Ser feliz si se puede

Hoy pregunté en Tuiter si serían felices si pudieran. No me refería a serlo todo el tiempo, sino a la posibilidad de alcanzar ese estado y la disponibilidad para hacerlo. Me cuestiono últimamente mi propia capacidad para ser feliz, porque me detengo demasiado en los pensamientos que me lo impiden. Un remolino que me traga y no me devuelve sino para volver a comenzar.

Se complica con el paso del tiempo salir de los lugares que cavamos, cada vez vemos más lejos la orilla y tal vez creemos que después del fondo llegaremos al otro lado. Lo extraño es que lo único que se debe hacer es parar. Detener el tren de pensamiento. El esfuerzo es grande porque hay que ponerle freno a una máquina en movimiento.

Por eso me intriga si yo sería feliz si tuviera la oportunidad o preferiría seguir subida en mi carrito en picada. Espero elegir no estrellarme.

La estela y el rumbo

Navegamos por la vida dejando detrás de nuestro un surco que desaparece casi instantáneamente. Apenas dejamos un recuerdo vaporoso en la mente de quienes quedan y éste está distorsionado por la percepción de quien lo guarda. Lo que dejamos resuena en la distancia como un eco. Las palabras que escribimos se desvanecen, no hay tinta eterna.

Pero igual de seguro es que herimos el agua para abrirnos rumbo, dejamos una impresión aunque sea efímera, luchamos con cualquier elemento que nos presenta resistencia. Si no somos permanentes, tampoco nos desaparecemos cuando estamos presentes.

La naturaleza del ser humano es encontrar un camino hacia dónde dirigirse, plantar una bandera en lugares deshabitados, pintar cavernas oscuras. Y luego ya no estar. Dejar a su paso apenas el aroma de su piel para que los demás sepamos que alguien estuvo allí.

En mi vida, en este momento, me sé inconsecuente, impertinente, reemplazable. Y también me sé perseverante. Tal vez la estela que deje tras de mí no dure lo que tarda la espuma en derretirse, pero mi barco estará enfilado hacia el puerto que quiero, aunque me quede a medio mar.

La mala poesía

Escribo poesía, sabiendo que lo hago mal. No porque tenga ilusión de hacerme mejor, sino porque a veces sólo así puedo decir lo que tengo en el cerebro y prefiero sacarlo, aunque sea defectuoso. Uno de mis mejores maestros dice que cualquier cosa que valga la pena hacerse, vale la pena hacerla mal. ¿Te gusta bailar y pareces Elaine de Seinfeld? Qué importa. ¿Quieres hablar un idioma y suenas a Terminator? Dale. ¿Te llama la atención pintar y la De León lo hace mejor que tú? No es relevante.

Todo lo que uno hace es sujeto de hacerse mejor. Si se espera a ser maestro en las cosas, podemos esperar para siempre. Lo cierto de cualquier actividad humana es, primero, subjetiva y luego, imperfecta. hay más mérito en realizar lo que a uno le gusta, poniéndole todo el esfuerzo que uno pueda, a ser extremadamente talentoso y no sudar la práctica.

Mis hijos se tienen aprendido el hecho que es peor ser haragán que tonto. Pero también saben que si pusieron de su parte, yo los voy a felicitar aunque el cuadro esté torcido, la canción desafinada y los panqueques incomibles.

Yo escribo mala poesía. Buenos cuentos. Y seguiré haciendo ambos porque vale la pena para mí.

No dejes que te digan

Que si en el colegio me tenían apodos nada agradables. Tanto así que no recuerdo el peor de ellos, por mucho que intente hacer memoria. Y está bien, era una mezcla de animales y no precisamente de los agraciados.

Crecer es tratar de dejar atrás la vestimenta de opiniones que los demás nos pusieron encima. Qué mejor que poder quitársela como cualquier otra prenda de vestir. Lo malo es que no se va. Porque la hicimos nuestra y nosotros mismos las seguimos usando.

Dejarme que la opinión de alguien más me defina ya es demasiado. Tengo suficiente con la voz criticona de mi interior.

Creer en lo absurdo

Sólo es necesario creer en las cosas que no se ven. En Dios o lo que pongan en su lugar, en la Justicia, la Verdad, el amor. Se necesita creer. Con todas las fuerzas para darle sustancia a lo que no existe en el plano del meter los dedos en la llaga. Yo sé que siento amor, no lo puedo meter en una caja para darlo.

Nos queda sólo demostrarlo. De forma en que el interlocutor lo entienda. Lo sienta como propio. Todas esas cosas importantes, al momento de enseñarlas a los niños por ejemplo, se convierten en un ejercicio de dibujo en la oscuridad. Yo quiero pensar que les estoy demostrando lo que siento, que les enseño la importancia de decir la verdad, que les estoy dando un lugar cálido. Pero es más cuestión de cómo lo reciban ellos.

Creer, lo que implica estar seguro que eso que no se puede palpar es cierto, es exclusivamente humano. Somos capaces de perder la vida por abstracciones, de perseguir un ideal sin forma. De ir a la guerra.

Todas las creencias, en ese sentido, son absurdas. Pero la lógica tiene límites, no todo es racional. Seríamos, allí sí, un mundo completamente absurdo si sólo actuáramos conforme a lo que vemos.

Las frases memorables

La Historia está escrita en frases memorables, desde ordenar que se haga la luz y seguro alguien la terminará con un “fin”. Los momentos que ameritan decir “la suerte está echada”, “tú también, Brutus”, “el estado soy yo” y tantas otras que nos sitúan en su época, son la conclusión de una serie de eventos y pensamientos previos a los que no tenemos acceso.

Me pasa frecuentemente que suelto el final de un camino que ha recorrido la idea en mi mente como si el otro lo entendiera. Y no.

Pocas cosas como la claridad. Es mejor explicarse de más a ser malinterpretado. Al final, uno no es un personaje histórico conocido por sus frases.

Siempre se puede estar mejor

Es usual que, cuando uno cuenta que algo sucede malo, el interlocutor con toda la buena intención del mundo le diga que podría ser peor. Claro que podría ser peor, siempre hay grados hacia arriba y hacia abajo por los que se puede aumentar o disminuir. Y no es una cuestión de ni siquiera falta de empatía, aunque a veces eso se suma, sino de la noción que tenemos que es necesario compararnos para ver si somos felices o no.

Pregúntenle a cualquier mujer que se siente medianamente en forma cómo se compara con una modelo y siempre dirá que necesita bajar de peso. O casi siempre, tal vez las generaciones nuevas vengan más sanas de sus autoestimas. Lo cierto es que sí existimos en un vacío para efectos de la medida de nuestros sentimientos, porque nadie está dentro de nuestra cabeza. Por eso es tan importante la tristeza de los niños, porque para ellos sí es el fin del mundo un juguete roto o un amigo que no los saludó.

Siempre se puede estar más o menos. Pero ni pensar en las cosas peores nos consuela y compararnos con las mejores nos arruina un poco la felicidad.

Quisiera que eso que escribo se me grabara en la mente, porque me acabo de comparar con una chica que parece escultura y ahora estoy considerando no volver a comer hasta el 2020.

Hice donas

Poco a poco comienzo a soltar lo que puedo hacer y lo que no después del diagnóstico de mi niña. Ha sido complicado dejarme ir y confiar que su glucosa un poco alta no es el fin del mundo.

Pero hoy hice donas y les puse helado y se le subió y no pasó nada. Ya va bajando.

Soltar. No controlar. No controlo nada, a veces ni mis emociones que me tuvieron escogiendo fechas estúpidas hasta hace un mes.

Seguiré cocinando cosas poco a poco y creyendo que sí podemos salir adelante y tratando de soltar. Supongo que ese es el proceso que me toca a mí.

Escribir para olvidar

Escribo en este espacio para sacarme las ideas que me persiguen hasta en sueños. Es una forma de darles cauce y que se pierdan en un mar de otras ideas y no me ahoguen por dentro. Todo lo que escribo lo exorcizo, se queda atrapado entre símbolos concretos. Adiós.

La palabra escrita tiene permanencia en lo externo. Olvidamos con facilidad lo que leemos porque sabemos en dónde volverlo a encontrar. Por eso pocas veces nos aprendemos un diálogo de una novela. La memoria nos sirve para llevarnos a la puerta en donde está archivado esa página, no necesariamente a la misma.

Pero, lo que escuchamos, las cosas que nos dicen, se quedan grabadas en nuestro ser porque no tenemos otra forma de guardarlas. Y, lamentablemente, las palabras hirientes se cincelan con dolor y son indelebles. ¿Qué hace que pese más un «no te quiero» a mil «te amo»? Podría decir que como humanos estamos más pendientes de lo que nos hace daño para no volver a acercarnos allí. El puro instinto de supervivencia. Pero creo que eso no es todo el cuento. Creo que es porque el dolor implica profundidad, que se meta una espina, que penetre el golpe. Las caricias son ligeras y hay que tener mucha atención al fantasma que dejan tras de sí como para retenerlas en la piel. Lo que duele deja marcas, cicatrices.

Escribir sirve para aligerar la presión. Y para fijar algunos recuerdos felices.

Me lo explicaste, lo entiendo, pero no

La psicóloga me hizo la distinción, hace ya algún tiempo, entre entender con la mente y entender con el corazón. Como si hablara con la esfinge, una adivinanza que me ha costado la vida. Bueno, no tan dramático, pero casi.

Resulta que hay cosas que entiendo perfectamente bien en mi cabeza, como el que mi papá me quería, pero que no sentí. Y allí está la clave. Podemos poner las piezas del rompecabezas en el orden correcto, pero si no enfocamos la figura que forman, no sirve de mucho.

La razón nos ayuda a desmenuzar los pasos, a encontrarle sentido a las acciones y hasta a sanar. El corazón, o los sentimientos, son los que nos motivan para futuras acciones. Cuando lo que descubrimos con el pensamiento no corresponde con las emociones que surgen sin que las pidamos, nos paralizamos y decidimos no seguir. A veces las corazonadas sólo son las advertencias de algo que no quiere volver a ser dañado.

Lo cierto es que no hay escudo contra el dolor emocional. Allí nos ayuda el cerebro dándonos un pequeño empujón, aunque luego tenga que exprimirse de nuevo en la terapia.

Tal vez lo que necesito es un intérprete cerebro/corazón que me traduzca lo que ya entendí y lo pase a lo que siento.