Mi vida transcurre entre horarios bastante exactos. Rara vez no le tengo asignada una actividad a un momento de mi día. Me sirve de tranquilidad, porque sé qué voy a estar haciendo. Pero a veces siento que se me va la existencia como por un resbaladero, agarrando velocidad y sin poder parar.
Cuando me agarra eso, me da ansiedad. Porque entiendo que no puedo morirme sin haber disfrutado de lo que me pasó. O sin hacer algo propio. O, simplemente, sin salirme de la aviada que llevo y que me acerca cada vez más al trancazo final.
Tener rutinas sirve para pasar un día al otro. Está bien. Salirse de ellas sirve para tener días que hacen que valga la pena vivir.
Poder poner pausa y sentarse a sentir. Recordar lo que viste pasar. Ver hacia adelante. O, simplemente, no hacer nada.
El tanque emocional necesita llenarse. Es sorprendente que no sea más seguido esa necesidad. Pero, si no la atendemos, nos fundimos.
Trato de tomarme esas pausas. No siempre puedo. Por lo menos estoy consciente que lo necesito. Peor sería quedarme tirada en medio del camino. Para mientras, sigamos en bajada, aprovechando el envión y deseando fervientemente que el choque no sea pronto.
