Despertamos cantando

Hoy fue el cumpleaños de JM. 9 años. Se despertó como buen niño, emocionado a mil. Y cantando. En la casa, tres de cuatro habitantes nos despertamos felices como pajaritos dándole los buenos días al sol.

Al parecer no todas las personas son felices por la mañana. Según yo, es pura cuestión de costumbre. O de actitud. O de buena disposición.

No tengo idea. Hay estudios para todo. Lo cierto es que hoy escuché a mis hijos cantando felices de mañana y me di cuenta todo lo míos que son. Para bien y para mal. Les escucho mi tono de voz. Les miro mis muecas en la cara. Reconozco mi color de pelo en sus cabezas.

Y muero de la ansiedad. Yo sé todo lo todo que me hace falta para tener una buena medida de inteligencia emocional. Tengo esa autoconsciencia de que nos permite reconocer en dónde estamos mal, pero todavía me toca arreglarlo.

Es lindo ver las cosas con las que me siento bien de mí misma, saliéndole a los niños. Pero no dejo de pensar en todas esas otras que estoy segura, no les estoy dando.

Tener hijos es tener la esperanza de no proyectarse en ellos y dejarlos a ellos ser felices por sí mismos. Y no decirles que le bajen el volumen a la cantada por las mañanas. Aunque sea muy, muy alto.

Lo malo y lo valioso

No me gustan los trabajos en grupo. No me gustan los deportes en equipo. En mi experiencia no me siento satisfecha con esas actividades y termino despotricando. Nadar. Correr. Karate. Todo individual.

Pero la vida no es así y hay que aprender a compartir y compartirse con gente. Somos seres sociales que necesitan de un grupo para desarrollar su potencial. Por supuesto que hay desventajas en la convivencia. Nos puede caer muy mal nuestra vecina próxima, el uke que nos toca en el karate, la persona a la que nos toca atender en el trabajo.

La vida viene como esas bolsas de frituras mezcladas. Algunas nos gustan más que otras. Podríamos escoger sólo nuestra parte favorita, pero eso nos satura el paladar y después ya no le sentimos el sabor a nada. Comérselo todo nos da perspectiva y nos recuerda qué queremos y qué no.

Lo malo, además, también viene acompañado de cosas valiosas, lecciones que tenemos que aprender. Cosas de las cuales nos tenemos que alejar. Tipos de personas que no queremos ser.

Por eso me meto en actividades grupales. Convivo con mis amigos a quienes quiero. Organizo fiestas. Porque me salgo de mi comodidad y aprendo todas las cosas buenas que hay en lo que antes consideraba malo.

Es importante para mí

Las katas en el karate requieren repetición. Pero no a lo bestia. La repetición de movimientos bien hechos, tantas veces, que se vuelvan parte de la dichosa memoria muscular y ya salgan sin pensarlos, perfectos, todas las veces. Yo no puedo tirar bien una patada directa en mis katas, aunque me pagaran. No sé por qué. Lo pienso y lo visualizo y según yo mejoro. Y le miro la cara al Sempai y ya sé que siempre no.

Tal vez tirar bien una patada no vaya a curar el cáncer. Su lugar en la escala de lo trascendental está bastante abajo. Pero es importante para mí.

Tenemos muchas cosas que nos interesan. Y siempre estamos dejando de hacer algo que nos representa menos satisfacción por algo que valoramos más. Tenemos un límite de tiempo y, yo por lo menos, todavía no hacemos bilocación. También pasa que no siempre podemos trasladarle a otras personas por qué algo nos mueve el tapete.

Lograr entender que, simplemente, tenemos diferentes formas de valorar las cosas, nos facilita el respeto. Debería bastar con un «es importante para mí» para dar el espacio que se necesite, aún si no compartimos el sentimiento.

Como yo con la necedad de tirar bien la bendita patada. Algún día.

Estar sola

Amo a mis hijos, aunque a veces no me caigan bien. Lo siento, yo no puedo decir que siempre me fascine estar con ellos y que no hay mejor cosa que ser mamá. Hay muchas cosas que, dependiendo de las circunstancias, son mejores que ser mamá, como estar en una playa tragándome una margarita en vez de estar dirimiendo conflictos de dos niños quejosos. Que una cosa sea más trascendental que la otra, no la discuto en lo absoluto. Pero «mejor» es completamente relativo.

A veces quiero estar sola. Necesito que algunas ideas se despeguen de los sentimientos que las hacen salir volando y eso sólo se logra en momentos de quietud. No es lo mismo pensar antes de dormir. Para nada.

Pareciera que cada vez nos cuesta más quedarnos quietos y no hacer nada. Siempre tenemos mil cosas pendientes que nos atormentan y nos hacen pensar en lo siguiente. Nos da hasta vergüenza decir que no estamos haciendo algo importante. Y, pues… No hacer nada también es importante.

Aunque sea verdaderamente para dejar la mente en blanco. Si también el cerebro necesita un descanso, si no, nos atormenta. La meditación, deportes solitarios, hasta pintar nos ayuda a tener un pequeño momento de interiorización.

Mi vida está repleta de risas y gritos y conversaciones. Y me encanta. Pero a veces necesito no tener que abrir la boca más que para tomar agua. Eso me ayuda a no ahorcar a mis pulgos.

Sentirlo todo

Hacer pesas es un ejercicio en masoquismo. Levantas más peso del que te queda cómodo. Te duele al día siguiente. La siguiente semana lo haces mejor. Le aumentas el peso. Te vuelve a doler. Y así. Te gustan los resultados, detestas el proceso.

Lo que nos dejamos sentir es igual. Por supuesto que se puede pasar por la vida tratando de evitar todas esas emociones «feas» como la tristeza. Todavía el enojo lo prefiere uno, porque lo hace sentirse a uno con ganas de hacer algo.

Pero estar decepcionados, nostálgicos, nos apacha, nos apaga. El problema es que, casi siempre que nos alejamos de nuestros sentimientos dolorosos, también lo hacemos de los lindos.

Sentir profundamente puede ser como llevar una piedra caliente y pesada que nos oprime el corazón. O tener alas que nos llevan por encima de las nubes. Ambas son inevitables, parte de la experiencia humana plena y bien vivida. Hasta la tristeza es rica a veces cuando sale de algo bonito.

Es lo que es. El miedo al dolor no debería impedirnos querer sentir. Todo nos hace mejores. O debería. Si no, hay que meterle aún más intensidad. ¿Quién quiere entregarle a la muerte un corazón intacto, nuevo?

Ser políglota

Hay personas con habilidades lingüísticas que aprenden idiomas como si estuvieran comiendo chicle. He leído en muchas partes que, antes de los cinco años, el cerebro almacena los idiomas diferentes en distintas partes, pudiendo extraerlos independientemente. Los niños que crecen así, efectivamente tienen varios idiomas «maternos» y no necesitan traducir de un idioma al otro para comunicarse.

Pero la mayoría de nosotros aprende un segundo idioma después de sus cinco años y tiene que partir del que escuchaba a su mamá desde el vientre. Tenemos a los hámsters del cerebro ocupados buscando la palabra que corresponde para traducirla y entenderla. Es una habilidad aprendida, que toma mucho más trabajo que si nos hubieran agarrado desde chiquitos.

Resulta que el cariño también tiene diferentes formas de expresión. Para algunos, una llamada al mediodía puede ser lo máximo de cuidado y para otros, lo peor de interrupción. Una caricia relaja o enerva. Un cariñito verbal es adorable o ridículo. La clave creo que está en aprender a entender el idioma emocional que habla la gente a la que uno le importa. también explicar cómo se expresa uno, para que no lo mal interpreten. Habrá cosas que no se acepten, ciertos apodos, bromas, despliegues públicos de afecto que preferimos evitar por completo. Pero es imposible que las otras personas lo sepan si uno no lo dice.

Es como hablar mandarín en Escocia y pretender que todos nos entiendan.

Gustos heredados

Con mi papá aprendí a comerme la verdura del cocido con aceite de oliva y vinagre. Luego a él ya no le gustaba así, pero esa es otra historia. De mi mamá tengo la predilección por horarios constantes, aunque ella misma jamás siguiera uno.

Tenemos varias formas de considerarnos: como un conjunto de las cosas de otra gente, o exclusivamente autogestionados. Ninguna de las dos visiones es absoluta, ni errónea.

La existencia es fluida. Cambiamos entre dejarnos moldear por lo que nos rodea, la gente cercana, lo que estudiamos, y querer separarnos por completo, tomar nuestro propio camino, ser independientes.

Fluctuamos y nos adaptamos y nos rebelamos. En resumen: crecemos. Lo externo nos da insumos para procesar y analizar. Nos quedamos con lo que más nos gusta (aún cuando es pésimo, el subconsciente se comporta muy extraño si no examinamos detenidamente). Llega un momento en la vida en el que vemos hacia atrás y deberíamos poder hacer inventario de lo que hemos arrastrado hasta allí.

Yo escribo los números de mi mamá, pero tengo mi propia letra. Sigo comiendo verdura con vinagre, pero le echo mantequilla. Estoy dispuesta a hacer muchísimas ganas, pero no a perderme a mí misma en el proceso.

Me toca revisar mi equipaje. Hay cosas que probablemente sólo me gustan a mí. Y está bien. Son mías.

La felicidad fracturada

Creces pensando que el secreto de la felicidad está en un recipiente que lo contiene todo. Allí vas a ver la sonrisa de tu madre y sentir la caricia de tu padre y las cosquillas del primer beso, el placer del primer orgasmo, el dolor que te hala el corazón del primer amor. Guardas tu corazón y lo mantienes intacto, porque alguna vez te dolió que te hicieran un raspón y piensas “No, esto lo voy a guardar para mí, porque duele demasiado enseñarlo.” Tienes relaciones, unas buenas, unas malas, unas magníficas, otras pésimas. Pero guardas en una caja blindada tu vulnerabilidad y te entregas de a poquito. Porque no lo has encontrado todo en un solo lugar. Amas. Creces. Y te cuidas. Siempre te cuidas.
Eres feliz, tienes hijos que ensanchan tu corazón y te quitan un poco el cuidado porque con ellos tienes que ser vulnerable, porque no puedes dejarte no conmover por una manita que necesita la tuya para todo. Pero abrir el alma duele.
Hasta que de verdad te rompen la vida y quedas con el universo sin centro. El dolor transforma. Pasas la tormenta. Ya no eres igual. Todo duele. El mundo entero se vuelve una piedra que llevas encima.
¿De qué sirve haber cuidado el corazón si de todas formas sientes hasta el viento que te quema?
La felicidad no es un cuadro terminado que se mira entero.
Es un rompecabezas que armas poco a poco y que no siempre tiene cohesión. Es un edredón que vas tejiendo de diferentes imágenes. Son tatuajes en la piel que se unen porque están en tu cuerpo.
El verdadero secreto de la felicidad es saberla reconocer en donde te la pone la vida y vivirla en la faceta que te toca. Es apreciar el conjunto de lo que va a permanecer en tu vida y agarrar lo efímero por el tiempo que dure. Es entregarte sin temor al dolor, aún cuando sabes que viene, más tarde o más temprano.
Aprender a vivir la vida en pedazos es apreciar cada cambio en el paisaje. Está bien tomar algún desvío en el camino. Retomar el rumbo de lo que permanece. Agradecer lo que se recibe temporalmente.
Abrir el corazón sí duele. Entregarse es arriesgado. Sentir da miedo. Vivir de cualquier otra forma es un desperdicio de oxígeno.

Libertad

Esa palabra tiene tantas connotaciones, sobre todo en ámbitos políticos, que ya la pobra ha de estar cansada. Pero he estado considerando la que es exclusivamente para dentro y ésta es fascinante.

Cuando crecemos, se supone que las personas que nos cuidan deben llenar nuestra «canasta de necesidades emocionales» y que, si esto no sucede, uno crece con hoyos. Tratamos de rellenar esos agujeros con cosas externas y esto es como un fix que se va muy fácil.

Entender que nada es personal es sencillo de aplicar en el trabajo, como cuando uno lleva negociaciones y es ecuánime. Pero que alguien que le interesa a uno no le ponga atención y se dispara toda esa bola de cosas negativas que acarrea uno desde la infancia.

Luego tiene uno relaciones de pareja y tiene que aprender a no depender del otro, pero tener conexión emocional, pero ser libre por dentro y sentir empatía. Me lleva la gran madre. ¡Si apenas estoy aprendiendo a llevarme bien conmigo!

La libertad, para con uno, da poder. El poder de ser vulnerable con la gente que uno quiere, sin requerir que el otro nos de validación. Entender que uno puede querer y ser dulce y cursi y melosa y que no es problema de uno cómo se recibe todo eso. Me siento muy lejos de eso.

Satisfacciones transitorias

Sentarse hoy a editar el artículo que va a salir en tres días me requiere mucha disciplina. Me fascina tanto procrastinar que lo dejaría para mañana. Pero no, allí lo tengo listo. Igual no me termino la tableta de chocolate, ni dejo de correr cuando me falta la mitad, ni un montón de cosas que verdaderamente me incordian. Así mismo obligo al niño a que haga el deber del viernes desde el martes que se lo dejaron. Pocas cosas valen la pena más el corto plazo que el largo.

Pero también hay que vivir el presente. Si no me como mi chocolate hoy, mañana ya no sirve. ¿Y entonces?

Me cuesta lidiar con eso de la toma de decisiones, porque siempre quisiera estar segura de no equivocarme. Y me repudre tener la certeza que siempre voy a equivocarme en más de algo. Lo sufro más con mis hijos. Querer consentirlos hoy contra educarlos para el mañana me desgarra por dentro. Quisiera dejarlos hacer lo que les guste en todo, apapacharles cada uno de sus berrinches y guardarlos de todo lo malo. Y arruinaría a dos seres humanos.

Pareciera que la vida nos pide ser un poco más duros de lo que nos gusta. Forzarnos un poco más de lo que creemos que nos dan las fuerzas. Privarnos un poco más de lo que nos piden los gustos.

Crecer y ser un humano presentable me cuesta cada día que salgo de la cama. No siempre lo logro. Y muchas veces caigo en hacer lo que quiero ahorita, sin acordarme que hay un mañana. Mañana me toca tragarme las consecuencias.