Entender por partes

Me pasa muchas veces que tengo que volver a escuchar los podcasts en donde aprendo algo, porque no siempre me fijo en lo mismo, ni en todo. Siempre puedo descubrir cosas nuevas, ponerle atención a un pedazo que se me había pasado por alto. Generalmente son detalles que se escapan por ver el todo. Entonces me concentro en las pequeñas cosas y se me olvida la imagen global.

Aprendemos por tramos, muchas veces de forma escalonada, construyendo sobre bases que se alzan poco a poco. Así con los idiomas, a dibujar, a escribir. Pero hay conocimiento/sabiduría que no se adquiere poco a poco, sino en un único instante, aunque tome años llegar allí. Quererse a uno mismo, entender de dónde viene el sentimiento de agobio, la angustia, Uno lo tiene o no. O así pareciera que viene cuando al fin viene. El amor y la confianza son o no son.

El problema de ir entendiendo por partes puede ser olvidar lo que vino antes. El problema de querer entenderlo todo junto es que se puede uno perder sin una base anterior.

Así que regreso a revisar las cosas que estudio, para ver si recuerdo bien lo que creo que sé y para ver si necesito aprender cosas nuevas dentro de lo viejo.

Extrañar

Al fin estoy leyendo Kitchen Confidential de Bourdain. No es ficción, no es biografía, es una cosa intermedia, como si el tipo le estuviera platicando a uno. Dan ganas de tener un vodka a la mano. Es raro, porque siento como si hubiéramos charlado y tengo ganas de conocerlo y recuerdo que ya no está vivo.

A veces hechamos de menos situaciones que no existieron. Nos da nostalgia no haber conocido a algunas personas. Suspiramos por lugares a los que no hemos ido. En portugués, la palabra saudade describe ese sentimiento. Es muy humano y muy tonto.

Sólo nosotros, que tenemos la capacidas de imaginar cosas que no existen, podemos añorarlas como si las tuviéramos. Idealizamos personas y luego nos extrañamos que no cumplan con nuestras expectativas. Nos hacemos castillos en el aire, las cuentas de la lechera y vemos estrellarse nuestros sueños. Muchas veces sacrificamos la realidad por la fantasía.

Siempre es bueno soñar, pero no a costa de lo que tenemos enfrente. Y menos sufrir por algo que no existe. Nunca voy a conocer a Bourdain, pero lo puedo leer.

Las reglas de un juego

Últimamente he logrado que mis hijos jueguen Rummikub, un juego de mesa en el que tienen que usar estrategia y un poco de mate para ganar. Es lindo verlos hacer sus movimientos, planificar qué fichas van a usar, cómo mover las que están en la mesa y enseñarles a ganar con gracia. Lo primero es que tienen que entender las reglas, las cuáles, como es usual en este tipo de juegos, no tienen un porqué mayor a «así es el juego».

Es lindo tener las reglas claras y navegar en un canal con dirección específica del cuál uno no se puede desviar. Parte de eso es la razón de moverse entre acuerdos tácitos sociales que no necesariamente uno entiende, pero sigue. No se debe ir en pants y t-shirt a una boda aunque se pueda. No se puede insultar a alguien en la calle porque es de mala educación. No se pueden hacer muchas cosas que no necesariamente están mal hechas, sólo mal vistas. En situaciones sociales, esta ambigüedad vale y sobra y siempre hay rebeldes que van en contra de lo establecido, aguantándose las consecuencias. Hay otras personas que son verdaderamente felices dentro de un cauce determinado, porque suspender el yo crítico a veces es reconfortante. Que alguien más decida y hacer caso, como niños.

Pero hay otro plano en el que el rompimiento de las reglas tiene consecuencias ya establecidas claramente: el de las leyes. No hay forma de alegar ignorancia de las mismas y todo el que viva dentro de un territorio con sistema legislativo está sujeto a seguirlo. Todos. Sin excepción.

Así que, estimados miembros del Ejecutivo en el (des)gobierno de Guatemala, los fallos de las cortes, sobre todo el de la Corte de Constitucionalidad, se acatan. Y punto.

#NoAlMoralazo

Infotografiable

Veo fotos de un amigo que recoge escenas perturbadoras. Mareros en una cárcel, pies con zapatos sin suelas, prostitutas viejas en cantinas baratas, la desesperación hecha hombre en un bus. Puedo hacer una historia de cada una de ellas, porque me llena de palabras, todas tristes, profundas y pesadas. Pareciera que en los tiempos en que tenemos cámaras en la mano y podemos enseñar cada momento de nuestras vidas, nada está exento de ser enseñado.

Pero somos, esencialmente, imposibles de plasmar en un medio plano. Es como tratar de tomarle foto a mi gata negra. Se le borran las facciones y aparece como una masa amorfa de pelos. O, traten de tomarle una foto a un niño y verán que no capturan lo que es. Me pasa con mis hijos. No hay cámara que les haga justicia. Hasta conmigo misma. No miro en una pantalla lo que miro al espejo y jamás podré saber cómo me mira alguien más.

Va más allá de la simple representación visual. Y es que, aunque una foto captura un momento y uno puede reconocerse en ella y recordar, ya no es el que está allí, ni siquiera un segundo después. Me encanta tomar fotos con mis hijos, para que me recuerden, pero sé que esa imagen va a cambiar la que tienen en sus cabezas, así como me pasa con las fotos de los últimos días de mi madre, que se imponen sobre la mujer guapa que debería tener en la mente.

Somos infotografiables. Qué maravilla de necesidad de dejarnos quietos en un cuadrito. Aunque sea para saber que ya no estamos allí.

Sincronicidad

Estábamos hablando del concepto de libre albedrío y de cómo muchos pensadores consideran que es tan sólo una ilusión, porque las decisiones que tomamos siempre se basan sobre vivencias anteriores sobre las que no tuvimos control. Los genes que tenemos, el ambiente, los hábitos que adquirimos antes de quererlos. Y, justo esa noche, vimos un capítulo que hablaba exactamente de eso. Nos asustamos. Era precisamente de lo que habíamos discutido y nos sale en la tele.

Las coincidencias sólo son eso. Coincidencias a las que a veces les damos más importancia de la que tienen porque nos gusta encontrar patrones, razones de existir, una forma de creer que somos más importantes en el entablado de la Vida que lo que realmente somos. Lo cierto es que nos fijamos en lo que nos interesa. No tenemos otra forma de ver el mundo más que desde nuestro punto de vista. Como cuando estamos vestidos de blanco y vemos personas vestidas de ese color por todas partes.

No creo en un patrón infalible de destino que nos lleva a alguna parte y tampoco creo que todas las decisiones que tomamos son enteramente libres. Debe haber un intermedio. Y las coincidencias seguirán sucediendo.

Las hormigas

En el 2017 escribí mi primer cuento después de muchos años de no escribir ficción. Este 2019 me encuentra revisitando ese cuento, no para volver al pasado, si no para ver desde dónde comencé y hacia dónde voy. Se los dejo y les deseo un muy feliz año nuevo.

Parecían olas pequeñas y rápidas sobre la grama del jardín. Las vi cuando volteé la cara para ocultar las lágrimas que se me escapaban. Se estaban entrando por debajo de la puerta, tantas y tan juntas, que parecían un manto negro pulsante. 

Nunca había visto algo parecido. El miedo y el asombro llenaron un momento el agujero que me 

acababas de hacer y pude levantarme de la silla de donde no me hubiera podido mover un segundo antes. 

«¡Trae un trapo!», grité y fui en busca del insecticida. «¡Rápido! ¡Antes que entren en el cuarto de los niños!»

Visiones de miles de millones de hormigas negras devorando a mis hijos me hicieron moverme más rápido que los bichos que comenzaban a invadir mi casa. 

Rocié los vanos de las puertas y ventanas. Eso las detuvo. Una barrera invisible contra un peligro desconocido. Así como uno espera que funcionen las oraciones contra las enfermedades, las ausencias, los abandonos. 

Pero el insecticida sí funcionó y el mar de hormigas que pasó esa noche por mi jardín no entró a llevarse a mis hijos, ni a mí, ni a las maletas puestas al lado de la puerta. 

Ésas te las llevaste tú, junto con los años de amarte. 

Cambios de hábitos

Hay piano y batería en la casa porque es parte del plan que los niños toquen un instrumento. Mientras no han comenzado las clases, hemos tenido ruidos con más entusiasmo que pericia. Justo el tipo de vecinos que nadie quiere. Y probablemente, aún con las dichosas clases, el estruendo continuará durante mucho tiempo. Simplemente porque nadie agarra una baqueta a la primera y puede tocar en un concierto. Se necesita práctica y persistencia.

Hàbitos. Que son la parte positiva de la rutina. Eso que lo lleva a uno a decir buenos días siempre, a comer bien siempre, a esforzarse siempre. Precusores de los resultados que buscamos, aún cuando no sabemos que eso es lo que estamos persiguiendo. Porque todo lo que hacemos de forma repetitiva y sin fijarnos, nos lleva a una parte, buena o mala.

Estoy incorporando un nuevo hábito a mi rutina. Uno. Eso es todo el cambio de este año. Espero que sea suficiente para mejorar en todo.

Y que este año que empieza mañana martes, sea gratificante para todos.

Cuando no queda de otra

Salí a correr. En lo que podía, porque tenía más de un año de no hacerlo. Tampoco es que esté entrenando para una maratón, así que me lo tomé con calma. Detesto correr. Me duele la cintura, no he logrado encontrar mi ritmo y no avanzo. Pero lo hago. Porque la piscina está helada y no quiero morir en el agua, congelada. Traté, me dolió hasta el recuerdo de la juventud perdida. No hay forma que me meta a esa piscina antes de febrero. Así que tengo que hacer algo diferente. Ergo, correr.

Las cosas que hacemos no siempre nos gustan, pero las terminamos porque nos llevan a un lugar que buscamos. Como practicar un instrumento, o hacer planas, o escribir estas tonteras todos los días. El ejercicio repetitivo nos permite liberar la mente al momento de ejecutar. En el karate se dice que hay que hacer las katas tantas veces como para que se nos olviden. No lo entiende uno hasta que está en el examen y no quiere estar pensando cuál movimiento toca, porque igual no lo recuerda. Pero el cuerpo lo hace solito y allí se va uno. Haría la analogía de montar bicicleta y nunca olvidarlo, pero nunca aprendí, así que no me queda bien.

Todos necesitamos un momento de descarga, algo que nos exija un esfuerzo incómodo, porque eso nos enfoca en lo que hacemos y nos libera la menta de todo lo que andamos arrastrando. Antes, cuando decidí que iba a correr, decía que lo hacía, no para alejarme de mis problemas, si no para alcanzarlos y patearlos. Ahora nado con la misma mentalidad, pero no hasta que caliente el sol.

Me mordió un perro

Hace añales. Pero a veces lo cuento como si hubiera sido ayer. Así como uno cuenta del día que conoció a la pareja, de cómo fue el emba rade sus hijos, la vez que lo despidieron y no tenía ni para regresar a casa.

Hay eventos personales que nos marcan la vida y podemos partirla en un antes y un después. Lo malo es que a veces nos quedamos reviviendo esos momentos fuertes y nos perdemos los que vienen. Porque siempre vienen más. Y no sólo los que parecen grandes y portentosos, sino todos los que se suceden. Es igual de vital un día en el que no pasa nada memorable que uno en que sí.

No ponerle atención a lo que sucede ahora por estar pensando en lo que nos sucedió se puede volver un impedimento para ser feliz. Me refiero a la felicidad como la línea base de la personalidad, no a las alegrías de momentos específicos.

Trato de fijarme en lo que tengo enfrente todos los días y guardarlo bien. Porque las cosas que pasaron y me marcaron, sólo son eso, cosas que dejaron alguna huella pero que yo puedo decidir cómo seguir. Como el perro. No me dan miedo. Aunque nunca me han gustado.

Comí demasiado

Entre el desayuno con la familia de mis hijos y el almuerzo con mi familia y la cena en mi casa, pareciera que celebramos las fiestas comiendo. Supongo que es una forma tangible de sentir el cariño, nada tan poderoso como la química de la comida para disparar sensaciones de felicidad. Si no piensen cómo se sienten después de un plato de pasta o unas tortillas o un helado.

La comida es un atajo hacia las emociones y los recuerdos. Abre las puertas del tiempo junto con el olfato y nos regresa a personas y situaciones especiales. A mí me es más sencillo recordar acontecimientos por lo que estaba comiendo que por la ocasión en sí. Una de esas tarjetas de memoria que disparan los conocimientos asociados.

Es rico comer con la gente que uno quiere. Hacerles las cosas que les gustan. Lo que me cae mal es engordar tan fácil. En mi interior luchan una gorda reprimida y una vanidosa. Algún día dejaré que triunfe la gordita y tal vez seré feliz.

Espero que todos hayan pasado unas felices y celebradas fiestas. Que se hayan rodeado de personas que les demuestren que los quieren. Y que, si estuvieron tristes, les hayan dado un buen abrazo.