No había sol

Es marzo y uno plancha los vestidos para calor, esos vueludos y livianos que se mueven con cada paso que uno da y que son la envidia de los hombres que tienen qué usar pantalones. Yo siempre me quejo del calor cuando hay, porque creo que no me gusta. Pero ahora he estado deseando sol y playa y agua y calor. De ese que te envuelve como un abrazo y te hace querer quedarte allí donde estás, respirando apenas.

Ese calor coincide con las mañanas deportivas de los niños y allí salimos, armados de bloqueador solar, sombreros, anteojos oscuros… todo para sentir que el clima nos estaba jugando una mala pasada. Todo nublado, todo gris, todo frío. Y el viento. Como para arrancar árboles.

El clima es de esas cosas que son completamente incontrolables en nuestra existencia. Y dependemos de él en muchas más formas que sólo la inmediata de nuestra comodidad y la ropa que escogemos. Lo que comemos y nuestra propia subsistencia están atadas a que cambiemos de temperatura, humedad y todos esos cambios meteorológicos básicos.

Hay dos formas básicas de enfrentar lo que no podemos controlar: o dejamos que nos afecte, o no. Aplica para el tráfico, el humor de la pareja, el barro que nos sale en medio de la frente… Realmente, lo único que podemos controlar son nuestras propias reacciones ante los impulsos externos de los cuales nos rodeamos. No es bueno ni malo, simplemente así es la vida.

Saber que el control, ese que quisiéramos tener sobre todo, pero que no existe, no es poder, libera.

Y pues, no, no había sol. Menos mal también llevábamos con qué abrigarnos.

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