Las cosas buenas

Fue una semana movida en cuanto a desastres de disciplina con los niños. Ambos perdimos los estribos y eso creo que no debería suceder, pero es lo que pasa y ya.

Siempre hay espacio para cagarla, como ahora mismo que acabo de decirle a la niña que me espere porque estoy escribiendo. Supongo que los psicólogos no tendrían trabajo si no existiéramos los padres. Pero me di cuenta que hay momentos que marcan aún más: los de la recapitulación luego de los desastres. Después de un buen pleito, un hámster muerto y dolores de cabeza, logramos tener un almuerzo en paz, con muchas cosas por hablar.

Cuando al fin se logra tomar consciencia de lo que sucede y sacarle las lecciones, es el momento de agradecer. Yo agradezco que mis hijos miran mis defectos y cómo trato de compensarlos. Nadie somos perfectos (salvo mi madre, que ya está muerta) y sacarle provecho a las lecciones derivadas de lo malo nos puede reivindicar.

Seguimos un poco con dolor de cabeza y seguro los niños tampoco tuvieron un domingo ideal. Pero terminamos la semana con una buena dosis de carcajadas.

Ocupar espacio

Tengo dos niños que gritan como indios mohicanos haciendo la danza de la guerra, dejan zapatos hasta en la cocina, ocupan todas las superficies planas de la casa y hacen sentir su presencia. Las cosas son mucho más calladas, ordenadas, limpias y aburridas cuando no están, por mucho que nunca vaya a admitírselos mientras paso detrás de ellos haciéndolos que recojan su vida.

Yo puedo levantarme de mi escritorio en la oficina y que nadie sepa que yo trabajo allí, me llevo hasta mi computadora.

Recientemente escuché que las mujeres tendemos a hacernos pequeñas, desde nuestra obsesión por perder peso, hasta nuestra preocupación por no ser molestas. Y confieso que tengo que revisar mi vida. Ocupar espacio emocional en la vida de la gente que tengo cerca, no pasar desapercibida para no incordiar, minimizar las cosas que hago bien. Más aún con mis hijos, sobre todo con la niña, que con el carácter que tiene, lo peor que puedo hacer es apagárselo. Encauzarlo sí, urge.

Lejos está mi casa de aparecer en una revista y, aunque sí necesito que no me dejen el reguero por todas partes, que de pronto aparezca un muñeco en la sala no es tragedia. Es la vida que llevamos.

El engaño

Toqué la piscina antes de decidir si ponerme la calzoneta o hacer elíptica. La sentí tibia. Total engaño, era mi mano la que estaba helada y me hizo percibir distinta el agua a su realidad.

Todo lo que experimentamos pasa por nuestro filtro. No existe lo objetivo, salvo en lo abstracto, sin vivirse. Todo lo que pasa por los filtros de los sentidos ya se vuelve subjetivo. Y lo que no lo hace no existe en términos de la realidad como la conocemos. Una partícula química sólo es un olor en una nariz. Y sólo un cerebro, con asociaciones personales, puede interpretar esa sensación.

El verdadero secreto es encontrar la forma de transmitir esa experiencia propia hacia afuera para poder compartirla. Tal vez no sea objetiva, pero, en mi propio sesgo de vida, me estoy dando junto con mis experiencias.

El agua no estaba tibia, pero al final no me molestó.

Tamaños intermedios

Quiero cambiarme el pelo. Está en esa etapa intermedia en la que no es ni corto ni largo y sólo se mira despeinado. Me lo corté para donarlo, fue un buen gesto del que he renegado tanto que seguro ya le quité todo el mérito. No hay nada qué hacer para remediarlo, más que esperar.

El verdadero problema de las cosas que se quedan a medias es que uno no sabe qué hacer con ellas. O las corta o las deja que sigan y para mientras sólo puede uno observar hacia dónde van. No siempre es bueno terminarlas, y tampoco puede uno saber si el resultado de la espera va a ser bueno. Tal vez por eso me identifico tanto con lo de «no sean tibios».

Las cosas que no se definen molestan, una canción que no gusta, pero que tampoco quiere uno volver a escuchar. O la gente que no es que sea desagradable, pero que no hace lo suficiente para un lado o el otro como para recordar su nombre.

Pero no todo tiene una definición concreta y las transiciones también son importantes. Hasta las que desesperan, como con el pelo.

Nadar

Regresé, por fin, a nadar el sábado. El agua estaba gloriosa, mi resistencia hecha a pura elíptica rabiosa por la necesidad de cansarme me aventó los 750mts y la falta de peso, todo, se conjugaron para que yo no sintiera nada más que la felicidad de estar allí. No pensé en nada, no se me ocurrieron cuentos geniales, no resolví ningún problema. Sólo estuve.

Encuentro pequeños momentos de dejarme ir, los horarios de los niños, los míos, el trabajo, las zanjas que cavo y en las que me meto sola. Tengo el cuerpo lleno de recordatorios acerca de cómo no abrumarme y a veces saber que lo sé, no me ayuda.

El resto del sábado la pasé con la cabeza desconectada por la migraña que me hace escuchar la luz como una pulsación y que me recuerda que seguro tengo dolor, pero que no lo siento. Termino agotada, con ganas de salir corriendo y necesidad de una copa de vino que me va a doler más aún.

Pero nadé y regresaré de nuevo el martes a hacerlo. Tal vez ese día sí se me ocurra algo genial qué escribir.

La verdadera razón

He olvidado mi computadora dos veces en los últimos cuatro días. Yo trabajo sólo desde mi computadora. No puedo hacer más que regresar por ella. Cuando me pasa esto, me frustro tanto que me dan ganas de no salir, lo cual obviamente no es posible. Estar con prisas, mi estado permanente, me está pareciendo cada vez más insoportable. Quiero llegar antes a mi oficina. Y definitivamente no quiero dejar cosas olvidadas.

Hay que encontrar la razón detrás de las acciones inconscientes. En este caso, puede ser que necesito retomar buenos hábitos de orden y organización. O que me hace falta mi casa, por días como ayer que pasé afuera de ella, entre los extremos de la ciudad. O simplemente que necesito dormir más.

Creo que todo tiene una razón subyacente, aunque sea que uno es tonto y que, una vez identificada, es más fácil arreglar el resto de cosas. Para mientras, dejaré la computadora en la mesa de la entrada, encima de las llaves del carro. Imposible irme sin ellas.

Lo sencillo y lo difícil

Seguir una rutina de ejercicios no tiene nada de complicado. No estamos hablando de armar un reactor nuclear con piezas sueltas. Pero requiere esfuerzo. Y constancia. Así como todo lo que vale la pena hacer en la vida.

La repetición de ejercicios fáciles nos prepara para escalar en dificultad y por eso en el karate regresamos a dar pasos con golpes todas las clases. Nunca se puede repetir suficiente el movimiento más de principiante que existe, porque siempre se puede hacer mejor.

Igual todos sabemos que, para que una relación funcione, no basta hacerle ojitos al compañero. Hay que aprender a convivir con todo lo que implica esa mezcla de espacios y costumbres. Salen, una y otra vez, los temas de discusión hasta que se encuentra por dónde estar felices todos.

Ahora, que no sea fácil no quiere decir que tiene que ser complicado. Desconfío de las dietas que hacen contar hasta la última chibolita de una mora y requieren horarios específicos. Las relaciones, aunque haya que trabajarlas, no tienen que costar, mucho menos hacer sufrir. Y el ejercicio no debería parecer audición a puesto de contorsionista en circo.

El hielo en las venas

Recuerdo a mi mamá reaccionar como témpano ante las emergencias. Calmada y tranquila, siempre enfrentó el mundo con entereza cuando éste se le desmoronaba. Que no es lo mismo cuando estaba calmado todo a su alrededor y ella se volvía frágil.

Yo adopté el estoicismo para mi vida normal y siento el hielo correrme por las venas. Aunque sigo sintiendo de vez en cuando el halón de la angustia cuando algo sucede, traducido probablemente en las ganas normales de un abrazo como las que tengo en este momento.

Saber cómo reacciona uno ante situaciones límite es bueno para, o seguir haciendo lo mismo, o tratar de cambiar. No me gusta la opción de parecer gallina decapitada ante una necesidad de actuar rápidamente. Pero creo que también es bueno poder dejarse romper por las cosas que hieren. Tampoco estoy muerta por dentro.

Hasta donde llega

Estar enojada es una emoción que manejo mejor que otras. El enojo da una sensación de poder, de acción. El furor que destruye, está haciendo algo, aunque sean barbaridades. Luego toca recoger los pedazos de los platos y los sentimientos que uno rompió, pero como también está la opción de culpar al otro por “enojarlo a uno”, pues por algo se aprende a voltear las tortillas.

La tristeza, por otro lado, la percibo como debilitante. Me dan ganas de quedarme quieta, sin hacer nada y la única que se siente mal soy yo.

El verdadero problema es que consideramos los sentimientos como estados semipermanentes, de los que no salimos. Cuando la realidad es que son pasajeros, con la finalidad de centrarnos en los impulsos externos y darles un significado que nos transforme. Perpetuarlos sólo es posible si los seguimos alimentando. Somos más que nuestras emociones, somos cómo las manejamos, dejando que nos pasen, sintiéndolas profundamente y permitiendo que se vayan para darle paso a otras.

No me gusta estar enojada. Tampoco triste. Aprendo de ambas. Y hasta allí.

Lista de pendientes

Escuchar a los pájaros cuando se van a acostar

hacen una cama entre las alas y se cantan para dormir.

Recoger el aroma dulce de mis hijos que pronto ya no serán niños.

Sonreírme al espejo, demasiadas veces he pasado

viéndole los defectos al reflejo.

Perderme. En un libro, en una película,

en sus ojos.

Encontrarme. En el silencio, en la noche, en sus brazos.

Me quedan cosas pendientes,

las nuevas por descubrir

y las vieja por repetir y hacerlas nuevas.