Escribo poesía, sabiendo que lo hago mal. No porque tenga ilusión de hacerme mejor, sino porque a veces sólo así puedo decir lo que tengo en el cerebro y prefiero sacarlo, aunque sea defectuoso. Uno de mis mejores maestros dice que cualquier cosa que valga la pena hacerse, vale la pena hacerla mal. ¿Te gusta bailar y pareces Elaine de Seinfeld? Qué importa. ¿Quieres hablar un idioma y suenas a Terminator? Dale. ¿Te llama la atención pintar y la De León lo hace mejor que tú? No es relevante.
Todo lo que uno hace es sujeto de hacerse mejor. Si se espera a ser maestro en las cosas, podemos esperar para siempre. Lo cierto de cualquier actividad humana es, primero, subjetiva y luego, imperfecta. hay más mérito en realizar lo que a uno le gusta, poniéndole todo el esfuerzo que uno pueda, a ser extremadamente talentoso y no sudar la práctica.
Mis hijos se tienen aprendido el hecho que es peor ser haragán que tonto. Pero también saben que si pusieron de su parte, yo los voy a felicitar aunque el cuadro esté torcido, la canción desafinada y los panqueques incomibles.
Yo escribo mala poesía. Buenos cuentos. Y seguiré haciendo ambos porque vale la pena para mí.
