Las reglas de un juego

Últimamente he logrado que mis hijos jueguen Rummikub, un juego de mesa en el que tienen que usar estrategia y un poco de mate para ganar. Es lindo verlos hacer sus movimientos, planificar qué fichas van a usar, cómo mover las que están en la mesa y enseñarles a ganar con gracia. Lo primero es que tienen que entender las reglas, las cuáles, como es usual en este tipo de juegos, no tienen un porqué mayor a «así es el juego».

Es lindo tener las reglas claras y navegar en un canal con dirección específica del cuál uno no se puede desviar. Parte de eso es la razón de moverse entre acuerdos tácitos sociales que no necesariamente uno entiende, pero sigue. No se debe ir en pants y t-shirt a una boda aunque se pueda. No se puede insultar a alguien en la calle porque es de mala educación. No se pueden hacer muchas cosas que no necesariamente están mal hechas, sólo mal vistas. En situaciones sociales, esta ambigüedad vale y sobra y siempre hay rebeldes que van en contra de lo establecido, aguantándose las consecuencias. Hay otras personas que son verdaderamente felices dentro de un cauce determinado, porque suspender el yo crítico a veces es reconfortante. Que alguien más decida y hacer caso, como niños.

Pero hay otro plano en el que el rompimiento de las reglas tiene consecuencias ya establecidas claramente: el de las leyes. No hay forma de alegar ignorancia de las mismas y todo el que viva dentro de un territorio con sistema legislativo está sujeto a seguirlo. Todos. Sin excepción.

Así que, estimados miembros del Ejecutivo en el (des)gobierno de Guatemala, los fallos de las cortes, sobre todo el de la Corte de Constitucionalidad, se acatan. Y punto.

#NoAlMoralazo

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