Infotografiable

Veo fotos de un amigo que recoge escenas perturbadoras. Mareros en una cárcel, pies con zapatos sin suelas, prostitutas viejas en cantinas baratas, la desesperación hecha hombre en un bus. Puedo hacer una historia de cada una de ellas, porque me llena de palabras, todas tristes, profundas y pesadas. Pareciera que en los tiempos en que tenemos cámaras en la mano y podemos enseñar cada momento de nuestras vidas, nada está exento de ser enseñado.

Pero somos, esencialmente, imposibles de plasmar en un medio plano. Es como tratar de tomarle foto a mi gata negra. Se le borran las facciones y aparece como una masa amorfa de pelos. O, traten de tomarle una foto a un niño y verán que no capturan lo que es. Me pasa con mis hijos. No hay cámara que les haga justicia. Hasta conmigo misma. No miro en una pantalla lo que miro al espejo y jamás podré saber cómo me mira alguien más.

Va más allá de la simple representación visual. Y es que, aunque una foto captura un momento y uno puede reconocerse en ella y recordar, ya no es el que está allí, ni siquiera un segundo después. Me encanta tomar fotos con mis hijos, para que me recuerden, pero sé que esa imagen va a cambiar la que tienen en sus cabezas, así como me pasa con las fotos de los últimos días de mi madre, que se imponen sobre la mujer guapa que debería tener en la mente.

Somos infotografiables. Qué maravilla de necesidad de dejarnos quietos en un cuadrito. Aunque sea para saber que ya no estamos allí.

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