La medida de la respuesta

Cuando recibí una foto de Glenda, creí que era de la muerte del hámster, quien dentro de poco pasará a ser enterrado en el jardín (esa vaina ya va pareciendo cuento de Stephen King). Resultó que la niña llenó de agua la gaveta de su mesa de noche para hacer una tina. Una. Chingada. Tina.

Me reí y me dieron ganas de nalguearla. Exasperante y ocurrente en partes iguales. Simplemente no sé ya cómo reaccionar. Hay una medida correcta de responder a las cosas de los demás y a mí generalmente se me pasa. O no me importan cosas que deberían, o me encienden otras que no son tan importantes.

Tal vez lo que vale es fijarse si el acto trae una consecuencia en sí mismo, como en este caso en que la niña simplemente se quedó sin gaveta. O aceptar que nada de lo que uno diga va a cambiar al otro y que la que tiene que alejarse es uno. Es más importante saber reaccionar que amenazar para próximas ocasiones o dejar que se vayan acumulando las cosas no hechas.

Tal vez aprenda a dejar ese fluir. Y a largarme cuando me lleve el río.

El molde nos da forma

Estoy escribiendo en el jardín, el clima está espectacular, comimos afuera con la familia, es domingo y hasta un croissant me pasé. Es el día de soltar amarras aunque las tenga que recoger en un rato porque mañana es lunes.

Puede ser que el entorno nos forma hacia lo que hacemos. Dicen que por eso los japoneses construyen casas de techos bajos, porque sienten el mar encima todo el tiempo.

Hoy entiendo esa libertad, porque me solté sin pensar mucho en la historia y sólo me puse allí. No sé si sirva de mucho lo que escribí, pero la forma en cómo me siento al terminar vale la pena.

Lo que nos rodea nos forma. Nuestros pensamientos más aún, porque nos moldean por dentro y esa influencia es permanente. Tal vez voy a estar menos entre paredes y más en libertad, o por lo menos voy a desatar los pensamientos que me apachan.

Conocimiento superfluo

Hay cosas indispensables de conocer, como que no hay papel de baño en la casa. Con dos niños pequeños, es el comienzo de desastre. O que hay algo que hacemos que destroza a la pareja. Cosas de inmediatez que afectan nuestras vidas.

Hay otras que son tan verdaderas, que no cargan consigo un bagaje emocional, como que el agua moja y el fuego quema. Importantes para sobrevivir peo no al interactuar.

Y luego está todo lo que ya pasó, que no se ha repetido. Muchas veces la ignorancia sí hace la felicidad.

El té me da náuseas

Le tengo que poner leche para que no me sienta mal. Ya he probado con té de cualquier clase, tal vez el blanco es menos malo.

Después de almuerzo nos sentamos a tomar té con la niña. Ella de pericón, yo verde. Y me mira del otro lado de la mesa con esos ojos del color del té que me tomo, haciendo desastres con una servilleta. No necesita mucho para hacer desastres, le salen natural. Y aún así, tiene un imán.

Terminamos de tomar entre la plática y me da náusea, que me aguanto. Porque estoy con ella y aunque me moleste, no me quiero levantar.

El regalo perfecto

Mis papás siempre regresaban con una cosita para mí. Un juguete, un dulce, hasta una piedra. De hecho, lo de la piedra se me convirtió en una tradición personal de muestra de cariño. Si te vas de viaje, tráeme una piedrecita. Una forma de pedirte que pienses en mí.

Los regalos tienen eso, son perfectos siempre, porque implican que la persona que te lo da, estuvo contigo en mente. Y ese es el verdadero chiste del asunto: el tiempo que implica.

Me encanta dar regalos signiticativos, no caros. Esos que me llevan en la entrega y que van a hacer que se recuerden de mí cuando lo miren.

Al final de cuentas, las cosas sólo nos representan.

Un sentimiento sin valor

Desperté feliz. En paz. Como si se me hubiera olvidado el mundo. ¿En qué momento dejamos que lo que nos rodea nos angustie? ¿Será cuestión de voluntad el aplacar eso que nos desasosiega?

Creo que confundimos expectativas con anhelos y sufrimos cuando no coinciden. Podemos querer muchas cosas y no necesariamente estarlas esperando. Allí está la diferencia esencial.

Probablemente por eso amanecí feliz. Sólo quiero, no espero.

Se comienza en medio

Las mamás conocemos el principio de la vida de nuestros hijos, pero no lo que va en medio y, de preferencia, no el final. Los hermanos pueden acompañarse mucho del camino de la vida, pero tampoco están allí todo el tiempo. La vida, si se mira como un hilo con principio y fin, tiene muchas intersecciones con personas que pueden quedarse o no.

En general, con los compañeros de vida (léase amigos, pareja, lo que sea), nos encontramos en el medio. Hay muchas cosas que nos formaron en esas infancias olvidadas pero que marcan para siempre. Y mucha de la vida que nos reservamos para nosotros. El verdadero reto es que en donde se coincide, haya mucho terreno qué compartir y que no sólo sea un pequeño alto en el camino.

En medio da la oportunidad de sorprender con lo que sucedió antes, contar la historia propia con nuevos ojos. Lo mejor es que se puede construir hacia delante, con lo que cada uno trae.

Es fácil ser amable con extraños

Nos pasamos teniendo conversaciones truncadas en redes sociales, mezcla de monólogos, exabruptos y preguntas que no llegan a crear intimidad real, pero la imitan bastante bien. Creemos que conocemos a los demás por lo que leemos en poco más de dos líneas al día, pero que nos mantenemos misteriosos. Preguntar por la tristeza de alguien que no pasa de nuestra pantalla es sencillo, no implica nada nuestro, ni siquiera la respuesta del otro. No tenemos qué interesarnos más allá de lo que puede darle una pequeña satisfacción a nuestra necesidad de ser «buenos».

Lo difícil es serlo con las personas que están en nuestras vidas. Porque allí las cosas no son rápidas, los problemas sí nos afectan y se requiere mucho más de nuestra atención y cariño que una simple pregunta.

La falta de compromiso en nuestro buenismo en redes sociales es liberador. Pero es un escape. El verdadero yo, el que entregamos porque queremos conectar con el otro, sólo se puede dar en el día a día y eso cansa.

Me toca trabajar en la empatía verdadera todos los días. Lo demás, no existe, es sólo un reflejo de un reflejo.

No presiones los botones que te muestran

Ser vulnerable es un acto de valentía, pero recibir esa vulnerabilidad es hacerse depositario de un tesoro. Las personas que te enseñan en dónde están los botones que los desarman saben que esa es la única forma de crear verdadera intimidad. Lamentablemente, esa misma cercanía nos expone a que, inevitablemente, alguien va a presionar donde más nos duele.

Hay una responsabilidad compartida, por un lado, el no hacerlo de forma maliciosa, por el otro, confiar que uno es más fuerte que la debilidad. Desnudarse emocionalmente es mostrar lo más lindo, más frágil. Requiere de mucha fuerza. Con la misma hay que saberse proteger sin enconcharse.

Lo veo con mis hijos. Sé perfectamente en dónde les podría hacer daño y lo evito como a la peste. No se trata de marcarlos intencionalmente, ya suficiente les hago seguramente aún con la mejor de las intenciones. Si bien es cierto no soy responsable de la reacción de alguien más, tampoco es cuestión de dedicarme a ver cuánto aguantan.

Todo lo que necesito

Todo lo que necesito cabe en una cama iluminada en la mañana de los domingos. Dos niños, dos gatos, un hombre, yo. Qué más le puedo pedir a la vida que ese apuñuscamiento de cuerpos cálidos y voces mezcladas.

Lo único que necesito es sentirlo. Sentirme querida. No importa qué tanto mire el amor a mi alrededor, si mi corazón no lo puede absorber, de nada me sirve. ¿Desde cuándo tengo ese órgano como piedra y no como esponja?

Me culpo a mí misma. Mi incapacidad para creer que alguien me pueda querer.

Así, por lo menos, reconozco que poco más necesito que el sol un domingo temprano dándome los colores del cabello de mis hijos.