Emocionarse en repetido

Ser papás de hijos pequeños implica que, la mayoría de veces que uno va al cine, mira películas para niños. Son las siestas más caras que paga uno. Y, casi siempre en la única parte emocionante de la historia, hay un «tengo qué ir al baño», seguido de una carrera precaria entre piernas de compañeros de tortura y gradas oscuras y corredores que parecen alargarse.

Pero los niños miran las historias una y otra vez y se vuelven a asustar, a poner felices, a echarle porras a los buenos. A pesar de saber qué viene después. O tal vez precisamente por eso.

Con el paso del tiempo uno pierde en mucho su capacidad de sentir emociones fácilmente. O tal vez lo reprime. Porque nos da vergüenza. O pereza. O sentimos que ya no nos corresponde. Es cierto que la emoción que tenemos con nuestras primeras veces es especial. Pero tal vez hemos estado enfocándonos en algo equivocado. No es que no volvamos a sentir esa emoción de la primera vez. Es que la volvemos a sentir y ya nos es familiar.

Si nos dejamos ir y nos damos permiso de emocionarnos, sin importar que ya conozcamos el final de la historia, recuperamos una parte de nosotros que matamos cuando crecemos.

Ver películas al lado de mi hija y abrazarla fuerte en los pedazos que le dan miedo, me ayuda a emocionarme a mí también. Y me disfruto más la película, aunque me la sepa de memoria. Espero poder hacer eso con el resto de mi vida.

Decisiones en el vacío

Me fascina la ciencia ficción. Una buena historia de cf tiene la gracia de plantearse cuestiones filosóficas profundas y desarrollarlas en un vacío existencial. Una novela que por encima se trata de alienígenas, termina siendo de genocidio. Se puede discutir el hecho mismo de existir como persona con el simple hecho de considerar la inteligencia artificial. Pero todo eso se hace más fácil, porque se sacan los problemas del contexto histórico que ya conocemos como humanidad y se discuten en un vacío.

La vida no existe en un vacío. Nunca. Todas las decisiones que tomamos tienen repercusiones que van más allá del acto inmediato que realizamos. Podemos (y deberíamos hacer nuestro mejor esfuerzo por) prever hasta cierto punto qué va a ser afectado por lo que hagamos. Pero nunca podemos tener una dimensión entera de todo lo todo que podemos tocar con nuestras acciones. Tiramos la piedra al agua y vemos con claridad los primeros círculos, pero los demás no dejan de existir sólo porque se van ensanchando y ya no los distinguimos.

Todo lo que hacemos tiene consecuencias. Todas son irreversibles, porque no podemos echar a andar el reloj para atrás. Así sería muy fácil meter la pata. El problema es que siempre nos tenemos qué tragar el resultado de nuestros actos, aún cuando no fueran lo que queríamos.

No vivimos en el vacío. Sólo hay vacío en el espacio y allí no podemos sobrevivir. Ni en las novelas de ciencia ficción.

Torturas necesarias

Me están haciendo los pies. Detesto que me hagan los pies. Tengo los deditos igual que los de Pedro Picapiedra, gordos y cuadrados. Yo me los dejaría en paz para siempre, sin tocármelos jamás. Pero me molestan para correr y, lo admito, me encanta tener pintadas las uñas.

Hay tantas cosas en la vida que uno tiene qué hacer para estar bien (o, al menos, mejor), que caen mal. Como bajarle al egocentrismo un par de rayitas. Tener conversaciones difíciles pero necesarias. Ejercitar la mente. Fijarse en todos esos defectos que le salen a uno si uno no los está limando constantemente.

Porque es muy fácil entrar en el modo «yo así soy y que me quiera el que me quiera». Pero no es tan sencillo. O, pues, sí lo es si a uno no le importa ser odioso. Pero si uno convive con gente que quiere, hace el esfuerzo por bajarle al ácido.

Lo malo es que uno no siempre se da cuenta de cómo está. O no quiere darse. Para eso sirve tener gente alrededor que lo quiera a uno lo suficiente como para halarle las orejas. Aunque duela y se sienta feo y dé vergüenza.

Yo tengo la dicha de contar con amigas que me llaman al orden. Las quiero y les agradezco profundamente que me traten con el suficiente aprecio como para decirme que no me aguantan. Duele, pero se le hace ganas. Porque las quiero de vuelta y no quiero que se vayan.

Mientras me arreglo internamente, también me tengas qué arreglar lo de fuera. Aunque deteste venir a que me hagan los pies.

Falta un pedazo

Me acaban de decir que el que ama nunca pierde. Ni aún cuando no es correspondido. Porque el hecho mismo de sentir amor nos lleva a un mejor lugar que donde estamos.

En mi experiencia, cada relación implica dejar un poco de mí misma. No siempre recibo algo a cambio. Eso me daba muchísimo miedo antes, porque creía que me iba a quedar vacía. Rota. Incompleta.

Podemos vivir sin crear lazos emocionales. Estoy segura que muchas personas prefieren eso al dolor que pueda suponer entregar algo de uno y que no sea apreciado. Porque, al final del día, eso es lo que nos da pánico: el rechazo. Somos niños que no queremos que nos abandonen. Y nos recluímos detrás de una dureza fabricada, como una armadura. Que se nos puede volver una segunda piel. Como una barrera entre nosotros y el mundo.

Pero eso no está bien. No todo el tiempo. Es como besar con un plástico de por medio. Es casi rico.

No amar por miedo es casi vivir. Estar aislado de todos modos duele. Perder un pedazo del corazón por supuesto que nos deja un hoyito, pero por allí puede entrar algo mejor. O no. Tampoco importa.

Hablar para que lo entiendan a uno

Se supone que uno habla para comunicarse. Al menos ese es el origen del lenguaje. ¿O no? Nos sorprende que animales «evolucionados» tengan formas de comunicación complejas. A mí a veces me sorprende que nosotros de seres humanos nos lleguemos a entender del todo.

Le metemos tanta carga emocional a cada palabra que decimos, muchas veces completamente personal, que no siempre logramos conectar significados.

Yo tiendo a hablar en ideas tan cortas y con tan pocas palabras, que muy pocas veces se me entiende por completo lo que quiero decir. Llego con toda una línea de pensamientos puestos uno detrás del otro y sólo enseño el último. Me acaban de decir que muchas veces es como que hubiera un fogonazo en un túnel largo y oscuro. Por eso me expreso mucho mejor por escrito, porque me obligo a desarrollar las ideas.

El problema es que a mis hijos no les puedo escribir todo el tiempo. Ni a mis amigas. Y eso me lleva a ser insoportable la mayor parte del tiempo que no me fijo bien cómo estoy hablando. Y menos el tono de voz. Allí nos metemos a otro tipo de problemas, porque, si me cuesta explicar mis pensamientos con palabras, modular el tono seco con que me expreso me llega hasta a agotar.

Pero todo eso no es excusa para no hacerlo. Porque al final del día, quiero comunicarme, no quedarme sola. Y por eso me regreso a fijarme cómo y qué estoy diciendo. De nada sirve tener boca para hablar, si nadie me entiende.

Perfección Vs Permanencia

A pesar de los días grises, fríos y lloviznosos, estamos en verano. Evidencia de eso las jacarandas reventadas de morado y los matilisguates ruborizándose por toda la ciudad. Es de las pocas cosas bonitas que tenemos para ver, pero ¡son tan bonitas! Es un momento tan precioso y efímero del año, que dan ganas de tomarles foto a cada árbol, como si no fueran a volver a florear en doce meses.

El recuerdo de un día feliz, de una comida entre amigos, de la risa de nuestros hijos, de una mirada llena dd amor. Vivimos pequeños pedazos de perfección que no se pueden atrapar para siempre.

Y continuamos nuestras vidas normales, con raíces y ramas y hojas verdes. Que no por no estar floreciendo dejan de ser hermosas.  Sólo no son perfectas.

Porque lo perfecto no se queda. Por eso lo tenemos que aprender a apreciar cuando llega, vivirlo al máximo y dejarlo ir. Para continuar con lo que sí es permanente. Hasta que nos toque el siguiente destello de algo maravilloso que adorna el verde de todos los días.

Me fascinan las jacarandas en flor. El morado, después del negro, es mi color favorito. Pero también me gustan todos esos árboles verdes en la ciudad.

Querer más

Hace ya varios años me gustaban los Cheetos. No comía muy seguido, pero cuando lo hacía, me acababa la bolsa grande entera. Obvio me enfermaba. Es demasiada cochinada junta. Pasaban meses antes que yo quisiera volver a comer un Cheeto. Y así, ese ciclo tonto de comer hasta dejarme impregnado el anaranjado hasta en lo blanco de los ojos.

Ya no como nada de eso. Ni siquiera se me antoja. Y lo que como no puedo comer hasta rebalsarme. Pero nunca se me deja de antojar.

Hay cosas que pareciera que no se pueden dejar de hacer, por mucho que uno sepa que va a parar lamentándolas. Todas son deliciosas cuando pasan y nos dejan un vacío después. Luego hay otras que, si bien no son tan espectacularmente llamativas, igual son ricas y que se pueden aprender a apreciar.

No podemos alimentarnos de Cheetos. Es más, es muy probable que los lleguemos a detestar. Pero a veces necesitamos ese estrago para darnos cuenta que no son buenos.

Supongo que hay un momento para todo. Yo recuerdo hasta con cariño esos dolores de estómago. Pero me gusta más no tenerlos. Hasta que me ponen un plato de sushi enfrente y tengo que comer, aún cuando sé bien que me va a doler mucho el comer arroz. En fin.

Me voy a dar vacaciones

Me cuesta estar sin nada qué hacer. Como si la vida me fuera a pasar factura de cada segundo desperdiciado. El problema es que mi definición de «desperdicio» es muy estricta. Pareciera que, si no tengo algo qué me ocupe la mente, las manos, el cuerpo, no estoy cumpliendo mi propósito en esta vida. Resulta que no siempre es así el asunto.

Uno de mis entrenadores «famosos» favoritos es Shaun T (el de Insanity, con el que mantengo una relación amordio de la cuál él obviamente no está ni enterado). Por él comencé a hacer ejercicio recién nacida Fátima y gracias a él no lo he dejado hasta el día de hoy. Resulta que el hombre, al que se le marcan hasta los pensamientos, recomienda hacer por lo menos tres días de descanso entre ciclo de entreno y ciclo. Eso para mí es impensable.

Pero totalmente necesario. Ya no doy. Y no sé si son mis músculos o mi cerebro o mis emociones. Lo cierto es que me siento vacía, seca, lista para romperme a la menor mala mirada. Eso sí es un desperdicio. Mi mente necesita dejar de dar vueltas, mi cuerpo necesita un día de no levantar mil quinimil veces una pesa y mi corazón necesita dejar de sentir que lo tienen ahogado.

Por eso hoy estoy escribiendo con una chela en la mano, una bandeja de brócolis tostados y una bolsita de yuquitas (todo lo cual se traduce en la gloria para mí. Me voy a dar vacaciones. Esta semana. No creo aguantar más. Pero, enfermarme, sí sería un desperdicio de vida.

El regreso

Todavía se me antojan un par de cosas: el baklava y los relámpagos. Del primero me comí un pedazo en CdMx que me sacó las lágrimas de la nostalgia. Los segundos, he encontrado en varias panaderías/pastelerías en Guate y siempre me regresan a mi infancia de niña consentida con mamá que cocinaba como los dioses.

Sentarme en la silla de cabecera del comedor de la familia. Cantarle a los peques las canciones de cuna con las que me dormía mi mamá. Hacer tradiciones con mi familia que repetimos año con año. Darles a mis hijos un lugar seguro a dónde puedan regresar, aunque sea en el recuerdo cuando sean adultos. Es de las mejores cosas que puedo pensar en darles.

Como adultos nos toca encargarnos de la vida, la propia y a veces la de nuestros hijos pequeños. Nos quedamos sin un momento para sentirnos que podemos entregar la maleta, sentarnos y dejarnos consentir. Por lo menos eso me pasa a mí desde hace diez años. Como me gusta decir con una mueca que no sé si es una risa o un puchero, “It is what it is.”

Todos necesitamos un lugar para descansar emocionalmente. Yo me he construido el mío frente a una pantalla y un teclado. En una cocina en la que hago lo que me gusta. Incluidos unos profiteroles de poca madre con helado de vainilla con los que consentí a mis hijos hoy al desayuno. Ellos también tienen mamá que cocina bien.

No me crece el pelo

Ni avanzo escribiendo. Ni me para de dar vueltas hámster de la cabeza.

Todavía no me aprendo bien mis katas. Me sigue saliendo mal la patada. No se me marcan los cuadritos.

Continúo despertándome de noche. Me enojo, bastante. Me canso corriendo y no logro aumentar la distancia.

Hay muchas etapas en las que nos quedamos estancados. En una relación que no podemos dejar. O no logramos perfeccionar algo, por más que lo practiquemos. La dieta no nos ayuda. Todavía sacamos esos recuerdos que nos lastiman.

Nos quedamos patinando como carros sobre lodo. Dando vueltas en círculos. Y a veces todo eso está bien. Porque repetir ciclos significa que aún tenemos algo qué sacarle a la situación. Que necesitamos aprender (o desaprender) lo que nos da la lección que tenemos en repetición.

La vida pareciera un juego de video en el que se aprenden habilidades diferentes para poder avanzar de nivel. Hasta que no las tenemos, no pasamos al siguiente mundo.

Es triste quedarse estancado. Sobre todo porque a veces nosotros mismos nos detenemos en el camino, porque nos da miedo lo que pueda venir.

Yo quisiera avanzar. Me cuesta más olvidar que aprender. Supongo que todavía le puedo sacar algo al dolor, aunque sea la certeza de no volver a querer estar allí.