La estela y el rumbo

Navegamos por la vida dejando detrás de nuestro un surco que desaparece casi instantáneamente. Apenas dejamos un recuerdo vaporoso en la mente de quienes quedan y éste está distorsionado por la percepción de quien lo guarda. Lo que dejamos resuena en la distancia como un eco. Las palabras que escribimos se desvanecen, no hay tinta eterna.

Pero igual de seguro es que herimos el agua para abrirnos rumbo, dejamos una impresión aunque sea efímera, luchamos con cualquier elemento que nos presenta resistencia. Si no somos permanentes, tampoco nos desaparecemos cuando estamos presentes.

La naturaleza del ser humano es encontrar un camino hacia dónde dirigirse, plantar una bandera en lugares deshabitados, pintar cavernas oscuras. Y luego ya no estar. Dejar a su paso apenas el aroma de su piel para que los demás sepamos que alguien estuvo allí.

En mi vida, en este momento, me sé inconsecuente, impertinente, reemplazable. Y también me sé perseverante. Tal vez la estela que deje tras de mí no dure lo que tarda la espuma en derretirse, pero mi barco estará enfilado hacia el puerto que quiero, aunque me quede a medio mar.

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