La importancia de ser leve

He creído siempre que mi maternidad debe pesar. Que mi trabajo es corregir, llamar la atención, poner límites. Todo eso requiere menos sonrisas de las que podría ponerle a mis días y no es sorprendente que termine más cansada cada vez.

Claro que hay que moldear, los niños no deben crecer como animalitos salvajes. Es más, hasta ellos tienen reglas qué seguir. Pero quisiera enseñarles con menos cara de enojo. El problema es que no sé bien cómo. Es una línea fina entre ser relajada y ser permisiva y ahora en la mañana de domingo estoy pensando cómo disciplinar a la niña que hizo algo que no debía.

No hay respuestas universales. Ni siquiera sirve lo mismo mañana que funcionó ayer. Porque todos cambiamos, los niños más. Tal vez puedo comenzar por enfocarme en lo que sucede en este momento y no acumular lo anterior. Así le pongo el peso justo a la situación. Y también puedo tratar de sonreír más.

El desapego

Sentirme sola, desconectada, distraída, fue la constante del 2019. Por una serie de circunstancias desafortunadas, se me fueron rompiendo varias de las conexiones que tenía con la vida hasta ese momento. Me encuentro ahora con la poco usual oportunidad de retomarlo todo. O no.

Practicar meditación ayuda a medir con menos angustia las propias experiencias, porque se aprecian como transitorias, nada dura más de lo que le ponemos atención. Que no quiere decir no sentir, sino sentirlo todo hasta agotarlo.

Si no me aferro a lo que he pasado, puedo ponerle todo el empeño y dedicación a lo que tengo enfrente. El desapego de uno mismo tiene como resultado la presencia consciente en el ahora y en el yo.

Estoy exquisitamente lejos de lograr todo esto, pero estoy segura que me encuentro a las faldas de la montaña correcta y es sólo cuestión de escalar, no importa cuánto me tarde. La cima se puede seguir alejando el resto de mi vida, pero el camino me llevará cada vez más allá de donde estaba y a veces eso es suficiente. Quiero sentirme acompañada, conectada y concentrada y eso sólo lo puedo lograr dejando ir a la necesidad anterior.

Añadamos a la lista

Con tantas cosas por hacer, lo único que se me ocurre en este momento es que quiero dormir. Ahorita y en general. Tan básico que se lee, pero es algo que no he hecho bien y tal vez sea importante. Y ya que estamos en cosas simples, quiero abrazar mucho. A mis hijos sobre todo. Ahora que aún soy tanto más grande que ellos y les puedo servir de refugio, para que el día que eso ya no sea cierto, les quede la sensación. También quiero comer con propósito, sin ver el teléfono, poniéndole atención a lo que me llevo a la boca. Caminar con la vista abierta. Cantar mucho, todo el tiempo. Vestirme con más esmero. Hablar con más dulzura.

Quiero seguir añadiendo cosas a la lista de lo que quiero hacer, porque eso implica que me regresaron las ganas. Y eso es lo que más añoro.

La última lección

Me ha costado poner en positivo lo que he aprendido de un año que me dejó en menos cero. Las experiencias se me vienen a la mente como un manual de cómo lograr el máximo de dolor en el mínimo de tiempo y, aunque en cosas como la diabetes de mi niña no estuvo involucrada mi voluntad, la cosmovisión de un mundo amable se me fue por un caño y eso sí está dentro de mi alcance. Pero estoy acostada en mi hamaca, viendo una pared verde, con música de fondo y un buen libro a la mitad y, hoy, no siento tan pesada la vida.
Si tuviera que ponerle un punto final a lo que me dejó el 2019 es que sí puedo cambiarme. Desde el cuerpo, contra el que llevo luchando desde siempre, hasta el sentimiento de abandono con el que me he despertado más de una vez, generalmente de madrugada.

Pero también aprendí a que hay cosas mías que no debo cambiar. Nunca. La disciplina que me sacó de la cama todos los días, aún cuando quería morir. La necedad por hacer mejor las cosas. Escribir. Decir cómo me siento. Esperar relaciones más enriquecedoras. Por tratar de mover estas cosas, casi me pierdo. Y resulta que me gusto, por mucho que sé que debo mejorar.

No he llorado el mar de angustia que acumulé este año, creo que no podría parar y aún hay gente que depende de mi fortaleza. Puedo tomar decisiones duras sin resentirlas porque es lo que me toca hacer. Y, tal vez, puedo volver a cantar por las mañanas.

En este último día del peor año de mi vida, ejerzo mi derecho de cerrarle la puerta. Que no se cuele nada de lo malo.

Las cosas importantes

Si creo que algo necesita hacerse, lo hago. No discuto, no alego, allí se va. Generalmente eso involucra cosas para otras personas. Pero cuando son cosas para mí, me cuesta hasta pedirlas. Estoy acostumbrada a pensar que mis necesidades emocionales no ameritan el interés de nadie, ni siquiera mío y me da hasta pena. Porque verdaderamente no son cuestiones de vida o muerte, sólo son cosas que me harían más feliz y, qué tan importante es de verdad mi felicidad…

No acostumbramos a valorar nuestro bienestar y nos ponemos de último en la lista de pendientes. Hasta dormir se vuelve un lujo prescindible. Pero me duele demasiado el lugar en donde estoy por no haber sido clara, cristalina, tajante y específica. Supongo que tuve miedo que me dijeran que no y el resultado fue aún peor.

De las lecciones más duras de este año fue aprender a verbalizar mis necesidades y no aceptar menos de lo que quiero. No es que tenga expectativas, es que tengo deseos y no me voy a conformar con menos, porque cada vez es menos.

Espero que ya se me haya hecho costumbre, porque no lo quiero repetir en el 2020.

Hay cosas que no se practican

Un trompetista en la esquina toca con poca fortuna su instrumento y uno piensa “¿Será que no practicó?”, pero te das cuenta que, seguro sí lo hizo y simplemente creyó que ya era suficiente.

Hay cosas para las que no hay cantidad de ejercicio suficiente. Simplemente no hay talento y no se va a llegar a suplirlo. Otras para las que no es necesario estar probando. Salen bien solas. Entre ese par de extremos está la gran mayoría de la vida. Todo puede mejorar con la práctica. No hay talento que no se afile con repasarlo.

Así aprendí con el karate: me sé todo, pero no me sale bien por mucho que practique. No tengo el talento, aunque sí las ganas. Pero eso no tiene por qué quitarme el gusto de hacerlo. Como al señor de la trompeta.

El último guardián

El último guardián de la luz se levantó a apagarla. No hay candela que sea rival del sol cuando sale, aunque no salga siempre en ese fin del mundo. Era joven, la candela, apenas llevaba una noche encendida. La mano que sostuvo la llama antes de soplar también lo era, un par de manchas apenas. Apoyado contra el muro corto que lo protegía de las manos del mar, siempre con ganas de llevárselo, respiró el viento salado. Estando afuera, en días como hoy que las olas visten la torre donde vive, no hay nada que se haga sin esfuerzo. Hasta inhalar, porque hay que pelearle el oxígeno a la ráfaga furiosa y mojada que pasa enfrente. 

La torre fue construida en un tiempo distinto, en guerra contra los cantos de sirenas, para guiar marineros a puertos sin riscos y siempre hubo alguien que la iluminara por dentro. Desde ancianos queriendo expiar vidas felices en un lugar sin gente, hasta familias de exploradores que necesitan descansar de la incertidumbre pero que no se pueden alejar de la orilla del pozo en el que han caído tantas veces. 

El sol calentó un costado de la torre, moviéndose hacia el hombro izquierdo del sacerdote, quien abrió su mano para recibir su luz en el rito de cada mañana. Llevaba siglos haciendo lo mismo, un amanecer eterno entre los peces y monstruos y barcos. Lo dejaron allí, sin remplazo, atando su eternidad a la de la piedra hasta que cada paso que da, es una extensión del faro mismo, su parte movible entre tanta permanencia.

Esa mañana vio un pájaro moverse en dirección contraria del cielo y tuvo que explorar el mar. Las olas retrocedieron, dejando un espacio de arena sumergida al descubierto y el viento se cayó hasta el fondo. El silencio de una pregunta flotó frente a los ojos del monje, quien no supo en un principio si estaba dirigida a él, o al edificio, o a la luz que acababa de apagar. 

Todo era lo mismo. Su vida, entre ese recinto construido como la marca del fin del mundo, erigido hacia el cielo, le fue suficiente hasta en ese instante en que el movimiento dejó de existir. Sin algo qué hacer, tuvo que reconocerse a sí mismo. Alargó la mano hacia el agua hecha pared a su derecha, mojando el dedo índice y llevándoselo a la boca para comprobar si aún existía la sal. Volteó la cabeza hacia el sol para comprobar su calor. Dio un paso hacia la orilla, sin apenas ponerle atención al muro que tuvo que salvar. La caída no le pareció tan larga, ni tan descabellado dejar el faro. Que se quede la luz apagada, pensó, yo ya no tengo fuego con qué encenderla. El hombre se dejó caer por la orilla de la pared y nunca vimos si llegó al fondo, porque el mar corrió a abrazarlo. 

Esa noche, la candela se encendió sola, como lo había hecho todas las veces que el último guardián de la luz salió a volar.

La impotencia

Las palabras tienen peso, magia, invocan mundos, crean emociones, sanan. Pero resultan impotentes para deshacer lo que se hace con ellas mismas. Como querer recoger la tinta derramada en agua.

No hay más grande impotencia que no poder reparar lo que está roto y no poder. Creo que he aprendido a medir mis palabras para no aplastar a mi gente con su peso. Mis hijos, sobre todo, merecen no tener que cargar con cosas que aún no les corresponden.

Me gusta encontrar la forma precisa de comunicarme, guardar lo exagerado, no usar demasiado expresiones que, sino, perderían el filo de su significado.

Si logro que lo que digo vuele, podré yo misma estar más liviana.

Soy la persona que me gustaría tener al lado en una emergencia

El día que Fátima tuvo el coma diabético, fue el día en que el pediatra estaba en casa del carajo en CES y que hubo incendios en el camino. Venía bajando con la niña cayendo en la inconsciencia, carro contra carro, lento como la buena suerte en llegar. No choqué, no me pasé ningún alto, seguí hablándole a la niña para que no se me muriera, avisé al hospital y entré sin topar el carro en ninguna parte. Cuando mi mamá tuvo el derrame, la subí al carro y me la llevé al hospital, dejando a mi papá que viera qué hacía. Hoy que Mario se esguinzó el tobillo, terminé de meter los platos a la lavadora y de asegurarme que los niños salieran con chumba a la calle.

Logro algún tipo de calma en esas situaciones. Mi capacidad de sustraerme es muy útil en casos de emergencia, aunque me haga menos expresiva de mis emociones de lo que podría parecer normal.

No niego que es una cualidad que hubiera pasado feliz sin descubrir. Pero también la agradezco. La frialdad para contemplar el dolor es eso que me permite estar en situaciones difíciles sin desmoronarme, pero que también me mantiene allí aunque me duela. Aguanto mucho porque no le pongo mucha importancia. Hasta que sí lo siento y todo se me parte en pedazos. Pero no en una emergencia.

Después de lo escrito

Paso mis días pensando en qué escribir, en leer lo que han escrito otros, escribiendo al final. Mi diálogo interno se escucha como un dictado y he dicho varias veces que yo sólo me siento a poner en papel lo que ya delineé mientras manejaba, o nadaba, o caminaba. Mi voz interior es una pequeña guionista, con parlamentos y todo, mi vida una película bien trazada.

Hasta que me doy de cara con la realidad que resulta en muchos casos muy distinta de lo que creí que iba a hacer. Lindos los planes puestos por escrito para darse uno cuenta que siempre viene algo después del final. Nuestras cartas terminan en una postdata, el famoso “post script” en inglés. Lo que viene después de lo escrito.

Este año, las palabras más importantes que pude tener cerca son las que me tatué. “El control no es poder”, en el antebrazo izquierdo, y unas pequeñas “PS”, en el dedo medio de la mano derecha. Nada está bajo control, sólo tengo poder sobre mí misma, todo lo que viene está fuera de guión y siempre, siempre, puedo encontrar algo más luego del final.