Y apenas es martes

Yo sé que esto lo leen en miércoles, pero ahora que lo escribo es martes por la tarde y yo siento que ya pasaron tres semanas desde el lunes. El niño está enfermo (gripe, fiebre, tos, niñez al fin) y eso viene a cambiar el flujo normal de mis días. Le inyecta una dosis extra de preocupación y potencia el sentimiento de impotencia que yo de mamá siento frente a mis hijos.

Y es que uno de padre siempre sabe que no tiene mucho, o tiene nada, bajo control cuando se trata de los niños, sus golpes, enfermedades, sentimientos y demás. Allí sí toca navegar hacia un horizonte anhelado, esperando que el viento que uno escoge realmente lo lleve allí. O sea, todos queremos que nuestros hijos sean personas de bien, que sean felices, responsables, con habilidades para sobrellevar la vida, que encuentren el amor (en la forma que sea más perdurable), que hagan algo para lo que sean buenos y les guste. En pocas palabras, todos queremos lo mejor para ellos. El detalle está en cómo.

La respuesta, lamentablemente, es «quién sabe». Por lo menos no a ciencia cierta. Porque yo puedo ver los resultados de muchas actitudes que me gustan en mis hijos, pero no tengo la certeza que eso los lleve a lo que me gustaría para ellos. Y también puedo ver todas las cosas que yo hago mal con ellos con mucha más claridad que lo bueno. A veces me dan ganas de renunciar a este chance. Es jodido.

Sobre todo en semanas como ésta, que comienzan con exámenes de sangre y demás sorpresas simpáticas. Y aún no he llegado al miércoles. Miércoles.

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