito que cambia

Hace poco me preguntaron cuál creo que es mi propósito de estar en esta vida. Pregunta más desgraciada.

Los humanos tenemos la capacidad de ver que hay una vida después de nuestra muerte, aunque no sepamos bien para qué. El mundo continúa, queda gente que nos conoció. Algo de lo que hicimos puede que nos sobreviva. Y todo eso nos hace poder considerar que tenemos algo más grande qué lograr en nuestras vidas que simplemente gastar oxígeno.

Propósitos grandiosos como fundar compañías que le den de comer a nuestros nietos. Privados como aprender a cantar.

Cada persona tiene su propia medida de lo que está llamado a hacer.

Y siempre cambia.

Pasamo por tantas etapas durante nuestras vidas, que deberíamos estar tranquilos con que la respuesta no sea igual hoy, que hace unos años. No se puede.

Mi propósito de existir en este mundo ha cambiado muchas veces en su ejecución. Me gustaría pensar que el mayor, el últiml, el más importante, es hacer lo que estoy haciendo de la mejor forma posible.

Y ser feliz.